El mensaje de unidad de la última noche

En la última noche que el Señor pasó con sus discípulos antes de ser entregado, El se ocupó de recordarles y enumerar las cosas que compartirían entre ellos, así como con todos sus futuros seguidores. Esas cosas no siguen uniendo hoy, dos mil años después.
El mensaje de unidad de la última noche

Siempre me inunda un profundo y sentido gozo cuando veo la tapa de la última versión de La marcha del cristianismo, de Juan C. Varetto. Ese pez esquemático, dibujado por un dedo sobre la arena, está cargado de intensa historia cristiana. Cuando los cristianos eran perseguidos y arrojados a la arena -en los circos romanos-, se identificaban y alentaban como hermanos en Cristo dibujando ese pez en el piso.

No hacían falta más palabras. Es que la palabra ijzus en griego, significa pez) estaba formada por las iniciales de: Jesús el Cristo, Hijo de Dios, Salvador. Ese apurado dibujo contenía lo que los unía. Entonces, experimentaban el gozo de la comunión aunque a tres metros estuviera un león que los devoraría en instantes.

Dos mil años después, y en un mundo tan distinto -aunque no menos hostil-, los cristianos seguimos alegrándonos y gozándonos en esa comunión espontánea que sobreviene cuando descubrimos a otro cristiano en medio de miles de inconversos.

Sin embargo, cuando trasponemos las puertas de nuestras iglesias y el mundo queda afuera, la intensidad de esa unión decrece dando paso, muchas veces, a la envidia, el celo, el desinterés y el menosprecio. Es allí cuando debemos recordar, más que nunca, que hay cosas esenciales, eternas, creadas por Dios, que nos unen indivisiblemente más allá de nuestra doctrina escatológica, de las formas del bautismo y de las otras practicas espirituales que tengamos. ¡Cuán cerca estamos los cristianos los unos de los otros! ¡Cuán cerca nos juntó el Señor!

LA NOCHE MEMORABLE
Reunido con sus discípulos en la noche de la Ultima Cena (la primer Santa Cena), el Señor desgranó algunos temas cruciales para el futuro de su Iglesia, entre los cuales se aprecian varias cosas que los creyentes tienen en común (capítulos 13 al 17 de San Juan). Muchas de ellas parecen superponerse y a veces parecería ser que unas son consecuencias de las otras, pero creo que nuestro Señor mencionó estos elementos con claro propósito, a fin de demostrar la cantidad de cosas compartimos quienes estamos en el Camino.

