La metamorfosis de un cristiano

Fue Albert Einstein quien, al descubrir algunos de los grandes misterios del universo, se dio cuenta de la gran disparidad que hay entre nuestro pensar y el pensamiento de Dios. El reconoció la necesidad de una «metamorfosis mental». Einstein dijo: «Quiero pensar los pensamientos de Dios tras El, pues todo lo demás es detalle». Reconoció lo que Isaías había aprendido 2.500 años antes, que los pensamientos de Dios no son como los nuestros, ni los caminos de Dios parecidos a los de nosotros (Is. 55.8).
La metamorfosis de un cristiano

Dijo William Shakespeare:

¡Cuán extraordinaria obra es el hombre!
¡Cuán noble en su razón!
¡Cuán infinito en sus facultades!
En su percepción, ¡cuán parecido a Dios!

En contraste, T.S. Eliot en una de sus poesías dice:

Somos hombres ahuecados,
Seres embutidos,
Reclinados unos sobre otros,
Nuestras mentes llenas de paja.

Tanto el dramaturgo inglés como el poeta americano tienen razón. El hombre puede elevarse a los ideales más sublimes, como sumergirse en el más fétido antro de inmundicia. A veces hasta se encuentran ambas condiciones en una misma persona. Podemos ser individuos con caracteres duales. Es, para dar otra ilustración, el mensaje asombroso con que nos confronta el Apóstol Pablo en Romanos siete al describir la lucha interna que nos azota continuamente: "No hago el bien que deseo, sino el mal que no quiero", (v. 17).

Freud, Jung y toda su escolta sicológica por cierto han añadido mucho, en estos últimos cien años, a nuestro entendimiento de la mente y el corazón humanos. La debilidad en tantas de sus conclusiones es debida a que no han profundizado lo suficiente en la naturaleza del hombre para llegar a la raíz de lo que afecta a la humanidad. Si sólo dieran lugar a las verdades bíblicas en sus teorías avanzarían enormemente las ramas de la sicología y la psiquiatría.

Un siquiatra podrá recetar algo para aliviar el dolor interior que alguien sufre, pero esa persona sigue arrastrando aquello en el interior que le está produciendo ese dolor. El problema es que el hombro, por naturaleza y por elección, es pecado. Como la leyenda del Rey Midas, pero a la inversa; todo lo que el hombre toca lo contamina y está contaminado. Vive en bancarrota espiritual, como lo viene explicando San Pablo, especialmente en los primeros tres capítulos de esa epístola. La única cura se encuentra en el remedio que Dios ha dado en Cristo Jesús.

Benjamín Franklin, quien escribió la mayor parte de la constitución norteamericana, cuenta en su autobiografía que continuamente luchaba con problemas y pecados que emanaban de su propia naturaleza. Este sabio y disciplinado hombre, al darse cuenta que estos problemas estaban arraigados en su propio ser, determinó vencerlos. Hizo una lista de todos sus pecados y tendencias ofensivas. Las tomó una por una y luchó contra ellas para tratar de vencerlas.

San Pablo, en su carta a los cristianos de Roma, les dice: "Hermanos, os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios, que es vuestro culto racional. Y no os adaptéis a este mundo, sino transformaos mediante la renovación (metamorfosis) de vuestra mente, para que verifiquéis cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, aceptable y perfecto" (Ro. 12.1, 2, Biblia de las Américas)

Con estas palabras el apóstol explica la manera en que han de vencer el mal que existe dentro del corazón de todo hombre, mal que afecta el comportamiento diario de toda persona.

LOS MOLDES QUE SEGUIMOS

Recuerdo que mi hijo menor, Eduardo, decía cuando chico: "Cuando sea grande quiero ser bombero". A él le gustaban los camiones y no había camión comparable al de los bomberos. Como adultos no somos muy distintos. Vaya a una estantería de revistas y cuente la cantidad de ellas que tratan de personajes idolatrados, especialmente artistas del cine, del canto y del deporte. Para cada gusto hay una lista sin fin de ídolos populares que pueden ser escogidos como patrones a seguir.

Escoja una revista de mujeres (o de jóvenes, o de hombres) y verá que los artículos más leídos son aquellos que presentan una figura prominente con el fin de ofrecer una moda o un estilo de vida dignos de ser emulados. Los editores de estas revistas han comprendido la tendencia del ser humano y crean sus fortunas alimentando ese apetito de forjar nuestras vidas tras esta o aquella personalidad.

En nuestro mundo sagrado no es muy distinto. La diferencia básicamente está en dónde encontramos nuestros modelos. En lugar de buscarlos en una revista los buscamos en nuestros pulpitos. A veces es el pastor, o un cantante religioso, o un evangelista, o una dama que se distingue por su manera de hablar y vestir. A esa persona se la eleva como ejemplo de un cristiano perfecto. Se les sigue a veces casi hasta el punto de adoración. El sociólogo evangélico inglés, Os Guiness, lo describe así: "Cuando estornuda una celebridad evangélica, a la congregación entera se le pega el resfrío".

La tendencia viene a causa del reconocimiento de una falta interior. No estamos satisfechos con nosotros mismos. Nos damos cuenta que carecemos de algo. Pensamos que la persona que idolatramos lo tiene todo, que ha encontrado algún secreto especial que lo ha llevado a la perfección. Si se sigue fielmente a ese patrón escogido -suponemos- también se encontrará esa perfección y, a consecuencia, la felicidad.

