La recesión económica y los desafíos congregacionales

Recesión económica, es una declaración no comprendida por todos, pero sí escuchada por la mayoría. Sabemos que equivale a problemas de dinero, desempleo, hambre y hasta miseria. Es necesario que los líderes y pastores cristianos entendamos el concepto y tengamos una luz de qué podemos hacer ante dicha situación.
La recesión económica y los desafíos congregacionales

Entendidos en los tiempos

Es muy apropiado iniciar esta reflexión sobre la recesión económica y sus implicaciones para la iglesia, contrastándola con el «espíritu de los tiempos», debido a que ello nos lleva a la necesidad ineludible del cristiano de discernir los tiempos, referencia que tiene fundamento en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. Deseo compartir dos escrituras claves en esta dirección: Primero, en 1 de Crónicas 12.32 se hace referencia a los hijos de Isacar —una de las doce tribus de Israel— en el sentido de que eran «entendidos en los tiempos», es decir que analizaban y comprendían las señales de su entorno social, económico y político, y ese conocimiento era para dar dirección a Israel y finalmente, actuaban sobre la base del conocimiento dado. Segundo, en Mateo 16.3 se encuentra la referencia del mismo Señor Jesucristo recriminando a los fariseos porque eran incapaces de reconocer las señales de los tiempos, o sea, discernir lo que acontece («desconocéis las señales de los tiempos») y la principal señal era Jesús como hijo de Dios, encarnado en la historia para dar cumplimiento a la palabra profética dada por los grandes profetas de Dios.

El mundo contemporáneo vive bajo la globalización expresada en una serie de procesos que permean y dan forma a nuevos tipos de relaciones económicas, sociales y políticas. ¿Cuál es el mensaje para el cristiano de principios de siglo? ¿Cómo discernimos el tiempo en el que vivimos desde la perspectiva de la actual recesión?

La recesión económica mundial

El marco de la globalización nos permite destacar las características de esta recesión económica, reconocida hoy día por los expertos como una economía en recesión. Se entiende por recesión, una economía que crece a un nivel más bajo de actividad productiva, reduciéndose los niveles de inversión y gasto, afectando consecuentemente el empleo y el ingreso de las personas. La recesión puede ser de corta duración y no mundial (como la de 1993 en Estados Unidos) o más prolongada y profunda (como la de 1929 en el ámbito mundial). En ese sentido, la recesión actual se caracteriza por:

  • Ser de carácter mundial. Abarca los Estados Unidos, las principales economías de la Unión Europea, Japón, Canadá y las economías latinoamericanas.
  • Tener efectos severos sobre el empleo y la inversión, sólo en los Estado Unidos se perdieron 2,2 millones de trabajos en el 2001.
  • Poseer efectos directos, severos en las economías de menor desarrollo como las latinoamericanas, lo cual reduce sus exportaciones.
  • Producir impactos globales en la economía y en la iglesia.

La recesión tiene severas implicaciones para los países en vías de desarrollo, a estas se unen los desastres naturales y las alzas del precio del petróleo de los últimos años. Los efectos principales se verán en una declinación de las exportaciones, especialmente las vinculadas a la maquila. Asimismo, el sector turismo, la disminución de las remesas de los emigrantes y la disminución de recursos para el desarrollo y su costo por la iliquidez de los mercados financieros. En ese contexto, la iglesia, integrada por personas que trabajan y no trabajan, recibe también un impacto económico , y se hace evidente en que miembros de las iglesias pierden sus empleos y negocios, la recesión los afecta de manera directa en el empleo, ingreso, ahorro e inversión.

Una implicación directa es, por un lado, la necesidad de un mayor nivel de compromiso social de las iglesias ante un entorno de crisis económica, y por otro, la reducción de diezmos y ofrendas derivada de la recesión. La iglesia en los Estados Unidos conformada por latinos emigrantes o las iglesias latinoamericanas que reciben apoyo directo e indirecto de iglesias de los Estados Unidos verán afectadas sus entradas económicas. El punto es que las necesidades sociales se incrementarán en momentos que los apoyos financieros se reducen. Los efectos sobre las finanzas de la iglesia obligará a las mismas a replantear y priorizar la ayuda a los más afectados de la recesión —generalmente pobres— antes que invertir fuertemente en construcción e infraestructura.

Respuesta comunitaria de la iglesia a la recesión: Tiempos de esfuerzo y acción

Las implicaciones de la recesión mundial, agravadas por el ataque del 11 de septiembre del 2001, son severas y profundas. Algunas respuestas mínimas deben ser pensadas y repensadas. En ese sentido, sugerimos algunas actividades propicias que pueden ser desarrolladas desde la iglesia:

Economía de la solidaridad antepuesta a la recesión

El principio de solidaridad en su esencia no es económico, sino social. La solidaridad expresada hacia los más golpeados por la recesión —los desempleados y los excluidos— hace necesaria la conformación de redes de Apoyo. Un ejemplo son los esquemas cooperativos y los trabajos comunitarios promovidos desde la iniciativa de la iglesia. Este es un tiempo y un llamado para que el liderazgo cristiano latinoamericano se mueva en esa dirección y que se brinde apoyo entre iglesias y regiones a fin de que se minimicen las consecuencias de la recesión. José, en Egipto antiguo, con un enfoque solidario hacia su pueblo y hacia el necesitado —velando por la provisión de grano—, es un ejemplo y modelo a seguir para la iglesia latinoamericana ante un escenario no sólo de recesión, sino de injusticia y pobreza creciente. Asimismo, desde el punto de vista de hijos de Dios, estamos en el deber de reevaluar nuestro estilo de vida y compromiso solidario —más allá de los diezmos y del acompañamiento espiritual de los hermanos afectados.

