La definición del liderazgo

Existen muchas definiciones de qué es un líder, pero ¿cuáles son realmente los elementos básicos que no pueden faltar en un líder aprobado por Dios? El autor señala cinco elementos que son el corazón del llamamiento del líder.
La definición del liderazgo

Servir era la definición del liderazgo de Jesús, y este principio es cierto tanto en el campo religioso como en el secular. Lord Montgomery dijo que su experiencia en la guerra le había llevado a creer que los del estado mayor tienen que ser siervos de la tropa, y que un buen oficial debe servir a su comandante y a su tropa permaneciendo él mismo en el anonimato.

En su libro The Training of the Twelve (El entrenamiento de los doce), el Dr. A. B. Bruce escribió: "En otros reinos mandan los que tienen el privilegio de ser servidos. En el Reino divino mandan quienes cuentan el servicio como un privilegio", el Dr. John A. Mackay, de Princeton, mantiene que la imagen del siervo es la imagen esencial de la religión cristiana. El Hijo de Dios llegó a ser el Siervo de Dios en todo para cumplir la misión de Dios. Esa misma imagen provee un modelo y una norma por medio del cual los cristianos, sociedades de misioneros e iglesias cristianas pueden aprender cómo cumplir la misión que Dios les ha encomendado.

El verdadero líder considera el bienestar de otros antes que su propia comodidad. Manifiesta simpatía e interés por los problemas, dificultades y cargas de los que están bajo su cuidado, pero es una simpatía que fortifica y estimula, no que enternece o debilita. Siempre les ayudará a confiar en el Señor. Ve en cada emergencia una nueva oportunidad para ayudar. Es de notar que cuando Dios eligió a un líder para tomar el lugar de Moisés, escogió a Josué, un hombre que había demostrado ser un siervo fiel (Ex. 33.11).

En un discurso, D. E. Hoste exponía algunos de los aspectos del extraordinario y eficaz liderazgo de su antecesor, Hudson Taylor, con estas palabras: "Otro secreto de su influencia entre nosotros estribaba en su cuidadosa consideración y gran interés por el bienestar y confort de los que le rodeaban. Su alto grado de autosacrificio y capacidad de trabajo que le ocupaba continuamente, no le impedían mostrar ternura y simpatía hacia los que no eran capaces de llegar donde él llegó, en estos respectos. Manifestaba gran ternura y paciencia hacia los defectos y limitaciones de sus compañeros y así era capaz en muchos casos de ayudarles a alcanzar mayor devoción" (P. Thompson, D. E. Hoste, p. 217).

Disciplinar también es una responsabilidad del líder, una responsabilidad molesta y a menudo desagradable e indeseable. En cualquier iglesia o sociedad religiosa es necesario establecer una disciplina santa y bondadosa si se han de mantener las normas divinas, especialmente en lo que concierne a la pureza de la fe, de la moral y de la conducta cristiana.

Pablo especifica el espíritu requerido en los que ejercen la disciplina. "Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado" (Gá. 6.1). El requisito fundamental en toda disciplina es amor. "Amonestadle como a hermano (2 Tes. 3.15). "Por lo cual os ruego que confirméis el amor para con él" (2 Co. 2.8). La persona que se ha encargado de sus propias faltas y defectos y honestamente se ha enfrentado a ellos, es la mejor preparada para tratar las faltas de otros de manera cariñosa pero firme. El espíritu de humildad conseguirá mucho más que una actitud crítica y censuradora.

Al tratar un caso que parece requerir disciplina hay cinco puntos que deben tenerse en cuenta:

  1. Tal acción debe tomarse sólo después de haber hecho una investigación completa e imparcial.
  2. Se considerará el bien del individuo y de la obra en general.
  3. Siempre debe hacerse con un espíritu de amor genuino y de manera considerada.
  4. Se tendrá en mente siempre la ayuda espiritual y la restauración del que ha ofendido.
  5. Sólo debe hacerse después de mucha oración.

Guiar es la tercera responsabilidad. El líder espiritual debe saber adónde va y, como un pastor oriental, ir delante de su rebaño. Esta era el método que usaba el Pastor supremo. "Y cuando ha sacado fuera todas las propias, va delante de ellas; y las ovejas le siguen" (Jn. 10.4). "El líder ideal –dijo A. W. Tozer– es aquél que oye la voz de Dios, y llama a los demás a lo mismo que la voz le llama a él y a los demás". Pablo dio este consejo a los corintios: "Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo" (1 Co. 11.1). El sabía a quién estaba siguiendo y dónde iba y por eso podía desafiarles a que le siguiesen. Pero esto no siempre es una tarea fácil cuando la gente, aunque piadosa, tiene fuertes opiniones propias. El líder no debe imponer su voluntad y sus decisiones cruelmente.

D. E. Hoste enfatizó este hecho: "En una misión como la nuestra, los líderes deben estar preparados para aguantar oposición y otros puntos de vista. Deben saber posponer o descartar un curso de acción intrínsecamente sano y beneficioso cuando no lo aprueben algunos que se verían afectados por él. Hudson Taylor, una y otra vez fue obligado a modificar o aplazar proyectos que eran sanos y de ayuda, por enfrentarse a una oposición determinada. La oposición creaba más daño de lo que se hubiese conseguido de bueno con los proyectos. Luego, como respuesta a una paciente y continua oración, muchos de los mismos proyectos se llevaron a cabo" (P. Thompson, D. E. Hoste, p.158).

