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(Por causas de fuerza mayor el templo está temporalmente cerrado)

El templo se llenó de humo que procedía de la gloria y el poder de Dios, y nadie podía entrar allí hasta que se terminaran las siete plagas de los siete ángeles.

Apocalipsis 15.8

 

Para todos los buenos cristianos «ir al templo» es una rutina semanal, a menudo como una simple actividad tradicional. La mayoría va sin mayores expecativas de posibles sorpresas, aunque otros acuden con gran esperanza y entusiasmo. Pero casi nunca vamos con temor. Sentimos que al asistir al culto cumplimos con algo bueno, algo que por supuesto agrada a Dios. No se nos ocurre dudar, nunca, de nuestro derecho de entrada. Si algún día yo llegara al templo y alguien me anunciara: «Usted no puede entrar hoy», o si encontrara la puerta cerrada y un rótulo con esta leyenda: «Templo cerrado - Dios no está dispuesto a recibirlos», ¡me sentiría muy preocupado!

 

Templo cerrado

¿Por qué será que cuando la nube llenó el templo nadie podía entrar? ¿Qué tanta fuerza poseía la nube, o el humo, para impedirles la entrada? ¿Por qué tuvieron que suspenderse todos los cultos del templo mientras duraron los juicios? ¿Será que los fieles, al contemplar la condena de otros, se alegran con el sufrimiento ajeno, o se felicitan por la presunción de ser ellos los justos? ¿No será,más bien, el momento de poner la mano sobre el pecho y reconocer su propia indignidad para presentarse ante Dios? Ver la presencia de Dios en la condena de otros los llenó de temor reverente, tanto que no se atrevían a presentarse delante del Señor, hasta que se aclararan todas las cosas.

 

Entrar en la presencia de Dios no es algo así como un derecho humano, ni un favor que le hacemos a Dios. Tampoco es algo que nosotros podamos merecer. ¿Será por eso que esta nube de humo vino a interrumplir los rituales del templo? En nuestro mundo actual, de tanta espiritualidad «light», y tanto evangelio de ofertas y de gracia barata, ¿será también que una nube de humo viene entre nosotros y Dios? Lejos de darnos cuenta, sin embargo, seguimos adelante con nuestro «show» piadoso? (1) Cuando nos percatamos realmente de la santa presencia de Dios, el entrar en su templo se tiñe de temor y temblor. Puesto que Dios está presente ahí, cualquier adoración falsa constituye un sacrilegio frente al mismo rostro del Señor. El culto como espectáculo, como entretenimiento o como masaje en vez de mensaje, no puede ser otra cosa que una blasfemia.

 

Vidas inpresentables

Los profetas hebreos, en la época pre exílica (que en mucho se parece a la época nuestra), denunciaban con gran vehemencia lo falso e hipócrita de las prácticas religiosas de Israel. El problema no era el culto mismo, sino la osadía de presentarse ente Dios sin hacer su voluntad. El problema tampoco era que desatendieran los cultos y los rituales, sino que pretendían adorar a Dios sin practicar la justicia. Dios mandó al profeta Jeremías a pararse en la puerta del templo para advertir a Israel en cuanto a atreverse a entrar en esos sagrados recintos:

 

Enmienden su conducta y sus acciones …

No confíen en esas palabras engañosas que repiten:

¡Ése es el templo del Señor! …

Si en verdad practican la justicia los unos con los otros,

si no oprimen al extranjero ni al huérfano ni a la viuda,

si no derraman sangre inocente en este lugar,

ni siguen a otros dioses para su propio mal,

entonces los dejaré seguir viviendo en este páis …

 

Pero ustedes confían en palabras engañosas …

Roban, matan, cometen adulterio, juran en falso,

queman incienso a Baal, siguen a otros dioses …

¡y vienen y se pesentan ante mí

en esta casa que lleva mi nombre …

para luego seguir cometiendo todas esas abominaciones!

¿Creen acaso que esta casa es un cueva de ladrones?

Jeremías 7.1–11 (2)

 

Comparando a Israel con Sodoma y Gomorra, el profeta Isaías denuncia esta religiosidad falsa:

 

¡Oigan la palabra del Señor,

gobernantes de Sodoma!

¡Escuchen la enseñanza de nuestro Dios,

pueblo de Gomorra!

¿De qué me sirven sus muchos sacrificios?

—dice el Señor—.

Harto estoy de holocaustos de carneros

y de la grasa de animales engordados …

¿Por qué vienen a presentarse ante mí?

¿Quién les mandó traer animales

para que pisotearan mis atrios?

No me sigan trayendo vanas ofrendas;

el incienso es para mí una abominación.

Luna nueva, día de reposo,

asambleas convocadas;

¡no soporto que son su adoración me ofendan!

Yo aborrezco sus lunas nuevas y festividades;

se me han vuelto una carga

que estoy cansado de osportar.

Cuando levantan sus manos,

yo aparto de ustedes mis ojos;

aunque multipliquen sus oraciones,

no las escucharé;

pues tienen las manos llenas de sangre.

¡Lávense, límpliense!

¡Aparten de mi vista sus obras malvadas!

¡Dejen de hacer el mal!

¡Aprendan a hacer el bien!

