¿Vino nuevo en odres viejos?

Necesitamos un equilibrio sano entre la aperura al cambio y la conservación de las tradiciones inamovibles. La institución que no da apertura al cambio para dar lugar a la renovación, manteniendo su esencia, muere.
¿Vino nuevo en odres viejos?

El sentimiento de conocer y aprender del pasado ya no es tan claro hoy, cada vez es mayor la cantidad de personas que lo desestiman y viven anclados en el presente. Esta tendencia al presentismo convive con el resurgimiento de feroces tradicionalismos.
A la vez estamos viviendo una colosal crisis de identidad. Algunos la llaman crisis de la modernidad, otros crisis de la civilización occidental, otros, crisis de valores, otros postmodernidad, otros globalización. Como se le llame, existe una conciencia generalizada de que los fundamentos mismos de la tradición occidental y cristiana están siendo removidos y que algo esencial de aquello que dejó definida nuestra identidad, ha empezado a morir irremisiblemente. Y esta crisis alcanza a todo el mundo y a todas las esferas de la vida aunque toma diferentes matices de acuerdo a cada contexto.
En América Latina, vivimos una especie de contrariedad. Para algunas personas es inacep-table y fuera de lugar el preocuparnos por la postmodernidad cuando en realidad no hemos alcanzado todavía la modernidad.
Como parte sustancial de todo este proceso de crisis o de transición en lo económico y lo social, también se ha producido un cambio dramático en el panorama religioso en el cual vivimos y hacemos misión. Esto nos afecta no sólo porque incluye nuevos desafíos para nuestra acción misionera sino porque ha ido modificando paulatinamente nuestro rostro como evangélicos en nuestras tierras latinoamericanas. El reino del pluralismo religioso se ha acercado y ya habita entre nosotros. Y juntamente con este pluralismo, tenemos también el desafío que proviene de la renovación católica, de las comunidades ca-rismáticas, de las agrupaciones con trasfondo oriental y de los nuevos escepticismos que son resultantes del desinterés y del individualismo que sufren amplios sectores de nuestras sociedades latinoamericanas.
Por pluralismo religioso entendemos esta tendencia actual a aceptar toda opción religiosa como válida siempre que lo sea para la comunidad o persona que la asume como suya.
La renovación católica nos está cuestionando desde hace mucho tiempo. Ya no podemos definirnos como evangélicos por distinguirnos en ser hermanos que enarbolamos la Biblia, porque hoy los católicos tienen en alta estima la Biblia y aun más alto muchas veces que los evangélicos. Y no solamente esto es válido en relación con la Biblia sino con otros aspectos de la vida cristiana como la evangelización entusiasta, la vida congregacional, la oración y el liderazgo laico.
Los cultos con trasfondo oriental también nos desafían, especialmente por su propuesta de cuidado del cuerpo en lo cual son aun más radicales, con el añadido —que nos pone en desventaja de alcance— que estos cultos orientales no tienen exigencias dogmáticas ni éticas, de modo que resultan mucho más atractivos, sobre todo para la juventud.
Y tenemos también el desafío de los nuevos escepticismos. Cantidad de gente de esta generación no tiene ningún trasfondo religioso, el cual era antes un medio para retar a la gente hacia conversión.
También se está manifestando una tremenda fuerza de las comunidades carismáticas las cuales están haciendo cambiar la iglesia evangélica, en liturgia, predicaciones, prácticas, se están incorporando una nueva teología, una nueva manera de entender y vivir la espiritualidad, un nuevo concepto de santidad y una nueva ética.
Todo esto es señal de que estamos viviendo como iglesia evangélica una crisis de identidad.
Y ¿cómo estamos viviendo esta crisis? Pues hasta aquí hemos reaccionado siguiendo los dos extremos: de un rechazo casi visceral hasta una aceptación ingenua. Y hay división en el interior de las denominaciones y aún en el interior de las congre-gaciones locales; los liderazgos se están enfrentando entre sí. Y mientras esto ocurre a nivel del liderazgo, a nivel de las comunidades se vive algo muy diferente: experiencias caris-máticas, conflictos éticos, evangelización que responde a nuevas pautas muy alejadas de lo tradicional en la congregación.
