Diez principios de evangelismo

Principios básicos y fundamentales de evangelismo que aprendí en la práctica.
Diez principios de evangelismo

Principio No. 1: el lugar insólito

Años atrás fui invitado a varias campañas evangelisticas en el interior de Colombia. Cierta mañana, el pastor de la iglesia donde yo estaba predicando en Bucaramanga me invitó a compartir un calé en una cafetería tradicional. Acepté con agrado. Al llegar, el pastor me sorprendió, diciendo:

-Esta cafetería es uno de los lugares donde cumplo mi ministerio. Aquí evangelizo, aquí aconsejo, aquí me relaciono con la gente que nunca tomaría la iniciativa de ir a un templo.

Lo miré con curiosidad, y esperé los acontecimientos. Estábamos sentados en dos sillas ante una mesa de un metro cuadrado, donde quedaban dos sillas desocupadas. Eran las diez de la mañana. La cafetería estaba llena de hombres que tomaban un descanso en sus labores. Pocos minutos después, uno de ellos se sentó al lado nuestro y comenzó a conversar. En realidad, muchos de los que solían concurrir a esa cafetería ya conocían al pastor.

-Vengo aquí dos o tres días por semana -me había dicho el pastor- y siempre hay algunos que se dirigen a mí para buscar orientación espiritual.

Era cierto. Durante una hora varios hombres se aproximaron a nuestra mesa. El pastor me presentó, los invitó a la campaña, pero no perdió el tiempo. Los evangelizó allí mismo, en la cafetería, hablándoles acerca de Jesús.

-Es una manera de ganar varones para Cristo -me comentó después-y por eso en nuestra iglesia hay más hombres que en otras congregaciones.

Fue una experiencia que siempre he recordado. Hay principios de evangelismo que se aprenden en la práctica.

Principio No 2: el ingenio

Mi primera campaña evangelística en Europa fue en 1965 en España, cuando yo era joven y el general Franco todavía estaba en el poder. Las restricciones legales abundaban y las iglesias sufrían muchas limitaciones. En aquellos años yo no tenía mucha experiencia y me sentía incómodo ante la hostilidad gubernamental. La publicidad estaba restringida y el «proselitismo» era casi un delito. Un domingo por la tarde, caminando por las hermosas calles de Madrid, entré en un bar lácteo para beber un jugo de frutas. Me detuve junto a la barra que tenía unos cuatro o cinco metros de largo. En un extremo de la barra estaba un joven que creí haber visto en algunas reuniones. En el extremo opuesto estaba otro joven que también me parecía evangélico. Ninguno de ellos me reconoció. Repentinamente, uno de esos muchachos se dirigió en voz alta al otro, de modo que todos los que estábamos en el bar lácteo pudiéramos escuchar, y le preguntó:

-Oye, ¿qué piensas de lo que ha pasado esta mañana en la iglesia evangélica de la calle General Lacy? (e indicaba con exactitud el lugar).

- Mira, -contestó el otro- el predicador dijo la verdad. A muchos les cuesta aceptarlo, pero ciertamente todos somos pecadores y necesitamos a Cristo.

Etcétera. La conversación, de un extremo a otro de la barra, se extendió por unos tres minutos en voz alta. Los que estaban en el bar lácteo oyeron el evangelio y el anuncio de la campaña a través del diálogo de ambos jovenes Aunque el caudillo Franco no lo quisiera, allí se había producido el testimonio evangelizador.

Principio No 3: la audacia

En mi adolescencia las autoridades argentinas habían restringido las reuniones evangelísticas al aire libre. Además, estaban en vigor las normas del llamado «estado de sitio» decretado por el gobierno, que impedía toda clase de actos públicos. Los muchachos de entonces sabíamos que la gente necesitaba escuchar la Palabra de Dios. Era imposible organizar la predicación al aire libre con recursos habituales, como amplificación de sonido y anuncios previos. Pero en el grupo surgió una idea: realizar un «acto relámpago» en algunas esquinas y plazas. Un acto relámpago, de cuatro o cinco minutos de duración, podía hacerse antes de que interviniera la policía u otra fuerza armada. Nos pusimos manos a la obra. Salimos a la calle llevando la Biblia, un pequeño cajón de madera (vacío) para usarlo como plataforma, y un clarín. Luego de una breve «clarinada», que llamaba la atención de los vecinos y del público en general, uno de nosotros se paraba sobre el cajón y predicaba a voz en cuello, sin micrófonos, un breve mensaje evangelístico. Luego nos retirábamos rápidamente y procurábamos repetir la escena en algún otro lugar distante de allí. Preferíamos la vecindad de las cafeterías y los sitios donde se concentraban los medios de transporte. Hubo frutos que todavía perduran. Por supuesto, sabíamos que estábamos violando una prohibición, pero recordábamos las palabras de Pedro y los apóstoles ante el Sanedrín: «Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres« (Hch. 5:29). Previamente Pedro y Juan habían dicho al mismo tribunal: «Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído» (Hch, 4:1920). En esa época las fuerzas armadas intervinieron una sola vez, pero nosotros ya nos habíamos ido. Además, no nos persiguieron ni nos buscaron, pese a que dejábamos en manos de la gente algunos folletos que nos podían identificar, ¡Maravilloso!

