Pulir el don

Un mensaje recibido del cielo para proclamar, un don de parte del Señor que intencionalmente se trabaja y se pule, y la utilización al máximo de la creatividad para expresarlo, dará como resultado el objetivo más importante que tenemos como comunicadores de la palabra de Dios: vidas transformadas por el poder del Altísimo, dispuestas para transformar también a otros.
Pulir el don

Los dones son de Dios
Enseñar, predicar, motivar o dirigirse a otros y captar la atención de la audiencia para transmitirle un poderoso mensaje definitivamente es un don del Señor. Don que puede ser perfeccionado o simplemente descuidado, maximizado o desaprovechado.
Muchas personas erróneamente identifican el llamamiento al ministerio con la función de predicador o maestro, como si fuera la única forma de servir al Señor. Claramente algunos tiene el don de la enseñanza y otras personas poseen otros dones. De acuerdo a la palabra de Dios, el Espíritu Santo reparte como él quiere. No todos son maestros, ni todos son predicadores. Esta verdad debe de aliviar a muchos que han intentado escoger sus dones. El don de la enseñanza es, precisamente, uno de los más codiciados.
Tristemente el don de la enseñanza ha representado, para algunos, la posibilidad de alcanzar la fama y el prestigio, la oportunidad de estar detrás del púlpito. Quizás ese mismo afán es el que les ha robado del reconocimiento que anhelan tener. ¡Qué frustrado se debe sentir aquel que se esfuerza por desarrollar un don que no le fue asignado! ¡Qué atropello es escuchar a un hombre sin el don de la enseñanza, tanto para la iglesia como para los que sí fueron llamados a la enseñanza! El pastor, entonces, está desafiado a abrir el espacio y crear las oportunidades para que estas personas llamadas por Dios puedan desarrollarse hacia su máximo potencial. El reino de Dios se extenderá de una manera óptima si cada cual está en el lugar al que fue llamado.La predicación es un don que necesita ser trabajado por parte del comunicador. Es una responsabilidad lograr que produzca, según su capacidad, al treinta al sesenta o al ciento por uno. Los dones deben pulirse
A pesar de que la enseñanza y la predicación son dones recibidos de Dios, es todo un arte de parte del comunicador lograr mezclar elementos clave para convertirla en algo fascinante y útil, que genere el deseo, en quienes escuchan, de recibir y aplicar las verdades presentadas. Seamos honestos. ¡El don de la predicación como cualquier otro don, necesita ser pulido y trabajado! ¿Ha visto cómo algunos de los oyentes de ciertos predicadores se duermen? ¿Sabe de alguien con gran conocimiento que, a la hora de exponer, fue incapaz de transmitir lo que sabía? ¿Ha escuchado a algún erudito de la Palabra que no supo simplificar su enseñanza para que el contendido fuera entendido por todos? ¿Ha escuchado predicaciones demasiado complejas para entender? Usted, al final, comenta: «¡Excelente mensaje¡ No entendí mucho, pero qué bien sonó todo eso que habló». ¿Quizás, esta ha sido nuestra propia experiencia a la hora de enseñar?
Los médicos, como entienden que no todos estudiamos medicina, son capaces de traducir su conocimiento y su terminología a conceptos prácticos, y el paciente los capta con facilidad. De eso se trata la buena y fresca predicación. No me refiero a lo complejo del estudio exegético, o a la capacidad de comparar diferentes versiones de la Biblia. Estas habilidades son importantes para una buena enseñanza. Me refiero, más bien, a la capacidad de utilizar una diversidad de recursos para presentar las verdades bíblicas al auditorio. ¡Este sí es un verdadero desafío!