Quedan unos pocos reductos de la iglesia evangélica tradicional que no han sido modificados (y coincidentemente son las iglesias que se están despoblando especialmente de juventud) porque la mayoría han terminado por ceder a la influencia. Pero nos preguntamos, ¿de qué forma se están dando estos cambios? ¿qué estamos ganando y qué estamos perdiendo? ¿de qué cambios estamos hablando en reali-dad? ¿hasta cuando podremos seguir sin tratar este asunto en forma clara y directa?, ¿qué va a suceder si es que estos cambios que ya se han dado en la experiencia cotidiana no encuentran un espacio institucional que los cobije? Si revisamos la historia de la iglesia evangélica, veremos que cada vez que la institución formal no tomó en serio los desafíos de aquellos que comenzaron a tener experiencias diferentes a lo normal o aceptable dentro de la tradición, se le fue de las manos el conflicto y, en la mayoría de casos, desembocó en cisma.
Creemos que estamos viviendo un desafío de grandes proporciones, y cabe que nos hagamos las preguntas y nos revisemos como iglesia evangélica, porque por las reacciones que hemos tenido hasta aquí pareciera que no hemos aprendido aún las lecciones dolorosas que nos deja la historia de la iglesia evangélica en el mundo entero y la de nuestro continente en particular.
Para tratar de entender lo que sucede en la iglesia hoy, vamos ha estudiar cómo lo realizó y reaccionó la iglesia en el libro de Hechos, ante una situación similar; especialmente la manera en que iglesia modificó su agenda misionera y su propio rostro.
Y así como para nuestros hermanos mayores del primer siglo, la forma cómo enfrentaron este desafío, dejó definido su futuro, así también para nosotros, hermanos tradicionales, tiene una gran transcendencia el responder al desafío que nos traen los que son diferentes, los que no tienen trasfondo protestante ni estilo protestante de entender y vivir la fe.
Quisiera explicar un poco el sentido que tendrá para nosotros esta metáfora del vino y de los odres. Para nuestro caso, el vino se refiere a la parte esencial, a lo profundo de la vida (personal y comunitaria) y el odre es el recipiente, aquello que contiene esa esencia, se refiere a lo externo, a la estructura, al sistema, a la institución, a aquello que se expresa, a aquello que es imagen y por lo tanto se ve. El vino es aquello que por estar en la intimidad, no se ve, lo que se ven son los odres.
El vino nuevo en odres viejos nos recuerda que, en el contexto en que originalmente Jesús usó esta metáfora, se suponía que el vino nuevo no puede ir en odre viejo porque lo reventará. La propuesta de Jesús es poner vino nuevo en odre nuevo. Entonces, la inquietud que nos anima es preguntarnos: en momentos cuando se precisan cam-bios, ¿qué es lo que debe cambiar? ¿el vino o el odre? ¿o ambos? Y nos quedan otras inquietudes: ¿y qué del vino añejo?, ¿no hay lugar para lo añejo que se resiste a morir y que como los buenos vinos añejos su riqueza aumenta conforme pasan los años?, ¿cuál es el espacio para este vino añejo?, ¿y cómo distinguir el vino añejo del vinagre, que es el vino rancio y que como tal deja de ser un verdadero vino? O será que debemos ponernos a tono con esta época y desechar lo antiguo y aceptar lo nuevo utilizando como lema (en base a una dudosa interpretación) lo de Hebreos lo que se da por viejo y se envejece, está próximo a desaparecer.
El problema que estamos viviendo en nuestras iglesias es que muchas veces hemos hecho cambios de odre pero no de vino. Otras veces hemos puesto vino nuevo en odres viejos y el odre ha reventado. Otras veces hemos quedado solo con el vino añejo mezclado con vinagre y con eso hemos convertido toda la mezcla en vinagre. Y nos sucede también que el vino nuevo no encuentra un odre en el cual fermentar en paz por lo cual ya asistimos a la explosión del algunos odres.
La transformación en la intimidad: El cambio de vino
El episodio que encontramos registrado en el capítulo 10 de los Hechos, es un relato sumamente conmovedor. Es la narración de una lucha que comienza por ser personal pero que tiene dimensiones que trascienden. Cuando Pedro vivió la experiencia de la visión y respondió a ella, se estaba jugando no sólo su espiritualidad personal e íntima, sino el futuro del cristianismo.