Principio No 4: el lenguaje comprensible

Con frecuencia, en la predicación evangelística se utilizan expresiones que mucha gente no comprende. Son palabras o frases familiares para nosotros, pero no para el mundo. Por ejemplo, decimos en nuestras canciones: «cordero de Dios» (o, simplemente, «el cordero), «peña de Horeb», «raíz de Isai», «noventa y nueve ovejas», »Adonai», «Paracleto Santo», «Sión», «vara de Aarón», etcétera. Y en nuestras predicaciones ocurre lo mismo: Por ejemplo, »Primera Tesalonicenses», «tabernáculo», «no estamos bajo la ley» (pocos entienden de qué ley se trata), «aposento alto», «filisteos», etcétera, y damos por sentado que el público sabe quién fue Epafrodito. Recuerdo el caso de un señor que escuchó la frase «Romanos 5:1», y creyó que el predicador se refería al resultado de un juego de fútbol. Hace poco una persona me pidió que le firmase la Biblia. Después, agregué bajo mi firma una cita bíblica, sin transcribir el pasaje: Gálatas 2:20. Al leer esa cita, la persona sonrió y me dijo con mucho entusiasmo: »¡Gracias, pastor, por darme su dirección!»

He aprendido que hay que usar un lenguaje claro, comprensible, popular. En Marcos 12:37 leemos que cuando Jesús hablaba »gran multitud del pueblo le oía de buena gana». El Señor se expresaba en el lenguaje popular de su tiempo. El predicador que quiere impresionar a la congregación con un lenguaje «académico» no es un buen comunicador del evangelio. Usar una terminología complicada en la evangelización es tan absurdo como emplear en la conversación cotidiana expresiones como «ácido acetilsalicílico» en vez de aspirina. En otro plano, cometemos el mismo error cuando hablamos de «la primogenitura de Esaú» para evangelizar a un público que no sabe quién fue Esaú, e ignora qué es «primogenitura». Es inútil predicar ese tipo de sermones a cristianos que ya están salvos y a visitantes aburridos, que no entienden el lenguaje del mensajero.

Principio No 5: preámbulos breves en las reuniones evangelisticas

Creo firmemente que es un error meter a los inconversos en el molde de nuestras propias tradiciones, haciendo que se paren, se sienten, canten canciones desconocidas, oigan oraciones incomprensibles y escuchen extraños anuncios. En los relatos del Nuevo Testamento es evidente que los mensajes evangelizadores de Jesús y sus discípulos se iniciaban sin esos preámbulos. Por supuesto, oraban en momentos, y también solían cantar entre ellos (ver Mr. 14:26). La Biblia recomienda que los creyentes canten y oren (Col. 3:16, 17,1 Co. 1:15, Stg. 5:13), pero no dice que los inconversos están obligados a hacerlo. Sin embargo, en muchos servicios evangelísticos se pide que las visitas sonrían y canten alegremente», cuando quizás ellos están tristes y con muchos problemas. Leemos en Proverbios 25:20 que «el que canta canciones al corazón afligido es como el que quita la ropa en tiempo de frío, o el que sobre el jabón echa vinagre». Hay visitantes que vienen a buscar una solución espiritual porque se sienten muy deprimidos, agobiados por sus problemas, angustiados a causa de sus sufrimientos. Mientras nosotros participamos con entusiasmo en extensos preámbulos con largos períodos musicales, muchos de ellos comienzan a sentirse cansados, incómodos, y hasta hostiles. Por eso hay gente que suele retirarse antes de que comience el mensaje, o durante el mismo. Otros se quedan, aunque de mal humor y obviamente también hay quienes se sienten a gusto con los preámbulos. En general en el Nuevo Testamento puede notarse que las oraciones eran anteriores a la reunión y no se hacían durante la reunión evangelistica. Por otra parte, aunque soy un gran amigo de la música y me agrada tocar el piano y cantar, pienso que deben tenerse en cuenta las reacciones de las personas que aún no han aceptado a Cristo.

