Prédicas forjadas en la angustia

¿Cuánto debe revelar en sus mensajes un predicador acerca de sus propias luchas y dudas? El autor, que pasó por una profunda crisis al perder a su hija de tres años, comparte principios que ayudan a la edificación de la congregación cuando se quiere expresar el dolor abiertamente desde el púlpito
Prédicas forjadas en la angustia

«Hace dos días falleció mi hija Laura». De esta forma comencé el sermón más difícil que he debido predicar. En ese mensaje, titulado: «Dios en el banquillo de los acusados» me ubiqué en el lugar de Job, quien, asaltado por una horrible tragedia personal, declaró: «¡Quién me diera el saber dónde hallar a Dios! Yo iría hasta su morada, expondría mi causa delante de él y llenaría mi boca de argumentos». (Job 23.3, 4)

Aquella mañana presenté un diálogo en el que yo hacía el papel de acusador y Dios de defensor. Por nueve meses yo había sido testigo impotente de la pérdida de las capacidades físicas y mentales en mi hija de tres años, por causa de un tumor maligno en su cerebro. Sabía que presentaba duros argumentos contra Dios.

Algunos amigos se preguntaron que tan sabia podría ser la decisión de predicar tan rápidamente luego de la muerte de mi hija. ¿Podría yo soportarlo?, ¿podría la congregación resistir semejante descarga emocional? No obstante, si yo no utilizaba mi vida personal como base para la predicación ¿debería yo esperar que otros me escucharan cuando yo hablaba acerca de las situaciones de angustia en la vida de ellos?

Hacia la exégesis de nuestra experiencia

Aquellos que cuestionan que seamos muy personales en la predicación nos obligan a hacer algunas preguntas importantes. ¿Tiene un predicador o una predicadora el derecho de acercarse al púlpito cuando está inmerso en su propio dolor o confusión? ¿No acaba esa transparencia por enfocar la mirada del pueblo más en el predicador que en el Señor? ¿Acaso las revelaciones personales en la predicación no convierten los mensajes en novelas que denigran el ministerio de la proclamación mediante el engrandecimiento del predicador?

Sin duda debe utilizarse cierta discreción desde el púlpito en cuanto a lo que el predicador revele de sus cuestiones personales. No obstante, otra pregunta se presenta frente a quienes proponen la cautela: ¿no debe un predicador humano mostrar su humanidad en la predicación?

Aquel sermón, expuesto dos días después de la muerte de mi hija, fue uno de los tantos que elaboré durante la interminable vigilia al costado de su cama, mientras ella luchaba por la vida. Esos sermones contenían una gama de sentimientos y convicciones tan íntimas como la oración privada. Debo confesar que no fueron armados con mucha exégesis bíblica. Más bien, mi propia vida se convirtió en mi recurso primario, y mis oraciones y reflexiones se constituyeron en mis comentarios.

Mientras hablé, sumergido en mi dolor, no fui consciente de cuáles partes de mis mensajes proveyeron sanidad y respuestas a mi congregación. A la distancia, sin embargo, puedo identificar cuatro características que deben estar presentes cada vez que se intente predicar en circunstancias de dolor.

Vulnerabilidad: admitir el dolor

La vulnerabilidad encabeza esta lista. Aunque este término se ha desgastado por el mucho uso en la jerga pastoral, no existe otra palabra que la reemplace adecuadamente.

Expresar el dolor abiertamente en el púlpito no constituye un pecado profesional para los predicadores. En varias ocasiones no he podido evitar las lágrimas. No me resultó difícil controlar mi dolor cuando estaba parado solo frente al espejo, pero por alguna razón mi control se esfumó cuando llegué al púlpito y observaba los rostros de quienes visiblemente cargaban con mi sufrimiento. Fue doloroso para mi congregación verme llorar, pero también resultó tremendamente sanador para ellos y para mí. Tal fue el caso por ejemplo, de un miembro cuya vida había sido enturbiada por las drogas; él me comentó: «Sus lágrimas me ayudaron a encontrar la fuerza para enfrentar algunos dolores en mi vida, que yo he intentado esconder detrás de una ridícula fachada de fortaleza.»

Debo recalcar que la mayor fuente para la predicación en medio de mi propio dolor fueron los profetas y los libros de sabiduría. Los exploré profundamente, pues encontré en ellos valiosas reflexiones acerca de la fe en medio de las injusticias de la vida, junto a una inamovible convicción de la realidad de Dios y lo inútiles que resultan los intentos por controlarlo o catalogarlo.

