Los pastores maltratados

Las expectativas del rol del ministerio van en aumento y son demandantes e inexorables.
Los pastores maltratados

Mientras se arrodillaba en oración en su iglesia, el pastor Juan Rositer, de 64 años, era asesinado por un joven de 29, como reacción a la decisión pastoral de no permitir a las adolescentes el usar atrevidas ropas de baño en los campamentos de la iglesia.

Por supuesto, ese episodio es un ejemplo extremo de la «insatisfacción de los feligreses» en la vida eclesiástica. Muchas congregaciones disfrutan de sus pastores y buscan formas sinceras de mostrar su aprecio; el asesinato, por suerte, es aún una rareza en estos ámbitos. Sin embargo, y muy desgraciadamente, familias pastorales enteras terminan heridas -y muchas destruidas- por el maltrato y las exigencias de creyentes desconsiderados.

«Soy el quinto pastor en ocho años de esta iglesia», escribió un pastor. «En los últimos dos años descubrí por qué, pero también descubrí que mi congregación no es la única. Parece haber mucha hostilidad hacia los pastores, cualquiera sea la denominación. La vida de constantes ataques personales, batallas de personalidades, sumadas a las privaciones lógicas de la familia pastoral me han sacado el entusiasmo muchas veces. Frecuentemente me siento como si me estuviera desangrando.

A pesar de ser una comunidad unida de santos, la iglesia continúa siendo, como lo dice un observador, «el único lugar donde todos son bienvenidos... tanto el de carácter difícil como el que es fácil querer, es el único lugar público en el mundo donde uno puede desahogar sus problemas, aliviar las frustraciones, revelar las distorsiones, y todavía esperar el ser oído por alguien».

ROTACIÓN INCESANTE DE EXPECTATIVAS

El problema de tos pastores maltratados no siempre está causado por individuos específicos; las expectativas cambiantes hacia el rol del pastor traen lo suyo también. La congregación constantemente compara a su pastor con otros que tienen otro tipo de características -tal como a menudo sucede en los matrimonios- desarrollando expectativas que en los últimos veinte años se han hecho demandantes e inexorables en forma creciente. El efecto puede verse en tos cientos de pastores desesperados por dejar situaciones infelices, esposas pesimistas e hijos indómitos.

EL POBRE CONCEPTO DE LA REMUNERACIÓN

En una reciente reunión administrativa de cierta iglesia se discutía el presupuesto, con el pastor y su familia presentes. Un hombre se levantó y dijo: «No necesitamos darle un aumento al ministro. Si esto no es suficiente para él podemos conseguir otro por menos».

¿Es de sorprender, entonces, que como señala una investigación realizada hace poco un número importante de pastores quieran mudarse a otra congregación entre los 35 y 45 meses después de llegar a ese pastorado? Por supuesto, luego descubren que «el pasto no es más verde» en otra parte.

«No es la montaña que está adelante la que te agobia; es el grano de arena en tu zapato», dice un viejo adagio. La mayoría de los pastores pueden manejar las montañas y sobrevivir a las crisis, pero algunos aspectos de la rutina diaria tos agota y termina con sus ministerios. De mis contactos con los pastores, he aquí dos de los más devastadores granos de arena.

LAS EXPECTATIVAS DE TODOS

A pesar de que en las últimas dos décadas se ha enseñado con énfasis el concepto bíblico del ministerio laico y el sacerdocio de todos los creyentes, la gente todavía tiene ideas distintas -e inmensas- sobre lo que los pastores deben ser y hacer. «Siempre me río cuando pienso en el momento en que anunciamos que adoptaríamos nuestro primer hijo», dice Rebeca Fuentes, la esposa de un pastor conocido nuestro, «una querida viejita le dijo a mi marido: ».

Algunos piensan que los pastores no deberían tener sexo, otros que no deberían tener pecados,... ni hambre.

Hay demandas legítimas, como que los líderes de la iglesia deben practicar lo que predican; las instrucciones de Pablo a Timoteo y Tito son claras. Sin embargo algunas congregaciones pretenden más divinidad que madurez.

Estas expectativas personales no son nuevas. Hace unos 1.600 años Juan Crisóstomo observó: «Los defectos del ministro no pueden simplemente esconderse. Por más triviales que sean sus ofensas, estas pequeñas cosas parecen grandes a otros; cada uno mide el pecado, no por el tamaño de la ofensa sino por la posición del pecador».