Jesús dijo que compartíamos, entre otras cosas: UNA UNION – El Señor oró por esa unión. El la planificó y trabajó denodadamente para lograrla. Comprometió su vida y su historia en ello. La unión cristiana, la unidad de la Iglesia, no es una consecuencia que nos sobreviene por el compartir un Señor, una fe, etcétera, etcétera. No es una consecuencia sino un propósito explícito de Dios. El formó nuestra unión (17.11). Por otra parte. Jesús no limitó esa unión sólo a los cristianos entre sí. El profundizó el concepto, hablando de la unidad de la Trinidad y nuestra unidad con ella (17.23). UN AMOR- "Para que ese amor con que me has amado, esté en ellos..." (17.26). En el capítulo trece nos deja un mandamiento nuevo. Es el mandamiento de "amar al prójimo", del Antiguo Testamento, pero con una nueva medida: "como yo los he amado". Antes la medida era nuestro amor propio. Ahora la medida seria el amor divino. "Mi amor los ha unido", dice el Señor, pero también dice: "quiero que estén unidos por ese mismo amor con que yo los he amado". Mas allá de la unión que El logró entre quienes lo seguimos, debe florecer este amor, el cual debemos compartir entre nosotros y con El / Ellos, la Trinidad. El antiguo mandamiento de las tablas de Moisés ya era difícil -por no decir inalcanzable-. ¿Qué de este nuevo? ¿Cómo hacer para ya no sólo dar la preferencia al hermano ("como a ti mismo") sino dar la vida por él, entregamos por su bienestar, despojamos de lo más preciado y estar dispuestos a enlodarnos por completo a fin de que nuestro hermano crezca y reciba bendiciones? Desde principio de siglo el comunismo nos viene diciendo que hay que amar al prójimo dándole lo que tiene el otro prójimo más rico. Jesús dice: "con el amor que yo los he amado". Un amor que da de sí, de lo suyo propio. ¡Eso es revolución! UNA LEALTAD- "Si así no fuera, yo os lo hubiera dicho". "¿Pensaron que les ocultaría algo tan importante?". En sólo una frase, Jesucristo les afirma que existe una lealtad en El para con nosotros respecto de la verdad. Cualquier información en contrario. El lo hubiera hecho notar. Cuando comprendemos esta lealtad del Señor y pensamos en que todos los cristianos somos miembros los unos de los otros, todas las cosas que nos diferencian entre los distintos grupos y denominaciones bajan algunos puntos en su importancia. No quiero decir que esas diferencias carezcan de toda importancia, sino que ante este concepto decrecen un poco. La lealtad del Señor para con todos los suyos y la lealtad que nos debemos entre todos nosotros trasciende las membresías. Se extiende hasta llegar a todos los corazones que tienen, aunque más no sea un rinconcito, marcado con aquella preciosa sangre del Cordero, tal como los dinteles israelíes en Egipto. Eso también nos une. UNA POSICIÓN. Estamos "en Dios" (14.11; 1723). Estamos "escondidos con Cristo en Dios”(Col. 3.3). Cuando todo esto se halla circunscrito a una concepción sencilla e introductoria de la salvación, el estar "en Dios" no llega a tener gran trascendencia. Distinto es cuando se comienzan a entender las complejidades (lo que realmente se pueda saber) de la vida espiritual, de las batallas entre las huestes del enemigo y las del Señor, las profundas consecuencias del pecado en el ser humano y toda la complejidad del mal. Allí el estar en Dios cobra una dimensión inmensa, para exclamar gozosos-y aliviados-que ni la muerte ni la vida, ni lo bajo ni lo alto... podrá separamos del amor que es en Cristo Jesús. Estamos escondidos en la mano de Dios y sólo si se halla a alguien con más fuerza que El, capaz de abrirle los dedos, nadie podrá quitamos esa posición. Y todos los que hemos creído en Jesucristo como Señor y Salvador compartimos esa posición; estamos en la misma -mano. La eternidad que compartiremos juntos ya comenzó; la vida eterna ya está aplicada. Desconocerlo no es propio de un pensamiento profundo y sabio sino de quien pretende ignorar la realidad eterna. UNA COMUNIÓN- "Y vendremos a él y haremos morada con él" (14.23). Todo cristiano es habitación de la Deidad. Estamos unidos por tener y ejercer la calidad de Templos de la Deidad. "Sí, pero eso es para quienes guardan la Palabra de Dios", dirán los puntillosos. Es cierto, pero... ¿con qué medida es contada la obediencia? ¿Puedo decir que las faltas de mi hermano son más graves que las mías ante los ojos de Dios, como para variar la calidad del templo? El mismo Dios habita a unos cristianos y a otros. El mismo Trino Dios hace morada en pentecostales y conservadores, en dispensacionalistas y en pactistas. El pan que partimos en cualquier iglesia es símbolo del mismo Cuerpo, la copa que bebemos es símbolo de la misma Sangre, el bautismo que practicamos, sea para adelante