Nuestro Dios es creador. El verbo «crear» comunica un concepto muy relevante para nosotros con respecto a este tema. Indica que Dios, por su condición de Creador, siempre elabora algo nuevo e imprevisible. Y este Dios creador ha formado nuestros corazones con ese talento de crear, de formar cosas nuevas cada vez. Quien utiliza toda una gama de recursos, echando mano de la sana creatividad, logra refrescar su predicación, y la vuelve viva, nueva, diferente, colorida y atractiva. Muchas son las historias y anécdotas sobre consiervos que, mediante lo nuevo e imprevisible, aportaron significativamente a la extensión del reino de los cielos. Moisés cruzó el mar Rojo, el joven David mató a Goliat con una piedra, José, un ex convicto, libró del hambre al gran reino de Egipto, Pablo utilizó la estatua al dios no conocido para presentar al Dios verdadero, y muchas historias más. La predicación es un don que necesita ser trabajado por parte del comunicador. Es una responsabilidad lograr que produzca, según su capacidad, al treinta al sesenta o al ciento por uno.
Existen varios caminos para pulir el don
Escuché decir a una mujer, escritora de canciones, que cada vez que ella se sentaba a componer, antes de tomar su bolígrafo, oraba, adoraba a Dios y encendía espiritualmente su «máquina de fax». Ella decía que cuando el Señor envía sus «faxes» de composiciones divinas, los reciben solamente las máquinas de faxes que permanecen encendidas.
Esto es una buena ilustración para los que recibimos el don de compartir la Palabra. En primer lugar, el que recibió el don de la enseñanza debe aprender a cultivar su relación con Dios, para escuchar, en lo secreto, lo que el Padre quiere que se diga en público; es decir, mantener encendido ese «fax espiritual» en todo momento. El mismo Jesús afirmó: «nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre, así hablo. Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada» (Jn 8.28-29).Esta es la base de una buena predicación: el mensaje debe venir del cielo, de parte del Padre. No todo mensaje que habla de Dios es evangelio y transforma, pero todo mensaje que viene de Dios transforma y es evangelio.
Otra manera de pulir el don, una vez que se ha estado en la presencia de Dios para discernir el mensaje que él quiere que desarrollemos, es utilizar creatividad para su presentación. No me refiero aquí a cambiar el mensaje del evangelio. ¡De ninguna manera! Pero la forma de presentarlo es clave y fundamental para ser eficientes a la hora de comunicar el mensaje. Hablo de predicar la Palabra viva y eficaz, la que cambia vidas, pero usando creatividad con los recursos que contamos.
Jesús, el mejor maestro que ha existido sobre la tierra, fue creativo y aprovechó un sinnúmero de recursos para que su predicación fuera sencillamente transformadora. Tomó, por ejemplo, a un niño, lo colocó en medio de sus discípulos y los retó a ser como aquel niño. Señaló las aves del cielo, y les mostró los lirios del campo para darles la más hermosa enseñanza sobre la protección y el cuidado del Padre para con sus hijos. Utilizó ejemplos de sus experiencias cotidianas para que cada vez que la gente repitiera una de ellas recordara las enseñanzas del maestro. Echó mano de elementos muy comunes para ellos, como el trigo y la cizaña, el sembrador y la semilla, o el pescador y sus redes.
El don de la predicación en la era de la informática
Vivimos en la era de la informática. Hoy, más que nunca, tenemos a disposición infinidad de recursos para presentar las enseñanzas de una manera muy eficaz. Irónicamente, muchas personas no aprovechan estos recursos por estar aferrados a sus tradicionales métodos, por no considerarlos relevantes o sencillamente para evitarse un trabajo adicional. Estoy seguro, sin embargo, de que si el Hijo de Dios hubiera venido al mundo en este tiempo, igualmente hubiera explotado los recursos actuales disponibles para enseñar.
Hoy la Internet nos ofrece cientos de sitios con materiales para predicadores, como bosquejos de sermones, historias de misiones, historias que ilustran el evangelio, videos cristianos y otros recursos. Es posible acceder a las predicaciones de los héroes de la fe, así como a las predicaciones de los líderes de nuestros tiempos. Tenemos acceso a programas de radio, fotografías, humor, y la facilidad de elaborar nuestras propias presentaciones con el programa PowerPoint. Esta herramienta facilita la presentación de la información de manera eficaz y ágil.
