El justo florecerá como la palmera

Vivir en la presencia de Dios, alabándolo constantemente y siendo gobernados por el temor de Dios es la condición para que los justos fructifiquen y se mantengan fuertes y vigorosos. Por sus troncos y por sus ramas circula una savia que vivifica porque es la vida del Espíritu que se mantiene encendida por el trato constante con Dios.
El justo florecerá como la palmera

El salmo 92 es un salmo sabático que consta de varias secciones independientes, pero al mismo tiempo unidas, que tocan un tema diferente. El carácter sabático del salmo está acentuado por las siete veces que aparece el tetragrama, YWHW, el nombre sagrado de Dios, que suele ser trascrito como Jehová o Yavé

Según la Mishná, el conjunto de leyes de la tradición oral judía, este salmo se cantaba en el templo todos los días durante el sacrificio matutino y nocturno de un cordero para recordar respectivamente la misericordia y la fidelidad de Dios (véase el versículo 2). En las comunidades monásticas de los primeros siglos de la Iglesia el salmo solía entonarse todos los viernes en la madrugada.

1. «Bueno es alabarte, oh Jehová, y cantar salmos a tu nombre, oh Altísimo.»
¿En qué sentido es bueno alabar a Dios? ¿Es decir, conveniente, útil, apropiado, etc.? En primer lugar, porque eso, como criaturas suyas, le debemos a Él, que es Señor de todo. Pero también porque es conveniente ya que al alabarlo nos ponemos en contacto con su Espíritu y Él nos llena de su gracia.

2. «Anunciar por la mañana tu misericordia y tu fidelidad por la noche.»
Su misericordia (hesed) y su fidelidad (emuna) son manifestaciones de su amor y de su verdad, y son las que más interesan al ser humano: que se apiade del hombre y que éste pueda confiar en Él. 

Así como se entonaba en el templo todas las mañanas mientras se sacrificaba el cordero, este salmo fue incorporado más tarde en la liturgia de la iglesia de la misma hora para recordar la misericordia de Dios manifestada en el sacrificio del Cordero eterno. Además, para remarcar que ya no es necesario ofrecer un cordero diariamente en el templo, como se hacía en tiempos del Antiguo Testamento, porque esos sacrificios eran sólo «una sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas» (Hb 10.1). 

La misericordia de Dios no sólo se manifestó en el sacrificio de Cristo a nuestro favor, sino que se manifiesta día a día cuando nos perdona y nos restaura al arrepentirnos. Su fidelidad es preciosa especialmente cuando experimentamos períodos difíciles.

3. «En el decacordio y en el salterio, en tono suave con el arpa.»
La música contribuye al poder espiritual de la alabanza y de la adoración haciendo que ambas toquen profundamente las cuerdas más sensibles del alma. En los primeros siglos de la Iglesia se descartó el uso de instrumentos para acompañar al canto por ser algo impropio de la reverencia debida a Dios, pues los instrumentos eran considerados como mundanos. No obstante, se incorporaron al culto melodías del canto sinagogal, origen remoto de la salmodia gregoriana, que se cantaba «a capella», esto es, sin acompañamiento instrumental, forma de culto que era tenida por más espiritual. Ese es el motivo por el cual los padres de la Iglesia en sus comentarios alegorizan este pasaje diciendo, por ejemplo, que las diez cuerdas del decacordio representan los diez mandamientos del Decálogo (San Agustín); o los cinco sentidos del cuerpo y las cinco potencias del alma, con las cuales el creyente alaba su Creador (San Eusebio).

4. «Por cuanto me has alegrado, oh Jehová, con tus obras, en las obras de tus manos me gozo.»
¿En este contexto qué significa la palabra obra? Pues todo lo que Él ha hecho: lo que vemos y los hechos o actos de Dios que experimentamos.

Aun las cosas más pequeñas son actos de Dios. Sin embargo, en un sentido amplio las «obras de tus manos» constituyen la creación entera, con todo lo que ella contiene, y los seres vivientes que en ella habitan, entre ellos, el hombre, corona de su creación (Sal 8.3).