o para atrás, una o tres veces, con mucha o con poca agua, es símbolo de la misma Muerte, de la misma Resurrección, del mismo Lavamiento y de la misma Santificación. ¿Podremos oponemos a eso? Tenemos una comunión espiritual que trasciende nuestras mentes. "El mundo está pereciendo por no conocerlo y la Iglesia languidece porque no goza de su presencia", dice A.W.Tozer, en su libro ¿a búsqueda de Dios. Dios mora en nosotros y eso también nos une. El asunto es cómo nos une. ¿En pobreza espiritual o en presencia plena? UN GOZO- "Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea cumplido" (15.11). La esperanza de vida eterna en los Cielos, la salvación de la condenación, la presencia del Espíritu Santo en nosotros, el haber sido dignificados con la vida misma de Dios y todas las otras cosas que tenemos en El han traído gozo a nuestras vidas. Jesús declaró todas esas cosas "para que mi gozo esté en ustedes". Lo que alegra a mi hermano de la iglesia del otro barrio es lo mismo que me alegra a mí. Es el mismo gozo. Estamos tan acostumbrados a disfrutar, en mayor o en menor medida, el gozo del Señor que, por su familiaridad, no nos detenemos en su singularidad. ¿Qué otro gozo a disposición de los hombres ofrece esa paz, esa tranquilidad, esa aceptación de lo Alto y esa profundidad? ¿Quién puede, acaso, despojamos de ese gozo? ¿Quiénes otros, sino sólo los cristianos, pueden palpar la profunda y eterna experiencia del gozo que tenemos en Dios? UN CONOCIMIENTO DE LA DEIDAD - "Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido y estos han conocido..."(17.25;15.13-16: Dios se ha manifestado a los hombres desde siempre (He. 1.1). la Biblia es todo un testimonio de eso. Pero el mundo no lo ha conocido. La infinidad de sectas y religiones que pululan en el mundo demuestran cuantos conceptos equivocados hay sobre Dios. Dios es uno y la manifestación de su carácter ha sido siempre una: creador, soberano, santo, sabio, justo, misericordioso, perdonador, etcétera. “Pero los hombres no lo glorificaron como a Dios... y cambiaron la gloria de Dios en forma de...” (Ro. 1.21-23). Nosotros, los cristianos, conocemos al mismo Dios; todos. Tenemos nuestras diferencias de énfasis y de interpretación en el cómo Dios trabaja con nosotros, pero en el conocimiento esencial y básico de Dios, los cristianos compartimos la misma idea. UN MISMO ODIO – Así es, los cristianos compartimos el mismo odio externo. Jesús fue menospreciado y perseguido. Lo mismo sufrieron apóstoles. El mismo odio ha perseguido miles y miles de cristianos a través de esto veinte siglos y ese odio seguida manifestándose en contra de los hijos de Dios. Muchas veces me ha apenado el ver sectores de la Iglesia que intentan congraciarse con el mundo para no ser perseguidos, y al hacerlo acusan a sus hermanos de fanáticos, desubicados y exagerados, en una actitud de: "persíganlos a ellos, que son los fanáticos. Nosotros no tenemos nada que ver, somos gente buena", desconociendo totalmente ante el enemigo que compartiremos muchas más cosas -y más importantes- con los "fanáticos" que con los perseguidores. No debemos apañar el error del hermano, pero antes de intentar un entendimiento con el mundano debemos “soportar las flaquezas de los débiles, y no agradarnos a nosotros mismos" (Ro. 15.1). Si algo haremos, será el buscar su edificación y todo lo que lo ayude a ser mejor cristianos, pero no abandonarlo y menos aun asociarnos al enemigo en su contra. "No debáis a nadie nada... al que honra, honra..." (Ro. 13.7,8). UN MENSAJE- "El dará testimonio acerca de mí. Y vosotros daréis testimonio también..." (15.26,27). El mismo mensaje de salvación, el mismo Evangelio, el mismo Kerygma es compartido por los verdaderos cristianos. Este punto nos une, aunque a la vez también nos separa de muchos que se llaman a sí mismos cristianos. Pero aquellos que hemos creído en Jesucristo como Señor y Salvador, que por la fe esperamos la purificación total y la vida eterna, compartimos ese testimonio que el Espíritu Santo ha dado y que la Iglesia verdadera ha repetido con el correr de los siglos. UNA VIDA FRUCTÍFERA, "...el que permanece en mí, y yo en él, "este lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer" (15.5). Los frutos espirituales sólo devienen de donde hay vida espiritual. Los frutos espirituales de un cristiano, en su esencia, son iguales a los de cualquier otro cristiano. El alma que ira al Cielo por mi trabajo, irá en la misma calidad y al mismo Cielo que el alma conseguida mediante el ministerio de un cristiano de otra denominación. Más aun, los frutos espirituales de mi ministerio muchas veces han sido coronados por el ministerio de otro grupo, usándolo Dios para lograr bendiciones en un tercero