Arthur Gossip, un predicador escocés de principios de 1900, perdió repentinamente a su esposa. Cuando regresó al púlpito luego de esta tragedia, predicó un sermón titulado: «¿Qué hacemos cuando la vida se derrumba?» En ese mensaje, Gossip anunció que no entendía la vida que nos ha tocado y le resultaba aún más difícil comprender cómo las personas que enfrentan alguna pérdida pueden abandonar su fe cristiana.  «Abandonarla ¿por qué?» exclamó. Hablando en el marco de la peor tormenta que le tocó vivir, añadió: «Es posible que ustedes, iluminados por el sol, consideren conveniente la fe; pero nosotros, que estamos en tiempos de sombra, debemos creer en ella. No nos queda otra cosa que esto.»

Honestidad: igualdad de condiciones para el enojo

Una segunda característica necesaria para predicar en medio del dolor es la honestidad. Esta resulta el ingrediente que convierte en creíble nuestra vulnerabilidad. No obstante, es importante recordar este principio: no debemos hablar acerca de nuestras luchas desde el púlpito a menos que los pensamientos y sentimientos expresados realmente sean nuestros. 

Si la esperanza y la fuerza son reales en este momento, no dudemos de compartirlas con los demás, pero si sentimos que estas han desaparecido entonces no debemos mostrar lo que ya no poseemos. Las personas verán más allá de las palabras y sabrán que nuestra postura es fingida.

Así como se le debe dar acceso al dolor en el púlpito, del mismo modo debemos hacerlo con el enojo y la duda. Yo realmente experimenté conflictos en cuanto a este punto. A menudo había echado mano de la soberanía de Dios como la forma más fácil de excusar aquellas experiencias duras de la vida que no tienen explicación, pero cuando comencé a hablar de la esperanza, en aquel sermón, me percaté de que estaba ignorando mis propias dudas en la experiencia que me había tocado vivir.  Por tanto, al no estar dispuesto a enfrentar con honestidad mi propio enojo interior contra Dios, opté por la salida fácil del silencio, en lugar de expresar mi indignación desde el púlpito.

Al año siguiente de la muerte de mi hija, armé un libro que fue mi «diario de púlpito» durante esos nueve meses de dolor que rodearon a mi familia. Un amigo consejero, luego de leerlo, me hizo el siguiente comentario: «Aunque aprecio los pensamientos que has volcado en él, pienso que permitiste que Dios se bajara del banquillo demasiado rápido. No le diste participación a tu enojo en los argumentos que elevaste al Señor.»

Evaluando ahora ese proceso creo que fui demasiado cortés con Dios. Con el tiempo he madurado dos convicciones al respecto: en primer lugar, él puede soportar nuestro enojo (aún el de un predicador). En segundo lugar, la congregación necesita escuchar cómo se procesan esos sentimientos de enojo que todos tenemos contra Dios en tiempos de angustia. Cuando las crisis nos asaltan, el enojo contra nuestro Señor es uno de los sentimientos más sinceros que se tienen, y al describir cómo nosotros los pastores nos sentimos en esta clase de situaciones las emociones de otros pueden convalidarse y proveer de un modelo para manejar sus propios sentimientos.

Aún cuando la expresión de mi enojo estaba disimulada en mi predicación, algunas personas igualmente la pudieron percibir. Ellos me comentaron que las preguntas acaloradas que le hice a Dios en aquel primer sermón les proveyeron de una experiencia emocional liberadora.

Una madre que leyó ese sermón cerca de dos años después de que lo había predicado, me escribió expresando su gratitud. Anotó que percibió en mis palabras una invitación a enfrentar el enojo que ella todavía cargaba por la muerte de su hijo tres años antes; la esencia de su descubrimiento era que si un ministro puede enojarse con Dios, entonces también le era lícito a ella sentir lo mismo. Eso le ayudó a comenzar a procesar su propio enojo.

Esperanza: la capacidad de ver el presente y el más allá

Un tercer elemento en la predicación en medio del dolor es la esperanza ya que esta permanece como el regalo, por excelencia, que un predicador puede ofrecer a una congregación mientras habla desde el valle de sombras. En su expresión más sencilla, la esperanza redentora de Dios anuncia que el bien puede surgir del mal.

En otro mensaje luego de la muerte de mi hija, analicé las vidas de José y de Pablo. José habló a sus hermanos: «Lo que ustedes pensaron para mal, Dios lo usó para bien.» De igual manera, a pesar del aguijón en su carne Pabló entendió que Dios le decía: «Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en tu debilidad.»