Ahora, hay patrones y patrones. Algunos son dignos de nuestra admiración y emulación. Por ejemplo el capítulo once de Hebreos nos da esa famosísima lista de los héroes bíblicos: Abraham, Moisés, Gedeón, Débora, David, para nombrar a algunos. Sabemos que Josué tuvo a Moisés de ejemplo. En el caso de Eliseo y Elías, tanto admiraba Eliseo a su patrón que cuando el ángel del Señor se lo llevaba imploró a Dios que le diera el doble de la porción del espíritu de Elías y Dios se lo dio. Por supuesto que hay grandes y nobles ejemplos dignos de emulación.

EL SENTIDO DE METAMORFOSIS

Tan fácil es seguir las costumbres y las corrientes del mundo que nos rodean –en lugar de moldeamos a Cristo Jesús- que el apóstol dice que para escaparnos de esa mentalidad es necesario que nuestra mente sea transformada. La palabra usada por el apóstol, en griego significa «metamorfosis». Tal como una crisálida se convierte en una hermosa mariposa, igualmente Dios, por medio del Espíritu Santo, nos va transformando progresivamente hasta que reflejamos la hermosa gloria del carácter de Cristo Jesús.

Fue Albert Einstein quien, al descubrir algunos de los grandes misterios del universo, se dio cuenta de la gran disparidad que hay entre nuestro pensar y el pensamiento de Dios. El reconoció la necesidad de una «metamorfosis mental». Einstein dijo: «Quiero pensar los pensamientos de Dios tras El, pues todo lo demás es detalle». Reconoció lo que Isaías había aprendido 2.500 años antes, que los pensamientos de Dios no son como los nuestros, ni los caminos de Dios parecidos a los de nosotros (Is. 55.8).

¿Cómo pensamos? ¿Por qué necesita nuestra forma de pensar un cambio tan radical como lo es una metamorfosis? Un relato verídico quizás nos ayude a comprenderlo.

LA METAMORFOSIS ILUSTRADA

Charles Colson, quien fuera asesor íntimo del Presidente Nixon, recientemente contó acerca de uno de sus antiguos colegas, el fascinante e indómito G. Cordón Liddy. Este, cuando niño, era enfermizo y fácilmente asustado por cualquier cosa. Venció sus temores confrontándolos directamente. Temía las alturas y la electricidad, así que se propuso vencer esos temores trepándose en las torres y andando entre los cables de alta tensión. Temía las ratas; venció este temor capturando una y comiéndosela asada. Ejerció su voluntad al punto de sobreponerse a cualquier obstáculo. Fue Cordón Liddy el escogido por Nixon para dirigir la entrada ilegal a Watergate, cuyo acto produjo la caída del presidente de los EE.UU. y una condena de 21 años para él.

Durante la sentencia, Liddy fue visitado por Colson (quien luego de su propio encarcelamiento por encubrimiento ilegal de los actos de Nixon y su conversión al evangelio, inició el gran ministerio Prison Ministries. ministerio para los encarcelados). «¿Has encontrado la luz en Cristo?» le preguntó Colson. «Ni me ha interesado buscar el interruptor», fue la respuesta soberbia de Liddy.

Salido de la cárcel, Liddy inició varias empresas exitosas. En una ocasión, entrevistado por David Letterman en televisión, este te preguntó:

-Y después de la muerte, ¿qué cree usted que nos espera?

-Servir de alimento a los gusanos-, contestó Liddy.

-¿Nada más?- insistió Letterman.

-Nada más-, respondió Liddy.

A pesar de que había superado todo neto que le fuera presentado, esa improvisada respuesta a la pregunta de Letterman le molestó, y no sabía por qué.

Se mudó de Miami para ir a vivir en Arizona. Allí se encontró con un amigo de aquellos años, cuando ambos trabajaban para la FBI. Este siempre le había caído bien, así que renovaron su amistad. Un buen día este viejo amigo lo invitó a participar en un estudio de la Biblia. Aceptó la invitación diciendo: «Iré, pero quiero que sepas que soy agnóstico. Me interesa saber lo que dice la Biblia, pero por favor, no trates de convertirme».

El estudio de la Biblia lo hizo pensar en Dios. «Dios por definición es infinito», razonó, «y nosotros por definición somos seres finitos. Las leyes de la lógica no permiten que lo finito pueda percibir lo infinito. Si ha de haber comunicación, ese ser infinito tendrá que comunicarse conmigo, ya que yo por mí mismo jamás podría percibirlo». Contando sobre este evento, Liddy dice: «Era como si se me hubiera prendido una luz en el cerebro: »

Siguiendo esta línea de razonamiento, Liddy se dio cuenta que sería imposible para un ser finito hacerse digno del ser infinito. En esa comunicación debería haber un elemento más. «Me di cuenta, entonces, que Dios tuvo que enviar a su Hijo para hacer dos cosas: ganar para nosotros aquello que no podíamos ganar para nosotros mismos y continuar esa comunicación».

«Muchas personas», dice Liddy, «sienten un asalto de emociones cuando se convierten. Yo sentí un asalto de razones». Y así llegó Gordon Liddy al arrepentimiento, que en griego (metanoia) quiere decir, literalmente, «un cambio de mente».

Siempre encontraremos tratados teológicos que expliquen correctamente lo que es la transformación de nuestra mente, pero poco podrá ilustrar mejor la esencia del sentido de San Pablo al usar el término «metamorfosis» que es lo que le sucedió a Liddy. Dios, por circunstancias a veces imperceptibles y por la poderosa comunicación de su Palabra, lleva a una persona a subordinar su voluntad personal a la voluntad divina. Es por ese proceso divino que El nos lleva a una real metamorfosis.

Apunte Pastorales. Volumen VIII Número 3.

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