Para que se produjera la transformación que se dio cuando se institucionalizaron los cambios en el Concilio de Jerusalén, debió ocurrir previamente el evento privado de Pedro y Cornelio.
Lo que sucedió con Pedro fue un cambio de vino. Pedro fue sacudido desde sus cimientos. El fue transformado, fue reconvertido. Su alma fue estremecida. Por eso, podemos hablar no sólo de la conversión de Cornelio sino de la conversión de Pedro.
La envergadura de la crisis
¿En qué consistió esa crisis? Para entender la crisis de Pedro, hay que entender la fuerza de la tradición judía heredada por los primeros cristianos: su proselitismo muy vinculado a su exclusivismo que degeneró hasta convertirse en un sentido de favoritismo. Debido a este exclusivismo, ellos sentían que nadie podía ser un hijo de Abraham en su sentido más pleno a menos que hubiese nacido judío.
Por el proselitismo los anhelos básicos de todo judío eran atraer a los gentiles y ponerlos bajo la protección del pueblo de Dios, pero su lugar dentro de ese pueblo, era un lugar de segundo orden.
La actitud general de los cristianos de trasfondo judío, era guardar la Ley. Los judeocristianos no habían cuestionado la circuncisión, el ayuno, los sábados y las demás instituciones. Conservaban, por lo tanto, esa sacralización de esos ritos judíos y el rechazo básico hacia los gentiles con quienes podían tener cierto intercambio social pero guardándose de no exponerse a situaciones de contacto que los volviera cere-monialmente impuros, como por ejemplo entrar a sus casas.
Pedro tenía ese mismo trasfondo. Y aquí lo vemos otra vez con una experiencia triple. Tres veces había negado a Jesús, tres veces tuvo que contestar si lo amaba o no antes de que se le concediera el ministerio de pastorear a la iglesia, y ahora, tres veces tiene que escuchar la insistencia de Dios para revisar aquello que era núcleo fundamental de su tradición judía intocable hasta ese momento.
Su conciencia ancestral le decía que no podía comer (literalmente probar) animales puros e impuros ya que aun los puros tenían que ser previamente sometidos al rito de la purificación. La mezcla era lo escandaloso para su tradición judía.
También, igual que a Pedro, hoy día nos cuesta romper ciertas tradiciones, aquello que se ha convertido en algo intocable para nosotros. Eso nos sucede, por ejemplo, en nuestra condición de protestantes, nos resisteríamos ferozmente a cambiar aquello que nos distingue como tales. El problema está en que llega el momento en que no podemos distinguir entre la esencia y el añadido, entre la verdad y la distorsión, y defendemos con la misma fuerza ambas.
La Palabra de Dios enuna situación de crisis
La historia nos da cuenta de cómo Pedro interpreta la experiencia de la visión a través de la cual Dios le ha-bla. Es una interpretación progresiva. Su comprensión de la visión sigue un proceso que va desde un primer momento en que no entiende nada, hasta cuando va adquiriendo niveles más profundos de comprensión conforme se van añadiendo las experiencias.
Cuando posteriormente refiere su experiencia a Cornelio, su comprensión ha llegado hasta el punto de poder afirmar que el mismo Dios le ha enseñado que a nadie llame impuro. En base a esta nueva comprensión él pudo aceptar la invitación a ir a casa de un gentil sin poner ninguna objeción. Para este entendimiento habían jugado un papel tanto Dios mismo, porque primero el Espíritu le había dicho que no dude y más propiamente que no haga distinciones (Hch10.20), co-mo el propio Pedro que finalmente no puso ninguna objeción (Hch10.29) porque había entendido el mensaje que Dios le había dado. Y les comunica a Cornelio y sus acompañantes que lo que le ha sucedido es la ruptura de aquello que es una costumbre antigua. Y concluye que Dios no tiene una actitud de parcialidad en función de raza, cultura o nacionalidad. ¡Ese es su gran descubrimiento! Y esta comprensión lo impulsa a actuar de modo diferente en una situación muy concreta. Llama la atención el tono de misericordia que usa para negarse a aceptar que Cornelio se postre ante él, no se escandaliza sino que con la serenidad de alguien que comprende el trasfondo mágico religioso de Cornelio, le aclara que es un hombre igual que él.