Iniciar las cosas es una parte importante de la responsabilidad del líder. Algunos tienen más facilidad para conservar lo que se ha conseguido que para iniciar nuevos proyectos. Tienen más dones para conseguir orden que generar ardor y convicción. El verdadero líder debe tener visión tanto como saber emprender algo. Debe saber iniciar algo en vez de sólo conservarlo. Muchos de nosotros preferimos estar seguros, pero Pablo no lo hizo así. El constantemente corría riesgos cuidadosamente calculados y en oración.

Robert Louis Stevenson describió la prudencia y la actitud de buscar lo seguro como "ese hongo funesto". Hudson Taylor no buscó lo seguro. Los pasos gigantes de fe que él tomaba con monótona regularidad fueron denunciados como planes poco seguros y arriesgados. Pero esto no le paraba y hoy la historia está de su lado. Los grandes logros en la historia de la Iglesia y de las misiones han sido conseguido por algún líder que ha estado en contacto con Dios y que tomó valor con riesgos cuidadosamente calculados.

Hay muchas más derrotas resultado de un exceso de cuidado que de una atrevida experimentación de nuevas ideas. Un amigo del autor que se ha distinguido en un importante puesto de envergadura mundial, recientemente comentó que al repasar su vida, estaba sorprendido al descubrir que la mayoría de sus fallos y errores eran por no arriesgarse lo suficiente. "Las fronteras del Reino de Dios nunca fueron avanzadas por hombres y mujeres de cautela", dijo Mrs. H. W. K. Mowll (M. Loane, Archbishop Mowll, p. 249).

Un líder no puede permitirse ignorar el consejo de los hombres cautelosos que lo rodean. A menudo lo salvarán de errores innecesarios. Pero debe de tener cuidado de que una cautela excesiva le haga perder la iniciativa, si es que cree que su visión sea de Dios. Tampoco debe dejar que le impidan tomar pasos gigantescos de fe a los que Dios está llamando a cada cual.

El tomar responsabilidad y hacerlo con voluntad es una cualidad necesaria en un líder. Si no está preparado para esto se descalifica a sí mismo para el puesto. Uno que evade las tareas difíciles que vienen con su posición limitará su influencia en el mismo grado en que evade su responsabilidad.

Josué demostró su capacidad de liderazgo al aceptar sin titubear la magna responsabilidad de seguir los pasos de su gran líder Moisés. Josué tenía muchas más razones para apelar a su insuficiencia que Moisés, pero no repitió el pecado de éste. Al contrario, sin tardar aceptó la responsabilidad y se entregó por entero a la tarea.

Cuando Elías fue trasladado, Eliseo asumió sin vacilar las responsabilidades proféticas que habían quedado vacantes. Aceptó la autoridad que le fue conferida al caer el manto y se convirtió en líder por derecho propio. En cada caso el factor determinante fue la seguridad del llamamiento divino, y cuando esta convicción existe, nadie debe vacilar en asumir las responsabilidades que Dios le otorga.

Nos resulta inspirador poder vislumbrar la vida interna de los grandes hombres de Dios y conocer algunos de los elementos que contribuyeron a su eficacia espiritual.

En el libro The Life of Robert E. Speer (La vida de Robert E. Speer), hallamos una serie de normas que seguía el arzobispo Benson, un hombre que tenía grandes responsabilidades. Son, a la vez, reveladoras y desafiantes. Aunque pertenecía a otra época, muchas de sus reglas conservan notable relevancia hoy y merecen nuestro respeto:

  • No tardar en empezar el trabajo más importante del día.
  • No murmurar y quejarse del mucho trabajo ni de lo corto que es el tiempo, sino aprovechar todo el tiempo que tenemos.
  • No gemir cuando nos traen correspondencia. Ni una queja.
  • No exagerar las responsabilidades que hemos aceptado al aparentar sufrir bajo ellas, sino tener una actitud de libertad y alegría.
  • No llamar la atención sobre nuestra enorme cantidad de trabajo, ni a las experiencias triviales.
  • No censurar a nadie antes de obtener de Dios un verdadero amor para con él. Estar seguro de conocer y tener en cuenta toda clase de concesiones a su favor. De no hacerlo así, tu censura, aunque bien intencionada, puede ser inefectiva, incomprendida y, posiblemente, llegue a provocar al otro a hacer algo que no debiese hacer.
  • Cuan necesario es para hacer la paz el estar callado cuando murmuran, no creer en todo sin discernimiento ni seguir murmurando.
  • No buscar alabanza, gratitud, respeto o atenciones especiales ni de los superiores, ni de los que nos igualen en edad, ni de los que han sido antiguos compañeros de trabajo.
  • No sentir intranquilidad cuando no se le pregunta a uno su opinión o consejo o si lo que dice es puesto a un lado.
  • Nunca dejar que lo comparen favorablemente con otro.
  • No aspirar a ser el centro de la conversación.
  • No buscar ningún favor, ni compasión; pero merecer la ternura sin pedirla.
  • Aceptar la responsabilidad y la censura y no tratar de excusarse a uno mismo compartiéndola y pasándosela a otro.
  • Cuando el crédito por algo que uno ha realizado o planeado se atribuye a otro, no molestarse sino dar gracias.

Apuntes Pastorales. Marzo – Mayo / 1986. Vol. III, N° 5 y 6. Edición especial

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