Lo que es nuevo son las expectativas funcionales. Los roles pastorales se han multiplicado en años recientes (ver recuadro). Como dice Pedro Harris, «el predicador moderno tiene que hacer tantas visitas como un doctor de campo, estrechar tantas manos como un político, preparar tantos informes como un abogado, y ver tanta gente como un especialista. Tiene que ser tan buen ejecutivo como el presidente de una compañía, tan buen financista como un gerente de banco; y en medio de todo, tiene que ser tan buen diplomático que pueda arbitrar exitosamente un partido de fútbol entre los terroristas libios y el ejército israelí».

A menudo escuchamos que no se buscan pastores-hombre orquesta, pero en las actitudes cotidianas tos diferentes miembros de la iglesia esperan que los pastores sean especialistas en casi todas las áreas.

LAS EVALUACIONES DE TODOS

En otros aspectos, sin embargo, el «pedestal pasdtoral» ha sido quitado. El cargo ya no significa «respeto garantizado». Pocas posiciones están tan abiertas hoy en día a la evaluación pública como la pastoral. Así como los ministros de economía y los presidentes, los pastores son terreno para la crítica. A menudo los sermones son recibidos no tanto como la palabra que viene de Dios para obedecer sino como una sugerencia del pastor para debatir.

Cada uno, sin importar su experiencia, tiene una opinión sobre lo que un servicio de la iglesia deberían ser. El dilema para los pastores es que ellos saben que estas evaluaciones son, a menudo injustas, pero necesitan la retroalimentación de la congregación. Aun los pastores que saben que la fidelidad no puede medirse en términos cuantificables se desesperan por recluir estímulo.

«No importa cuántas veces me diga a mí mismo que no, siempre termino preguntándole a mi esposa, cuando volvemos a casa de la iglesia: », dijo un presbiteriano que ha pastoreado su iglesia por 23 años. «Sé que no debería estar tan preocupado por lo que la gente piensa, pero parece que no puedo evitarlo. Tengo que saberlo».

En las grandes ciudades, donde ya es conocido el uso de los medios masivos de comunicación por parte de las iglesias, se agrega otra demanda más: el ser predicador notorio en la sociedad. Antes los pastores eran comparados, si lo eran, solamente con su antecesor u otros colegas de la ciudad. Hoy, gracias a la televisión, los estándares han sido elevados. Luis Palau, Alberto Motessi, el hermano Pablo y otros se han convertido en el estándar para medir el «perfil pastoral». La efectividad evangelística se juzga por los medios masivos y el aconseja-miento del pastor local se compara con James Dobson, Charles Swindoll o Jay Adams.

UN ROL REALISTA

Por supuesto, un espíritu de aprecio mutuo y respeto es la base esencial. Pero además de las buenas relaciones interpersonales, tres sugerencias, aunque no provean la solución final para cada situación, pueden resultar útiles al tratar con las realidades de la confusión de roles.

• Busque dones, no grandeza. Las congregaciones están preocupadas con todo derecho sobre la efectividad del ministro. Desgraciadamente, su preocupación, a veces, se enfoca solamente sobre la concurrencia o crecimiento financiero. Una mejor prueba de si un pastor es efectivo es buscar signos del don pastoral. Las diferentes iglesias tienen diferentes énfasis pero, en el fondo, todas necesitan alguien con un don de pastorear.

Recientemente, un instituto bíblico que se promocionaba a sí mismo como terreno de entrenamiento para pastores puso como presidente a un conocido evangelista itinerante. Nunca ha pastoreado una congregación y como evangelista ha enfocado un ministerio exitoso pero de una sola dimensión. Su prioridad para la escuela es equipar estudiantes que «ganen los 3.000 millones de almas perdidas en el mundo». Un profesor del seminario dijo: «No tengo dudas del éxito en el objetivo de equipar estudiantes para ser evangelistas y misioneros. Pero tampoco tengo dudas de que muchas congregaciones van a sufrir la falta de ministerio pastoral necesario para sostener y guiar a los que se van convirtiendo. Hay una diferencia en el llamado entre un evangelista de aquel que es un pastor de almas».