Tampoco posteriormente rechaza toda la experiencia de este centurión devoto sino que llega a reconocer como válido aquello que Dios mismo acepta como válido y agradable: una vida de justicia independientemente de la nación de la cual seamos o la raza que tengamos.
En este proceso de comprensión de la Palabra de Dios jugó un papel clave la manifestación de aquello que podemos llamar el pentecostés gentil. Cuando Pedro refiere, diez años después, esta experiencia, el argumento contundente que esgrime para probar que Dios no hace distinción de personas es precisamente que el Espíritu había sido derramado entre los gentiles de la misma forma que entre ellos. Este mismo argumento usó el propio Dios para convencer a los judeocristianos que lo acompañaron a la casa de Cornelio y que no habían sido sorprendidos sino hasta cuando vieron las mismas manifestaciones que en pentecostés, ahora entre los gentiles.
Aquí hay un proceso de interpretación y de actualización de la Palabra de Dios para un momento crucial. El entendimiento y la obediencia de la Palabra de Dios se produce con crisis: nos cuestiona, nos interpela, nos discierne, nos interpreta, nos deja perplejos, saca a flote nuestros tabúes y finalmente rompe esquemas y transforma el modo de pensar, de sentir y de actuar.
Como expresión de este cambio, Pedro fue capaz de asimilar otro golpe a la tradición. Lo normal era que luego se daba la conversión, luego el bautismo y entonces se recibía el don del Espíritu Santo. Pero en esta vez, Dios altera el orden de modo que en medio de la predicación evangelizadora cuyo núcleo central fue una sencilla narración de la vida, muerte y resurrección de Jesús, Cornelio y su familia reciben el bautismo del Espíritu Santo con las mismas evidencias externas que hasta aquí se habían tenido por lo que ni Pedro ni sus acompañantes judeocristianos pueden tener ninguna duda. A Pedro no le queda más salida que admitirlos formalmente a la comunidad cristiana a través del bautismo en agua.
La necesidad de que las experiencias personales se traduzcan en experiencias institucionales
¿Qué sucede cuando nos ocupamos en cambios a nivel institucional sin que se hayan dado cambios en las esencias de las personas (y especialmente de los líderes) de la comunidad? Y, ¿qué sucede cuando los cambios que ya se dan a nivel de experiencia no son asimilados por la institución eclesiástica? Lo que puede suceder es un estancamiento. Estos progresos se conquistan primero en el corazón del hombre y luego deben plasmarse en sus instituciones.
No hubiera podido realizarse el Concilio de Jerusalén sin la experiencia de Pedro con la visión. Y también tuvo que existir un Cornelio: un centurión, temeroso de Dios y gentil.
Lo de Cornelio fue para Pedro un anticipo de lo que vino después en Antioquía. Todavía debía ser probado el cambio de mente de Pedro, pero lamentablemente falló al verse presionado por los judaizantes. Tuvo que intervenir Pablo para exhortarlo por su hipocresía. Luego de esta confrontación, Pedro pudo retomar su experiencia con Cornelio y volver a leerla a la luz de sus experiencias y a la luz de la amonestación de Pablo.
La institucionalización de los cambios: El cambio de Odre
Si la primera condición para crecer es que el alma del hombre sea transformada, la segunda condición es la de seguir a siervos-líderes .
La iglesia primitiva también se enfrentó con este desafío: seguir a siervos-líderes. Un momento cumbre que expresa vívidamente este esfuerzo es el Concilio de Jerusalén (año 49) en el que se formaliza a nivel de acuerdo aquello que ya las comunidades de fe venían viviendo como resultado de la acción poderosa del Espíritu Santo a través de los misioneros de entonces. El conflicto surgió como resultado del celo evangelizador.