Durante el nacimiento de Laura, presencié la serenidad que vivió en sus primeros instantes, en brazos de su madre. En su funeral, fui testigo de la severidad de ser colocada en los fríos brazos de una tumba. Reflexionando sobre mi experiencia junto a la de José y Pablo, concluí el mensaje sobre la esperanza con las siguientes palabras: «Nuestra fe se basa en una severa experiencia de misericordia: un hombre inocente ejecutado en una cruz. ¿Acaso alguna persona en aquel momento pudo evitar la sensación de que la muerte de Jesús no era más que una terrible e innecesaria tragedia? ¿y quién de nosotros hoy no ve la cruz como la misericordia de Dios obrando a nuestro favor? Cuando muchos de los que sufren desearían desesperadamente que la misericordia de Dios los libre de eventos trágicos, nosotros haremos bien en buscar que la misericordia de Dios sea nuestra guía en medio de las tribulaciones. Esa última obra de Dios en Cristo, donde su misericordia se ve con tanta severidad, ¡es la que más ha perdurado en el tiempo!»

Poco antes de la muerte de Laura, un amigo me compartió los siguientes versos de Emily Dickinson; estos me ayudaron (y también a la congregación) a no solamente ver el presente, sino el más allá: 

Yo sabré por qué —cuando el tiempo haya transcurrido y haya cesado de preguntarme por qué—,

Cristo explicará cada angustia personal cuando llegue al precioso aposento celestial.


Paciencia: gracia para aceptar las preguntas sin respuesta

El cuarto elemento necesario es la paciencia. La impaciencia me llevó a buscar una explicación rápida y fácil para el sufrimiento que azotó a mi familia. Mi mayor tentación en el púlpito siempre fue sentir que el llamado a predicar implica un mandamiento a proveer respuestas definitivas para todas las preguntas. Confieso que me siento mucho más cómodo terminando una prédica con un inspirado llamado al compromiso que con una pregunta que no he respondido y que, quizás, ¡no pueda responder! Mi experiencia personal con la tragedia me ha enseñado que la respuesta al sufrimiento humano no es fácil de encontrar —si es que existe la posibilidad de hallarla.

Cuando a un padre se le comunica que su hijo ha sido diagnosticado con cáncer, inevitablemente la pregunta «¿por qué?» exige una respuesta. ¿Cómo podía yo aceptar la existencia del cáncer en una niña de tres años, por un lado, y la de un Dios todopoderoso, amoroso y soberano por el otro lado? En un sermón busqué abordar la existencia del mal y la bondad de Dios mediante una presentación de los intentos clásicos y contemporáneos de resolver esta dificultad, y señalé que las personas de fe que han transitado por profundas injusticias o tragedias se han inclinado por una de las siguientes opiniones:

  • El dualismo, el cual contempla un universo gobernado por una misma cantidad de dioses buenos y malos.
  • La degradación, postura que admite la existencia de un solo Dios pero con serias limitaciones, poderoso pero no todopoderoso, que intenta de la mejor forma derrotar la maldad que lo enfrenta.
  • La negación, común en religiones como la Ciencia Cristiana, donde simplemente se niega la existencia de la enfermedad, la muerte y la maldad.
  • La desesperanza, es decir, el abandono de Dios cuando deja de cumplir nuestras mágicas e inocentes expectativas de él.
  • La auto-condenación, que siempre gira entorno de la pregunta, cargada de culpa: «¿será que Dios me está castigando?».

Existe una última alternativa la cual, en mi opinión, es la única consistente con la revelación y la vida real. La existencia, en forma simultánea, de Dios y del mal constituye un dilema que no podemos solucionar. Job, Habacuc y un sinnúmero de otros hombres de Dios, hundidos en el dolor y la confusión personal, han intentado echar mano de la teología para explicar su situación pero, al final, sus mejores explicaciones no resolvieron las cuestiones más esenciales de nuestra existencia. No obstante, hallaremos la gracia en la insistente pregunta «por qué», que nos conducirá hasta la misma esencia de la fe, la cual, a su vez, consiste en esperar confiadamente en Dios.

Recuerdo una conversación que tuve con un hombre varias semanas después de aquel sermón en donde yo «coloqué» a Dios en el banquillo de los acusados. Él era una persona compasiva y su corazón había sido profundamente afectado por la muerte de Laura. Él también buscaba respuestas acerca del porqué del sufrimiento de ella y recordó una parte de la disertación en donde yo acusé a Dios de no estar dispuesto a sanar a mi hija.  Entonces, confesó: «Yo he luchado toda mi vida con la fe. Mi conflicto con Dios se intensificó con la enfermedad de Laura, pero ahora estoy pensando en lo que dijiste, que nosotros queremos tener el control absoluto de Dios y, a la vez, completa libertad en la vida. Nunca antes había pensado en esto, pero nosotros estamos exigiendo de Dios dos realidades que, por su misma naturaleza, no pueden existir juntas. Comienzo a entender que tener fe no significa tener todas las respuestas.  Fe es seguir confiando en Dios a pesar de la confusión.»