que, como fruto del trabajo espiritual, pasará a vida eterna. Es la misma vid, aunque nosotros, como pámpanos, tengamos diferente largo o diferentes curvas; más o menos hojas o racimos. Compartimos la misma vida fructífera. UN MISMO RESPALDO- "Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz... confiad, yo he vencido al mundo" (16.33; 17.5,22,23). Detrás de todos nosotros, está Dios. Y "si Dios es con nosotros, ¿quién será en contra?". Los cristianos son los únicos que pueden gozar de esa paz que viene de Dios. La tranquilidad resultante de poder descansar en Dios y el poder remitir todas nuestras cargas a El no tiene par en el Universo. Y nosotros, todos los hijos de Dios, tenemos esa paz en común. Por eso nos podemos animar los unos a los otros, aun siendo de iglesias diferentes, porque la paz es la misma. UN FUTURO- Vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis" (14.1-3; 17.24). Todos los hijos de Dios compartiremos la misma eternidad. Los que hoy son reacios a encontrarse y aceptarse como hermanos en la fe, allá vivirán junto para siempre. Porque también compartimos un mismo futuro. UNA SANTIFICACION – “Santificados en tu verdad" (17.17). Tenemos un mismo status. Santificación significa separación. Todos los cristianos hemos sido separados del mundo. Pero esta separación no es geográfica, tal como lo fue la respuesta monástica. Es separamos del reino de este mundo, porque pertenecemos al Reino de Dios. Dios no tiene muchos reinos. El tiene uno solo, del cual formamos parte tú y yo, mi esposa y la tuya, los hermanos de tu iglesia y los hermanos de la mía. Ni aun tiene reino de los judíos y otro de los gentiles. El tiene un solo reino, y por ello nos santifica, nos separa del status de este mundo para santificarnos a todos a la misma imagen, a la imagen de Jesucristo. Nos santifica en su verdad “para que seamos como El es” (1Jn. 3.2). Ese proceso lo compartimos entre todos. Es el mismo proceso de santificación, aunque Dios use diferentes elementos y nos haga caminar por diferentes historias. NADA PARA HACER Estas cosas ya están logradas. Estos elementos que nos unen ya lo hacen. Desde el primer momento en que formamos parte de la Esposa del Cordero estamos compartiendo las preciosas “perlas de unidad” con las que el Rey nos ha entretejido, desde ahora y para siempre, con el resto de los cristianos que se hallan en el resto del mundo y los de la historia del cristianismo. No es necesario “sentir algo” para que ese ‘algo’ forme parte de la realidad –el sistema de sentimientos que Dios ha creado en nosotros sólo sirve para percibir, para darnos cuenta. La unidad ya está hecha, así como nuestra salvación. Por está, también debemos cuidarla, cultivarla. HACIA LA MADUREZ: LA CREATIVIDAD La pregunta es, entonces, cómo ejercer esa unidad y hasta qué punto, ya que nos encontramos con formas y estilos tan dispares entre nosotros. Y no sólo estilos, sino también mucha doctrina. ¿Debemos pensar en evangelizar, misionar y hacer acción social juntos? ¿Debemos compartir la formación de nuestros líderes y enseñarles las mismas cosas? ¿Cuál será, entonces, la expresión de nuestra unidad? ¿O solamente debemos limitarnos a saludamos cordialmente, expresamos la mutua bendición y seguir nuestros propios caminos? El camino más fácil es limitamos al saludo y punto. Pero Dios no nos hizo hermanos para sólo saludarnos en su Nombre. Tampoco nos hizo hermanos para comenzar a ejercer esa hermandad a partir del Cielo. Nos hizo hermanos para pertenecer a la misma familia, y aunque -como en toda familia- cada hijo forme luego la suya propia, la madurez se plasma cuando se ejercita y cultiva cierta relación entre los grupos familiares. ¿Cómo? Ese es el desafío. Posiblemente lo más aconsejable no sea tener juntos nuestros bautismos, ya que uno necesita mucha agua y al otro con un tazón le alcanza, pero debemos buscar formas para amamos prácticamente y no sólo de palabra. No tengo las respuestas para cada caso sino que juntos debemos buscarlas. Por lo pronto, deberemos comenzar a orar los unos por los otros, por nuestros ministerios, por nuestros hogares, por nuestros líderes e iglesias. El orar los unos por los otros nos acercará mucho más de lo imaginable. Por otro lado, debemos aprender a honrar el ministerio ajeno. No estorbándolo, no menospreciándolo. SOLICITOS Recordemos que la unidad está hecha, lograda. Nosotros somos llamados a ser solícitos en guardarla (Ef. 4.3). En la medida que la asumamos y la ejerzamos, Dios será obedecido, será honrado, su plan será acompañado por nosotros, nuestras vidas tendrán mayor bendición,... y el mundo creerá que Jesús vino del Padre (Jn. 17.21). Palabra de Dios.
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