La historia que ocurre entre el evento de Pedro con Cornelio y este concilio es el recorrido intenso de la predicación a los gentiles, durante un lapso probable de diez años. Fue un periodo largo en el que se profundizó la grieta que dividía a los judaizantes y a los que proponían la ruptura radical con el judaísmo. Y contribuyeron a radicalizar esta crisis tanto motivos propiamente misionológicos y teológicos, como también la situación política y económica por la que atravezaba la comunidad de Jerusalén. La iglesia de Antioquía llegó a ser mucho más numérica e influyente que la de Jerusalén que sufría por problemas económicos que la hacían depender de la ayuda exterior, así como de inestabilidad política debido a la persecución de Agripa.
Los procedimientos para enfrentar una crisis
Este cambio a nivel del sistema en la incipiente organización de la iglesia primitiva, tuvo algunos rasgos que son muy inspiradores:
Este Concilio se desarrolló por iniciativa de las partes en conflicto y buscó una resolución de parte de los líderes autorizados de entonces. Nos habla de un espacio abierto para exponer los desacuerdos además de un respeto por la autoridad apostólica. El concilio en sí mismo dio lugar a una discusión amplia escuchándose las diferentes posiciones, se otorgó espacio para escuchar las experiencias, hubo lugar para la interpretación de las experiencias vividas y finalmente un líder que asume el riesgo de dirigir una salida.
Esta salida contiene medidas que incluyen dos elementos fundamen-tales: un primer elemento que significa una transformación radical siendo que fue la primera vez que se admitía en forma oficial que los gentiles no serían obligados a cumplir con la circuncisión. Y esto no fue sólo una decisión práctica sino que implicó la definición formal y oficial de un nuevo concepto de la salvación, del lugar tanto de judíos como de gentiles en el pueblo de Dios, así como del lugar de los judíos en la salvación del mundo. Un segundo elemento es el esfuerzo pastoral para garantizar una convivencia sana entre judíos y gentiles.
El elemento crítico en la decisión fue que esta descansó en fundamentos sólidos. Los argumentos que los convencieron, que esgrimió Pedro y que fueron ratificados por Jacobo fueron: que los gentiles también eran escogidos y no sólo los judíos, que dejarían de ponerle trabas porque eso era lo que finalmente estaban haciendo al poner un yugo que ni los propios judíos podían sobrellevar, y finalmente la convicción de que Dios mismo se había encargado de purificar a los gentiles con lo cual se reafirmaban en su sed de pureza pero replanteaban el modo de conseguirla y expresarla.
Los argumentos son fundamentales: son cuestiones de principios que sostienen los cambios y no simples medidas estratégicas e improvisadas para quitarse un problema de encima. Por el contrario, fue una apertura que les traería problemas y que implicaba muchos riesgos. La solidez de estos argumentos nos señalan lo insustanciales que pueden ser nuestras medidas que lo que buscan es sacarnos de un problema, o no perder a la juventud, o que no se nos vacíe el templo, o que otros no nos roben las ovejas.
Y no sólo argumentos teóricos, convincentes, sino argumentos que llevan a una honesta autocrítica. No es posible transformar nuestras instituciones a menos que estemos dis-puestos a ser evaluados y no sólo a ser evaluadores. Y esto nos lleva a pensar en la actitud que asumimos ante los nuevos desafíos expresados por el pluralismo religioso. Hemos condena-do su sentimentalismo, su superficialidad, su falta de trasfondo protestante, su concentración en la experiencia, su manipulación, su liderazgo autoritario . Nuestro vere-dicto es: es un evangelio fácil, pero aún nos falta evaluarnos a nosotros mismos para detectar nuestro exclusivismo y sentidos falsos de favoritismos. Aún no hemos reco-nocido que pedimos a los otros que lleven un yugo que nosotros no somos ni hemos sido capaces de llevar en todos nuestros años de existencia. Y finalmente no somos capaces de mirar cuan ritualistas nos hemos vuelto en nuestras formas de concebir la pureza.
Porque también es un ritual nuestro moralismo. Tenemos convencionalismos que con una dudosa interpretación bíblica mantienen a la mujer evan-gélica como ciudadanas de segunda categoría en nuestras congregaciones, que tendrían que ser los primeros espacios en no sólo proclamar sino vivir la verdadera libertad en Jesucristo. Nuestro sistema de disciplina es deficiente, y nos hace ser, como iglesia, el único ejército que mata a sus heridos en combate. También son deficientes algunos de nuestros sistemas de gobierno.