En mis enseñanzas yo procuro utilizar los elementos relevantes del tema y el impacto es profundo en la mente y el corazón de la audiencia. Si hablo del hijo pródigo, por ejemplo, y muestro una imagen de un padre abrazando a su hijo, posiblemente se producirá en la mente de las personas algunas preguntas como «¿fui abrazado así por mi padre terrenal? ¿Abrazo así a mis hijos? ¿Necesito el abrazo del Padre en este momento?» La imagen servirá para la reflexión e ilustrará mejor que mis palabras el mensaje que busco comunicar.
Un don pulido puede dar un precioso fruto
Permítame compartirle mi testimonio para ilustrar este punto. Antes de que el Señor me encontrara, yo era un típico hombre mundano, sin vida, triste, solo, sin Dios, con una familia desintegrada. Mi conocimiento acerca del evangelio se lo debía a un pastor que se sobrepasó con una buena amiga cuando ella y yo éramos niños. Crecí con rencor en mi corazón y con la certeza de que todos los líderes de iglesia eran personas mal intencionadas. Por esto, ante toda predicación tradicional, mis oídos automáticamente se cerraban. No estaba dispuesto a escucharla, pues me recordaba a este pastor malvado.
No obstante, Dios en su misericordia tiene su propios planes y usa formas misteriosas para conducirnos hacia su persona. Hace muchos años, cuando paseaba por las fiestas de fin de año en mi país, Costa Rica, embriagado, triste y solitario, se cruzaron en mi camino tres personas que compartían el evangelio: un joven y dos señoras mayores. Con canciones, caras pintadas de blanco, y hermosas sonrisas en sus rostros declaraban las maravillas de Dios. La combinación de teatro, música y sencillez, junto a la asombrosa sinceridad de un predicador de dieciocho años me llevó a los pies del Señor.
Rafael, con su corta edad, daba la mayor demostración del precioso fruto que se puede obtener cuando somos capaces de aprovecharnos de todas las oportunidades para desarrollar nuestro don. Su discurso ha sido el más simple que he escuchado en mi vida, pero argumentó con tal pasión y convicción que el Dios que predicaba era el único que daba esperanza, que mi corazón fue tocado por el Señor. En medio de sus palabras, con su rostro pintado de blanco, hablaba y lloraba. Le bastaron diez minutos para comunicar la grandeza de ese Padre amoroso. Ese fue mi día, y el día de sesenta personas más que asombrados, mirábamos cómo Dios, en medio de fiestas mundanas, nos visitaba para transformar nuestras vidas, literalmente, en medio de la calle.Ese es el día que no olvido jamás, el día que alguien intencionalmente predicó las Buenas Nuevas de una manera distinta. Para mí, esa predicación marcó mi vida para siempre. No hablo que de ahora en adelante todos deban pintar sus rostros para ir a predicar a las fiestas de sus países. Pero sí creo que cuando somos capaces de pulir nuestro don el poder de Dios logra cambios maravillosos en la vida de quienes escuchan el mensaje. Al final, un borracho llegó a ser un predicador. Una viuda se convirtió en madre de multitudes de hijos espirituales. Un fracasado se transformó en un pescador de hombres y mujeres. Un desahuciado cobró esperanza por aquel predicador que, con su don pulido, enseñó el mensaje del cielo.
Conclusión
Un mensaje recibido del cielo para proclamar, un don de parte del Señor que intencionalmente se trabaja y se pule, y la utilización al máximo de la creatividad para expresarlo, dará como resultado el objetivo más importante que tenemos como comunicadores de la palabra de Dios: vidas transformadas por el poder del Altísimo, dispuestas para transformar también a otros.

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