¡Busquen la justicia y reprendan al opresor!

¡Aboguen por el huérfano

y defiendan a la viuda!

Vengan, pongamos las cosas en claro,

—dice el Señor—.

Isaías 1.10–18

 

Más fuertes son las palabras de Amós:

 

Yo aborresco sus fiestas religiosas;

no me agradan sus cultos solemnes.

Aunque me traigan holocaustos y

ofrendas de cereal,

no los aceptaré,

ni prestaré atención a los sacrificios …(3)

Aleja de mí el bullicio de tus canciones;

No quiero oír la música de tus cítaras.

¡Pero que fluya el derecho como las aguas,

y la justicia como arroyo inagotable!

Amós 5.21–25

En el mismo sentido Oseas 6.6, Miqueas 6.6–8, Jeremías 7.21–23 y 1 Samuel 15.22 contienen mensajes absolutamente enfáticos.Todos estos pasajes insisten tajantemente en la práctica de la justicia.  Declaran que sin la justicia, toda la práctica religiosa no es otra cosa que una abominación ante Dios, algo que le da asco. Si no hay justicia, Dios rechaza sus ofrendas (Am 4.4–5), abomina sus festividades y asambleas (Os 2.11; Am 8.10) y no escucha sus cánticos (Os 5.23–24; Am 8.10) ni sus oraciones (Is 1.15; 28.4). Sobre los ayunos instruye el Señor:

 

Denúnciale a mi pueblo sus rebeldías …

Porque día tras día me buscan,

y desean conocer mis caminos,

como si fueran una nación que practicara la justicia …

Me piden decisiones justas y desean acercarse a mí,

y hasta me reclaman: ¿Para qué ayunamos,

si no lo tomas en cuenta? …

Pero el día en que ustedes ayunan,

hacen negocios y explotan a sus obreros …

Si quieren que el cielo atienda sus ruegos,

¡ayunen, pero no como ahora lo hacen!

¿Acaso el ayuno que he escogido es sólo un día,

para que el hombre se mortifique?…

¿A eso llaman ustedes día de ayuno

y el día aceptable al Señor?

El ayuno que he escogido,

¿no es más bien romper las cadenas de injusticia

y desatar las correas del ayugo,

poner en libertad a los oprimidos

y romper toda atadura?

¿No es acaso el ayuno compartir tu pan con el hambriento

y dar refugio a los pobres sin techo,

vestir al desnudo,

y no dejar de lado a tus semejantes?

Si así procedes,

tu luz despuntará como la aurora,

y al instante llegará tu sanidad;

tu justicia te abrirá el camino,

y la gloria del Señor te seguirá.

Llamarás, y el Señor responderá;

Pedirás ayuda, y él dirá: “¡Aquí estoy!”

Isaías 58.1–9

 

En espíritu y verdad

La perspectiva bíblica es evidente. La adoración a Dios debe ser en Espíritu y en verdad (Jn 4.24). Culto más justicia es lo que agrada a Dios. Culto sin justicia es abominación ante Dios. Conviene mejor no adorar en absoluto, que adorar viviendo en pecado, corrupción e injusticia. «Sin santidad nadie verá a Dios» (He 12.14), por mucha «piedad» que exhiba. El culto sin justicia es la espiritualidad de los que repiten sin cesar «Señor, Señor», pero en vez de hacer la voluntad del Padre que está en los cielos son hacedores de maldad (Mt 7.21–23).(4)

 

¡Sí, es cierto! ¡El templo es un lugar peligroso! A veces sería mejor no acercarnos, cuando no nos hemos arrepentido de nuestros pecados e injusticias. Antes de ir al culto el próximo domingo, examínate ante Dios —deja que Dios te examine— para estar seguro de que no existan nubes oscuras entre tú y Dios que te bloqueen el acceso a su presencia.

 



(1) Exactamente lo mismo pasaba en tiempos del profeta Osías (7.8–10, «ni cuenta se da»; vea «¿Es posible ser idólatra sin darse cuenta?» bajo Ap 13,)

(2) Jesús cita el último versículo de este pasaje en Mt 21.13, y paralelos, en su propia denuncia contra el abuso del templo.

(3) Hoy podríamos traducir «fiestas religiosos» por vigilias y retiros, y «sacrificios» por diezmos y ofrendas.

(4) Viene al caso también la exhortación de Mt 5.23–24: «Si estás presentando tu ofrena en el altar y allí recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar.  Ve primero y reconcíliate con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda».

 

Se publicó en Apuntes Pastorales XXIX-3, edición de enero-febrero de 2012.

 

El autor, estadounidense por nacimiento y costarricense por adopción, se doctoró en teología por la Universidad de Basilea, Suiza. Ha ejercido la docencia en varias instituciones teológicas y universidades de América Central y de otros lugares del mundo. Actualmente ejerce la docencia en la Universidad Evangélica de las Américas (UNELA), San José, Costa Rica. Es miembro de la Fraternidad Teológica Latinoamericana (FTL) y ha escrito varios libros y numerosos artículos.

Se tomó de Comentario Bíblico Iberoamericano, Apocalipsis Tomo III, por Juan Stam, Ediciones KAIRÓS, 2009, pp. 400 a 404. Se usa con permiso del autor.