El acto más didáctico de nuestros hermanos en su concilio del año cuarentinueve, necesario de rescatar, es que ese acuerdo que tomaron implicó una profunda autocrítica, en extremo humillante, era reconocer públicamente que ni ellos eran capaces de hacer aquello que pretendían obligar a hacer a los diferentes.
Los costos y riesgos de cambiar
Los resultados del Concilio no fueron una solución mágica al problema. Continuaron las discrepancias. Los líderes asumieron diferentes actitudes. Pedro, recomendó a las iglesias que siguieran los acuerdos del Concilio. Pablo no fue exigente en cuestiones religiosas y éticamente neutrales aunque fue intransigente en ordenar a sus convertidos que evitaran la idolatría y la fornicación. Tampoco significó que los acuerdos fueran canalizados en forma perfecta e idealizada.
Por otro lado, también tenemos que reconocer que este tipo de acuerdos concedieron a los gentiles un poder que en el futuro no supieron administrar y que se fue distorsionando hasta llegar a convertirse, en algunos sectores, en odio al judaísmo.
El riesgo de admitir a los gentiles fue real. El peligro mayor fue el sincretismo tanto a nivel teológico: por ejemplo su comprensión de Cristo como Mesías o del Reino de Dios, también en cuanto a su práctica cúltica que tenía reminiscencias mágicas y mucho más en lo ético con un relajamiento moral propio de su vida sin parámetros éticos. Los temores de admitirlos no eran infundados y aún Pablo lo pudo comprobar en las comunidades gentiles a las que tuvo que pastorear en las que surgieron distorsiones del cristianismo debido en buena medida a su trasfondo gentil, como lo fue claramente el caso de los Corintios.
Y un costo que muy pocas veces percibimos cuando revisamos esta historia: el sacrificio de los judeocristianos. Los judeocristianos que se atrevieron a asumir con coraje esta posición de cuestionamiento a su tradición ganaron mucho en términos de misión a los gentiles, pero perdieron mucho en términos de su conexión con el mundo judío. Y esto los llevó a una situación dramática con el paso de los años: terminaron siendo rechazados tanto por la iglesia gentil como por el sector judío del cual provenían. Pedro había arriesgado su reputación y con eso se expuso a ser cuestionado por los sectores judíos y judaizantes. Pero a su vez, debido a su debilidad o temor de los excesos, también tuvo discrepancias con Pablo. La situación no fue nada fácil, la crisis continuó para ellos.
El distanciamiento paulatino con los judíos les quitó la cobertura judía que en esos tiempos del primer siglo fue fundamental. La persecusión de Herodes hacia los judeocristianos aumentó porque se distanciaron de los judíos con quienes el gobierno romano era tolerante. De este modo con la oficialización de este acuerdo en el concilio de Jerusalén, los judeocristianos estaban optando por un camino que les permitía ser fieles a su conciencia pero a su vez los ponía social y económicamente frágiles, sin protección legal para cumplir con sus deberes religiosos, sin ningún permiso para ser respetados en sus ritos religiosos, sin acceso a la protección de las autoridades o cortes de justicia, lo cual, a la larga, les ocasionó el martirio y finalmente la desaparición.
El líder que se necesita para momentos de crisis
Emergió un paradigma especial de líder: Jacobo, conocido también como Santiago, el menor, hermano del Señor. No era de los doce, sin embargo tenía una gran autoridad debido a su santidad, reconocida incluso por los judíos. Hombre celoso en el cumplimiento de la ley mosaica por lo que era clave para limar asperezas entre el movimiento ju-deocristiano y el resto de sus compatriotas.
Es sumamente importante descubrir el potencial de este tipo de líder representado por Jacobo. Es el elemento cohesionador por su capacidad para escuchar, para crear consenso, para dirigir, para tomar decisiones en medio de conflictos, para sopesar las evidencias. Un líder que se resistió a ser simplemente el reflejo de lo que los demás esperaban de él atreviéndose a tener sus propias posiciones y convirtiéndose en un canal para la expresión de un acuerdo grupal.