Principio No 6: la mente abierta

Hay prejuicios que tienen cierta influencia pemiciosa en el ministerio de la evangelización. Los prejuicios son opiniones preconcebidas, sin fundamentos, que se aceptan como verdades. En especial, son actitudes específicas casi siempre negativas hacia determinadas personas o cosas, cuyo origen se encuentra en algunas creencias impuestas por el medio en que se han formado los individuos que tienen prejuicios. Entre las principales características del prejuicio podemos mencionar su profundo arraigo, y su poder para resistir a la educación y a la lógica.

Hace varios años, compositores cristianos crearon canciones evangélicas con ritmos folklóricos y se utilizaron instrumentos como guitarra, charango, bombo, quena, y otros. Pero hubo que superar prejuicios que suponían que esa música no era adecuada para la adoración. El tiempo se encargó de demostrar lo contrario.

El actual desarrollo tecnológico y la nueva mentalidad contemporánea ofrecen oportunidades para nuevos métodos de evangelización, que tropiezan con la oposición de quienes ven «un avance de la mundanalidad» en cada innovación. Sin embargo, he aprendido que no es así. Hay que evangelizar a drogadictos, prostitutas, homosexuales, travestís y parias de la sociedad a cualquier hora y en cualquier lugar. Hay que hacer marchas públicas de testimonio cristiano. Hay que tener programas llamativos por estaciones seculares de radio y televisión, y no tan sólo por emisoras evangélicas. Hay que ocuparse de los problemas sociales que afligen a millones de personas. Hay que combatir toda forma de discriminación. Hay que utilizar tribunas no cristianas, como Pablo hizo cuando habló en el Areópago a los epicúreos y los estoicos (Hch. 17:16-34). Etcétera. Es necesario desprenderse de los prejuicios y evangelizar con una mente abierta. El apóstol Pablo escribió: «a todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos» (ver 1 Co. 9:2023).

Principio No 7: la Importancia de la Imagen

Desde nuestro punto de vista, diciendo las cosas con sencillez, hay que aclarar qué «imagen» la gente tiene de nosotros. La palabra «imagen» significa opinión o juicio subjetivo, que refleja la manera de ver, el estado de ánimo y la actitud de la gente con respecto a personas, instituciones, marcas comerciales, productos industriales, etcétera. Jesús estaba interesado en su propia imagen: «¿Quién dice la gente que soy yo?... ¿Y vosotros, quién decís que soy?» (ver Lc. 9:18-20).

La tarea evangelística tiene mucha relación con lo que la gente piensa o dice de nosotros. Por supuesto, esa imagen depende mucho de nuestras propias actitudes. El público no puede adivinar lo que somos o lo que hacemos: sus ideas surgen de sus propias observaciones y de la información -casi siempre fragmentada o distorsionada- que llega a sus manos. Entonces, pensando en nuestra propia misión,

¿cuál es nuestra imagen en la comunidad? ¿qué dice la gente acerca de nosotros?.

Algunos escritores dicen que mucha gente no quiere escuchar la verdad y no simpatiza con nosotros El esfuerzo para crear una imagen popular puede desnaturalizar la auténtica acción evangelizadora de la iglesia. No necesitamos que el mundo nos salve a nosotros: somos nosotros los que debemos anunciar la salvación al mundo, aunque a veces el mensaje resulte impopular.

Principio No 8: no abogado sino testigo

Quizás parezca paradójico, pero una de las mayores amenazas al mensaje bíblico es la fecundidad intelectual del género humano. La autoridad de la Biblia no se respeta suficientemente, el camino queda libre para toda clase de evangelistas «abogados», deseosos de «ayudar» al texto sagrado en su «crisis» ante la sociedad contemporánea. No es extraño que se produzca una invasión de artífices de la pluma y la palabra que pretenden dar auxilio a las Sagradas Escrituras y adaptar su mensaje al pensamiento de este mundo pecador. Algunos conceptos que tienen que ver con la evangelización ya están peligrosamente alterados, y en ciertos casos la autoridad de la Biblia ha sido sustituida por la supuesta autoridad de recientes escritores y oradores.

Como es obvio, Dios no quiere que la evangelización del mundo quede librada a las ideas, técnicas e iniciativas meramente humanas. Si el Señor no hubiese tomado esa precaución, la tarea evangelística habría sido siempre un pandemónium, un fárrago, una pavorosa mezcla de doctrinas caseras y opiniones contradictorias y, como suele verse en nuestros días, una montaña de extravagancias. Cuando se desconoce la autoridad de la Biblia, la anarquía es una consecuencia inevitable.