¿Acaso puede un predicador darle a su congregación un mayor regalo que este, el testimonio de la confianza en Dios aun cuando el dolor y la confusión permanecen?

Conocer las limitaciones propias y ajenas

He mencionado algunas de las cualidades necesarias para quienes predican en medio del dolor. Quisiera ahora señalar algunos principios que nos ayudarán a entender cuándo no resulta apropiado revelar el sufrimiento desde el púlpito. 

En los tres meses previos a la muerte de Laura, cuando su condición se deterioraba rápidamente, no pude mencionarla desde el púlpito. En otras etapas de su enfermedad logré, de alguna manera, controlar mis lágrimas, mas en su tiempo final temía no poder recuperar la compostura si le daba rienda suelta a mi angustia. Yo sé que mi congregación hubiera apreciado mis comentarios sobre el estado de Laura, pero cuando el dolor es demasiado vivo y agudo, es sabio evitar comentarios sobre nuestra tragedia personal.

Otra ocasión en la cual no deberíamos predicar es cuando la crisis ya ha pasado. No me di cuenta que el duelo de mi congregación por la muerte de mi hija no duraría el mismo tiempo que el mío, y aunque mi experiencia en un sinnúmero de funerales y el proceso de duelo de muchas familias me había mostrado claramente que las personas requieren diferentes tiempos para procesar su dolor, de alguna manera pensé que las reglas cambiarían cuando la fallecida era mi propia hija. Tomé por sentado que los demás vivirían la experiencia con la misma intensidad y por el mismo tiempo que yo, pero no fue así.

Luego de un sermón que prediqué mucho tiempo después de mi pérdida, un miembro de la iglesia diplomáticamente le dijo a mi esposa: «Yo creo que su marido ha estado hablando de la muerte de Laura más tiempo de lo necesario.»

En el primer momento yo sentí que esta persona era demasiado insensible a mis sentimientos. Sin embargo, ahora reconozco que continuar compartiendo acerca de mi propio proceso de duelo no era justo para la congregación. Si el autor de Eclesiastés hubiera conocido el tema de este artículo, de seguro hubiera señalado, en referencia a los ciclos de la vida: «Hay un tiempo para predicar en medio del dolor, y un tiempo para avanzar más allá del dolor».

En el segundo aniversario de la muerte de Laura prediqué con este sentir en mente. Reconocí la necesidad del proceso de duelo luego de cualquier pérdida traumática y a la vez, sentí el deseo de comunicar una carta que había recibido de una joven madre. Ella había perdido un hijo recién nacido y a un segundo hijo se lo llevó la misma clase de tumor que padeció Laura. Esta madre compartió conmigo la siguiente oración, que nos recuerda muy bien cuándo debemos predicar en situaciones de dolor: «Querido Dios, vuelve a enseñarnos como reír, pero nunca permitas que olvidemos que hemos llorado.»

Tomado de Leadership ©Winter 1990, Vol. X, N° 1.  Usado con permiso.  Traducido y adaptado por Desarrollo Cristiano, todos los derechos reservados Apuntes Pastorales,  Volumen XXIII – Número 3.


Ideas básicas de este artículo

  • Si los predicadores expresan abiertamente su dolor desde el púlpito, no les constituye un pecado profesional.
  • Para predicar en medio del dolor, los profetas y los libros de sabiduría resultan ser una fuente de predicación, pues contienen valiosas reflexiones de fe en situaciones de injusticia.
  • No debemos hablar de nuestras luchas desde el púlpito a menos que los pensamientos y sentimientos expresados realmente sean nuestros.
  • La esperanza es un elemento fundamental en la predicación desde el dolor, pues ella anuncia que por la acción redentora de Dios el bien puede surgir del mal.
  • El llamado a predicar no implica un mandamiento a proveer respuestas definitivas para todas las preguntas.

Preguntas para reflexionar y dialogar

  • Explique, ¿cómo justifica usted el derecho de un predicador o predicadora de acercarse al púlpito cuando está inmerso en su propio dolor o confusión?
  • ¿Cómo debería un predicador mostrar su humanidad desde el púlpito sin pecar de indiscreción?
  • ¿Cuáles son las cuatro características que deben estar presentes en el predicador cuando intente predicar sumergido en el dolor?
  • ¿Considera usted pertinente dar acceso al púlpito al enojo y a la duda que sentimos en medio del dolor?  ¿Por qué? ¿Qué puede hacer para enfrentar con honestidad su enojo?
  • ¿Cuál es la diferencia entre desear que la misericordia de Dios nos libre de los eventos trágicos y buscar que ella nos guíe en medio de las tribulaciones?
  • ¿Cuándo no es apropiado revelar el sufrimiento desde el púlpito?
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