Coordinación desde la iglesia local

Los cristianos deben familiarizarse con la naturaleza y el entorno de las necesidades de la comunidad y de su gente. Hacer un sondeo socioeconómico, no sólo de los miembros de la iglesia —por pequeña que esta sea— sino de las localidades inmediatas, sus necesidades y los efectos de la recesión sobre ella.

Para esto ayudaría que la iglesia determine:

  • ¿Cómo afecta la recesión a sus miembros?
  • ¿Qué potencialidades y capacidades tienen los miembros de las iglesias para ayudar en esta crisis?
  • ¿Qué nivel de recursos financieros pueden aportarse?
  • ¿Qué contactos concretos se tienen con unidades productivas para apoyar a miembros que han sido afectados por la recesión?
  • ¿Qué cobertura puede dar la iglesia como comunidad?
  • ¿Qué relaciones se pueden establecer entre iglesias de diferentes regiones o áreas para trabajar juntos ante la recesión?

Alianzas entre iglesias

Alianza entre las iglesias y las diversas denominaciones que están trabajando en cada país de América Latina en proyectos conjuntos de desarrollo, de combate a la pobreza y de protección del medio. Ello requiere un esfuerzo de coordinación, organización y solidaridad bajo esquemas amplios de cooperación pero que pueden ser aplicados bajo un nivel local donde su acción y su evaluación sean más factibles y viables. El reto es generar, creativamente, alianzas y espacios de trabajos comunes sobre una base local. Evidentemente es necesario trabajar en la unidad y en la reconciliación de la propia iglesia —señal de madurez espiritual y amor. Los pasos a seguir para organizar a la comunidad los resumimos en:

  • formar redes solidarias
  • crear coaliciones entre sectores (con actores de la sociedad civil)
  • crear grupos de reflexión que busquen acciones concretas
  • guiar a los líderes para que tomen su lugar protagónico en la comunidad

Redes de transformación

Redes de transformación con los valores del reino como fundamento de acción, articulando el trabajo de la iglesia con la sociedad civil y actores de toda la sociedad. Activar y propiciar en estas iniciativas la incorporación de los jóvenes como promotores de cambio y perpetuadores de valores. La construcción de ciudadanía desde los valores cristianos: la promoción de la justicia, la protección de la creación y la solidaridad con el prójimo. Programas de ética, de desarrollo, de liderazgo de jóvenes y de compromiso social son fundamentales para la construcción de ciudadanos y cristianos comprometidos con su entorno, incluyendo la recesión. La participación de la iglesia abre en esos procesos un espacio rico de crecimiento y compañerismo con valores comunes que van más allá de las diferencias denominacionales. Frente a la recesión las redes de transformación se pueden convertir en centros de ideas, innovación, acción y solidaridad. Sugerimos algunas ideas concretas que pueden ser exploradas en las iglesias:

  • apoyo a pequeñas microempresas con financiamiento solidario
  • huertas familiares y comunitarias
  • creación de cooperativas con una base económica entre iglesias (tanto de servicios como de ahorro y crédito)
  • redes de comercialización de productos entre zonas a través de las iglesias

El llamado profético ante la recesión: ¿Qué hacer?

La tarea general de la iglesia: voz de denuncia, de esperanza y con visión para la acción

José interpretó del sueño del Faraón, un período de bonanza y un período de pobreza y de recesión. Su interpretación profética se cumplió. Pero también tuvo ideas concretas sobre ¿qué hacer?, las cuales le permitieron salvar a Egipto y a la descendencia —el pueblo de Dios— de Israel. Así también, nosotros —la iglesia— estamos llamados a ser voz profética, pero, además, un pueblo de acción ante la recesión, cuyas características, expresadas por los expertos, serán de duración indefinida y de carácter mundial. En este contexto, es esencial comprender y promover la función de la iglesia en tres aspectos precisos, pero interrelacionados:

  1. Como voz profética de denuncia: a favor de los que no tiene voz y que son directamente afectados por la recesión: los pobres, los excluidos, los desposeídos, los marginados, los oprimidos, los discapacitados, los vulnerables. (Pr 31.8, 9)
  2. Como voz profética de esperanza: La sociedad de consumo genera exclusión y la recesión agudiza esa exclusión —porque su móvil es la ganancia y la rentabilidad, eso es claro. Existe una racionalidad económica y utilitarista. La recesión castiga a los más pobres y a la clase media. El caso de crisis de gobierno en Argentina —con cuatro años de recesión continua— es un ejemplo de esa situación. Ante ello podemos, como iglesia, anteponer una racionalidad ciudadana basada en el principio de la justicia, la equidad, en el que el bien común guía la comunidad humana. Ello porque, en un ambiente de globalización que divide a la sociedad humana en ricos y excluidos, el concepto de solidaridad es central en la visión cristiana. Precisamente, Jesucristo se dirigió a ese grupo: los pobres, los enfermos, los excluidos, los discapacitados, los desesperanzados, y es en ese reducto que la solidaridad y la mayordomía logran su expresión mayor. La solidaridad con el prójimo, con nuestro hermano, la protección y la mayordomía del ambiente junto con todo lo que Dios nos ha encomendado, tiene un mismo origen con la voluntad de Dios.
  3. Como voz profética con visión para la acción: A la denuncia profética y la esperanza, se une la acción y el compromiso en la línea de Daniel 11.32 «El pueblo que conoce a su Dios se esforzará y actuará». El verbo conocer tiene un sentido espiritual, pero también tiene un sentido activo que mueve a la acción. Daniel interpretó sueños y visiones y encontró soluciones que los hombres no alcanzaban a percibir. El líder cristiano está llamado a ser como Daniel y buscar soluciones creativas pese a las circunstancias de la recesión económica. Como nos señala Jorge Atiencia «El líder que tiene el Espíritu Santo, no es sólo analítico, no es sólo intérprete; es también un líder que propone, que trae soluciones.»

La tarea específica de la iglesia: Debe buscar respuestas locales

Algunos autores enfocan la importancia de buscar respuestas localmente y el supuesto de esta «localización», es que puede existir una economía local que usa la tecnología y los insumos de la globalización, pero que se construye fuera del enfoque de la competitividad internacional. Los líderes de la iglesia deben informarse y asesorarse por profesionales que dentro de la misma iglesia puedan aportar compromiso e ideas concretas . No se pretende que cada pastor o líder de iglesia sea experto en la economía, pero sí que asuma un liderazgo con esos profesionales (El proceso presentado en la sección Alianzas entre iglesias). ¿Qué se pretende con esto?

  • Salvaguardar productos regionales y nacionales contra importaciones de bienes que pueden ser producidos localmente en términos de calidad
  • Localizar y dirigir dinero para comunidades
  • Crear políticas de competencia local para asegurar la alta calidad de los productos
  • Introducir recursos e impuestos que ayuden a pagar el costo de esta etapa de transición y que guíen a la protección del ambiente.
  • Promover el involucramiento democrático tanto en el ámbito local, como en el sistema político
  • Redireccionar el comercio y la cooperación de tal manera que ayude a la reconstrucción local más que a la competitividad internacional

El reto es continuar construyendo alternativas locales, regionales, nacionales y mundiales. Los cristianos estamos llamados a plantear y a buscar la construcción de una «nueva imaginación» social en cada una de esas áreas en la línea de pensamiento y acción de Walter Bruggmann (1987).

La recesión y sus efectos en un mundo globalizado significan el más grande reto y desafío para el ser humano desde la consideración de los valores que se originan del fenómeno de la globalización, los cuales impactan en las diferentes maneras en que las personas se relacionan y que trastocan los valores elementales de la convivencia humana y su cultura. El individualismo por la comunidad y el egoísmo por la solidaridad. La recesión mundial trae estos valores y antivalores a su punto de máxima expresión. Y es allí donde la esperanza reside. La organización comunitaria para que la iglesia como una comunidad plena y con una práctica del ser iglesia encuentre, juntamente, respuestas a la recesión, y genere así oportunidades de servicio y de solidaridad. En esa dirección, somos llamados a ser luz y sal en medio de las circunstancias adversas que la recesión trae, y a ser proactivos, a esforzarnos y a actuar, como el profeta Daniel lo expresó en los tiempos turbulentos en los cuales vivió. (Dn 11.32)

Ideas básicas de este artículo

  • La recesión económica consiste en una economía creciente, pero a un nivel más bajo de actividad productiva, de modo que se hace necesario reducir la inversión y el gasto. Esto genera la suspensión de fuentes de empleo, y en consecuencia los ingresos de las personas.
  • Esta situación se da hoy a nivel mundial —se ha agravado con los eventos terroristas del 11 de septiembre— de modo que la iglesia se ve afectada directamente.
  • En la Palabra encontramos modelos de respuesta ante la recesión, tal es el caso de José quien denunció, propuso una alternativa y actúo por el pueblo.

Preguntas para pensar y dialogar

  1. Pensando en el ejemplo de José: ¿En qué medida puede la iglesia propiciar cambios sociales y económicos?
  2. ¿Qué respuesta concreta podría dar su congregación a la comunidad que pertenece ante esta situación de recesión?
  3. ¿Qué sección del artículo lo inquietó más, o lo ha movido a reflexionar?
  4. ¿De qué manera lo ayuda a hacer misión el reto que trae la recesión económica actual?
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