La lectura de extensos párrafos del texto sagrado no es prueba de la preeminencia de la Biblia como fuente del mensaje. Por ejemplo, los «testigos de Jehová"» hacen eso siempre, lo mismo que distintas sectas. La Biblia declara que nosotros somos «testigos» (Hch. 1:8), pero no dice que debemos ser «abogados». El evangelio no necesita defensores, sino expositores fieles. También afirma el Nuevo Testamento que somos «embajadores» (2 Co. 5:20), función que nos obliga a transmitir correctamente el mensaje que el Rey nos ha encomendado, y no nuestras propias opiniones. Cuando el Señor dijo «mi palabra... no volverá a mí vacía» (Is. 55:11), se refería a su Palabra y no a la de los hombres. No hay ser humano que pueda decir «el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mt. 24:35).

Evangelizar, pues, es proclamar los grandes actos de Dios y no los grandes ideales de los hombres. Pablo decía: «los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado» (1 Co. 1:22, 23). En otras palabras, unos quieren garantías (milagros) y otros reclaman filosofía (especulación humana), pero nosotros nos limitamos a anunciar el hecho histórico. La verdadera evangelización pregona todos los hechos de Dios en pro de la redención de sus escogidos; todas las cosas que han sido escogidas incluyendo también el destino eterno de los perdidos. Esa genuina evangelización será siempre locura, escándalo, tropezadero y ofensa para el mundo, y -ocasionalmente-para algunos creyentes. Pero no hay otro mensaje (Gá. 1:9). No hay otro evangelio.

Principio No 9: invitación sin manipulación

Es correcto pedir decisiones públicas en las reuniones de evangelización, pero es conveniente que el tiempo destinado a la invitación no se prolongue excesivamente. La duración dependerá del número de concurrentes y de las dimensiones del lugar donde se hace la reunión.

Pero cuando la invitación se hace en locales de menor tamaño no es del todo aconsejable insistir durante demasiado tiempo. Dado que, según la Biblia, la convicción es obra del Espíritu Santo, mal puede suponerse que las prolongadas apelaciones darán más efectividad a la invitación. Es posible que, en circunstancias excepcionales, el predicador sienta un claro impulso del Espíritu a continuar su llamado, pero, en líneas generales, un lapso de cinco a diez minutos como máximo es suficiente en un recinto de medidas más pequeñas que las de un estadio.

Principio No. 10: persona a persona

En un país de América Latina, uno de los líderes de la iglesia dijo a su nuevo pastor:

-Yo admiro profundamente a los hermanos que han recibido el «don» de la evangelización personal.

-Usted está equivocado querido hermano -le contestó el pastor- porque tal «don» no existe: lea la Biblia y verá que la evangelización personal no es un «don», sino un mandamiento. Si usted supone que la evangelización personal es tan sólo un don, se justificará pensando que no lo ha recibido y no se sentirá responsable. Pero el Señor nos mandó a todos a evangelizar persona a persona: es nuestra obligación! Durante largo tiempo he observado la técnica de los «testigos de Jehová» Ellos hacen un continuo y firme énfasis en la responsabilidad de testimonio personal, y lo enseñan como un deber ineludible.

Ese mismo imperativo tendría que florecer en nuestros corazones, con la certeza de las doctrinas genuinamente cristianas. Tenemos el auténtico mensaje del evangelio, y no la enseñanzas de los falsos maestros de «1a torre del vigía». Este principio debe ser enfatizado por las iglesias, ofreciendo a sus miembros la oportunidad de practicar la evangelización de persona a persona ya que suelen notarse inhibiciones. que afectan a muchos cristianos y les impiden tomar la iniciativa. Una buena idea sería realizar de vez en cuando una campaña evangelistica sin otra publicidad que la producida por el testimonio personal de los creyentes. No se utilizarían invitaciones impresas, ni propaganda por medios masivos, pero cada cristiano tendría que tomar a su cargo la responsabilidad de evangelizar personalmente a otros y llevarlos a las reuniones. Este «plan sin propaganda. presenta un desafío a los miembros de la iglesia, que así se verían en la necesidad de hablar a las personas sin refugiarse en la simple entrega de folletos o tarjetas de invitación. Después de haber vencido las primeras dificultades propias de la inexperiencia, todos se sentirían grandemente alentados. En resumen, esa tarea no se aprende a través de la teoría, sino a través de la práctica. Es igual que aprender a nadar: nadie aprende a hacerlo por correspondencia, ni leyendo libros, ni escuchando conferencias. Tiene que entrar en el agua y hacer su aprendizaje practicando la natación. Por supuesto, su perfeccionamiento avanzará a medida que aumente la frecuencia de su prácticas.

Samuel Libert de nacionalidad argentina es pastor y evangelista internacional. Actualmente ejerce el pastorado de una iglesia bautista en Rosario, Argentina.

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