• Deje que el pastor dirija, con énfasis en sus áreas personales. Las iglesias más sanas admiten que sus pastores no pueden ser «hombres-orquesta», de manera que permiten al pastor especializarse en dos o tres áreas de fuerza. Esto significa que ambos, la congregación y el pastor, deben admitir que otros desarrollaran otros ministerios, no necesariamente el mismo pastor.

• Planee espacio para otros. La congregación debe renunciar a presumir que su pastor puede hacer todo lo que otros pastores hacen, pero el pastor debe sobreponerse a su deseo de retener el control ejecutivo de cada área del ministerio de la iglesia. Más aun, debe renunciar a ser él el único que desarrolla nuevos campos. Con esto no digo que deba renunciar a su tarea de supervisar cada área, pero sí debe entender y asumir las limitaciones de tiempo, fuerzas, capacidades, etcétera. .

Por supuesto que renunciar a un área significa confiársela a otro. Muchas veces, como pastores, tenemos deseos de hacer un montón de cosas que nuestra agenda limita. Pues bien, el dejar que otros lo hagan es dar libertad para el servicio al que tanto llamamos a los hermanos. No debemos limitar a los ayudantes a contar la ofrenda o acomodar las sillas.

• Permita que el compromiso trascienda a las emociones. Muy pocas veces la relación entre el pastor y la congregación es un matrimonio feliz. A menudo es un arreglo temporáneo basado en un «hasta que ambos nos amemos» en vez de «hasta que ambos estemos vivos». El compromiso debe, significar algo más que vivir mientras haya sentimientos favorables; también en la iglesia, no sólo en el matrimonio. Algunas congregaciones condenan el divorcio pero rompen su relación con un pastor tan pronto como él deja de complacerlos. Sí, hay veces en que los ministros deben irse, pero el llamado de un pastor, como cualquier otro compromiso, no se niega sólo debido a diferencias. La perseverancia es la prueba definitiva del compromiso. Tarde o temprano, todos debemos aceptar el hecho de que no hay un matrimonio perfecto -ni entre esposo y esposa ni entre pastor y congregación-, Y si lo hay, no va a permanecer de esa forma por mucho tiempo. Ninguna relación es estática. En realidad, es dudoso que cualquier matrimonio pueda aun llamarse bueno a menos que esté continuamente creciendo, admitiendo tos dolores de crecimiento y reafirmando su compromiso de trabajar juntos en las nuevas circunstancias.

«Un sentido de paz y estabilidad pueden ser una ilusión y una falsa expectativa. Sólo despacio se aprende la verdad: el ministerio tiene lugar más auténticamente cuando se encuentra en medio del sufrimiento y la ambigüedad. El propio predicamento humano forma parte de la respuesta del ministerio», dice Davis Schuller.

Mientras continuamos esperando el ideal glorioso, es la fidelidad y la perseverancia lo que trae gloria a Dios.

CONSTRUYENDO UNA IGLESIA SANA

Hay varias claves para construir una atmósfera de iglesia sana.

• Alabando públicamente las fuerzas de la congregación.

• Disfrutando y enorgulleciéndose en la diversidad entre los miembros de la iglesia.

• Agradeciendo las críticas, al menos inicialmente, por su candor y preocupación.

• Asumiendo que cualquier cosa poco halagüeña que usted diga sobre alguien será repetido. Por tanto, confíe a muy pocas personas sus críticas y desconfianzas.

•Siendo lento para mecerse en los problemas de otros -balanceando la instrucción de Pablo de llevar, con algunas limitaciones, las cargas los unos de los otros (Gá 6.1-5) y la negativa de Jesús de intervenir en las disputas de otros (Lc. 12.14).

Un pastor, que ha visto a su iglesia transformarse de un grupo dividido y vencido a una congregación entusiasta y de moral alta dice: «Obviamente el Espíritu Santo es responsable de esta clase de cambio, pero creo que El aceptó algunos de nuestros esfuerzos en esa dirección también. comenzamos enfocando las alegrías de la vida en vez de lamentar nuestros desalientos. Uno no cubre sus desilusiones, programas fallados y votos perdidos, pero tampoco uno se explaya sobre ellos o los anuncia desde el pulpito».

Cuando el fruto del Espíritu se hace característico de la vida diaria de la iglesia hace dolorosamente claro cuando alguien viola ese espíritu y el cuerpo mismo trabajará para curar la irritación.

Apuntes Pastorales
Volumen VIII Número 4

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