Otro rasgo importante es la credibilidad de la que Jacobo gozaba en ambos sectores en conflicto y que le permitía ser un puente. Y finalmente, su capacidad no sólo para proponer un acuerdo conciliador sino para dar pasos concretos con la prudencia necesaria pero asumiendo los riesgos para el acompañamiento pastoral a los afectados por el problema.
Lo que se transforma y lo que permanece
Hay vino nuevo: una nueva comprensión de la salvación, una nueva comprensión de lo que es ser pueblo de Dios, una nueva comprensión de sí mismos, una nueva comprensión de los fundamentos para ser considerados puros, una nueva forma de convivencia con los que tienen trasfondo diferente. Pero también hay vino añejo: la sed de pureza, el criterio de juzgar los acontecimientos bajo la autoridad de las manifestaciones de Dios que son vistas como el cumplimiento de Su Palabra, que permaneció a pesar de toda la apertura que significó institucionalizar los cambios.
Las lecciones de esta historia:
Vino nuevo y vino viejo en odres nuevos
1. La primera tiene que ver con el asunto de tradición versus renovación. Lo que nuestros her-manos mayores nos enseñan a partir de su propio peregrinaje es que necesitamos un equilibrio sano entre la apertura al cambio y la conservación de las tradiciones inamovibles.
2. El segundo asunto importante es la necesidad de la ruptura profunda de esquemas: primero a nivel íntimo y luego a nivel institucional. Los cambios tienen que tener cabida en instituciones renovadas: el vino nuevo y aún el vino viejo tienen que estar en odres nuevos que permitan responder a la situación cambiante que se vive. La institución que no da apertura al cambio para dar lugar a la renovación manteniendo su esencia, muere.
3. El concepto de igualdad: no es posible este tipo de apertura a menos que se tenga la convicción de que Dios no hace distinción de personas.
4. El otro tema que surge ineludible es el de la libertad: hasta qué punto nuestras decisiones nos permiten no poner trabas, o por el contrario, nuestras instituciones a través de su organización se han especializado en ponerlas.
5. El otro desafío es en cuanto al modelo de líder que necesitamos para la iglesia en estos momentos de crisis. Nos conviene redescubrir y formar a los Jacobos en estos momentos en que socialmente tenemos dos modelos polarizados de liderazgo: el autoritario y el líder informal.
6. El proceso de interpretación de la Palabra también es otro gran tema que se levanta. No podemos reducir el conflicto a : Palabra de Dios versus experiencia, sino que a la luz de esta experiencia alumbradora de los cristianos del siglo I, tendríamos que hablar más bien de cómo la Palabra de Dios alumbra la experiencia, de modo que tendríamos que estimularnos para aprender a vivir, interpretar y contar nuestras experie-ncias a la luz de la revelación.
7. Y ¿qué papel juega el Espíritu Santo en la crisis? ¿Hasta qué punto su presencia es garantía de que los nuevos o diferentes han sido acogidos, y por lo tanto, podemos verlos como hermanos conciudadanos del mismo pueblo de Dios? En la historia que hemos desentrañado, las manifestacio-nes del Espíritu Santo son señales que permiten distinguir e identificar a los que son verdaderos hermanos. En nuestro caso, las manifestaciones del Espíritu, más bien se constituyen en la manzana de la discordia y en criterio para determinar a los falsos a los que no son de los nuestros.
8. El cambio de vino precede al cambio de odre. Y esto es un desafío para nuestra cultura de la imagen. La invitación de la Palabra de Dios es a un cambio a nivel de nuestra esencia para luego poder formalizar este cambio íntimo a nivel externo e institucional. Esta es una contracultura en momentos en los que la apariencia cuenta más que la verdadera esencia.
Vino nuevo y vino viejo en odres nuevos es una ruta que nos puede permitir anclarnos firmes en aquello inamovible de nuestra fe, y a la vez abrirnos a los nuevos desafíos en un tiempo en que lo efímero y la moda son las notas características. Esta posición por supuesto implica riesgos. Ninguna renovación ha dejado de tenerlos ni aun la del siglo I.

La expositora: Angelit Guzmán es psicóloga y forma parte del equipo regional de IFES para América Latina. También es coordinadora del Equipo de Hermenéutica de IFES.
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