Actos de Dios son también sus intervenciones en la historia humana, entre ellas la más importante: la redención obrada mediante el sacrificio de su Hijo. Actos de Dios son los cuidados de su providencia constante a nuestro favor y las intervenciones inesperadas de su justicia. En estos hechos el hombre se alegra porque son manifestaciones del compromiso irrevocable de Dios con su criatura. 

5. «¡Cuán grandes son tus obras, oh Jehová!, Muy profundos son tus pensamientos.» 
Esta admiración por las obras de Dios es inevitable y surge de la contemplación de la naturaleza y de los acontecimientos. El Espíritu ilumina la inteligencia para que pueda extasiarse ante la inmensidad de las obras y la vastedad del pensamiento y de los planes de Dios. ¡Dios concibió todo lo que existe hasta en cada mínimo detalle!

Si el salmista hubiera conocido todos los secretos de la naturaleza que la física moderna y la genética han descubierto, estaría aún más asombrado. Sin embargo, no sólo las obras visibles de Dios son admirables. Los pensamientos con que concibe sus obras y desarrolla sus proyectos son de una profundidad, vastedad y excelsitud incomprensible para el hombre. Todo lo que Dios crea está maravillosamente concebido en su mente. Sólo el pecado humano hace que su obra en la tierra sea imperfecta.

6. «El hombre necio no sabe y el insensato no entiende esto.»
Pero el insensato en su ceguera no lo puede entender. Da por sentado todo lo que existe porque está acostumbrado a verlo a diario. No se asombra ni se detiene un momento a pensar por qué las cosas son como son o cómo llegaron a ser. Es cierto que el científico naturalista se hace precisamente esa pregunta, pero concluye que todas esas intrincadas y asombrosas maravillas de la naturaleza son fruto del azar, que surgieron espontáneamente, que no hubo una inteligencia superior que las concibiera y que guiara su desarrollo. Su limitada razón le hace una mala jugada. El incrédulo, pese a sus muchos conocimientos, está inmerso en su ignorancia y tiene un velo delante de sus ojos orgullosos que le impide ver la verdad. Cuanto más progresan sus conocimientos, con mayor terquedad niega a Dios.

7. «Cuando brotan los impíos como la hierba, y florecen todos los que hacen iniquidad, es para ser destruidos eternamente.»
Este versículo responde con más claridad a la pregunta acuciante formulada por el autor del Salmo 73 sobre la prosperidad de los impíos. Aquí, como consecuencia de lo dicho en el versículo 6, el salmista se enfrenta a la pregunta que inquieta a los justos: ¿Por qué prosperan los impíos? Dice que brotan y florecen como si surgieran espontáneamente de la tierra. Y así parece en efecto que ocurriera, ayer como hoy. 

Muchas de las personas que vemos en los medios de comunicación, los que alcanzan las cimas del poder y de la fama son en su mayoría impíos. ¿Cómo permite Dios que se exalten tanto cuando se rebelan contra Él y lo desafían? Este salmo responde sobriamente: Si se levantan es para ser destruidos eternamente. Su prosperidad es pasajera y fugaz, no obstante, dado el daño que hacen, su castigo será grande.

8?9. «Mas tú Jehová, para siempre eres Altísimo. Porque he aquí tus enemigos, oh Jehová, porque he aquí, perecerán tus enemigos; serán esparcidos todos los que hacen iniquidad.»
Estos dos versículos giran sobre la misma idea que el anterior. Primero yuxtapone la eternidad de Dios a la fugacidad del éxito de los impíos que morirán, desaparecerán. El salmista, usando una imagen militar, concluye: Cuando un ejército numeroso es derrotado sus efectivos son dispersados y huyen perdiendo la cohesión y disciplina en la que residía su fuerza.

Los que hacen maldad y cometen injusticias, los que oprimen al desvalido y se burlan de la desgracia ajena que ellos mismos causan, desaparecerán de la faz de la tierra. Su memoria será maldita y quedará como recuerdo vergonzoso de la maldad humana en la historia de los pueblos. ¡Qué terrible cosa es alzarse contra Dios! En su vana soberbia no saben el fin que les espera.

El salmista contrasta la mortalidad del impío con la eternidad de Dios, uno muere, el otro permanece. Dios perdura para siempre y es el más alto, es decir, su poder es para siempre incontrastable. Para el judío de ese tiempo esta noción del poder era muy importante porque estaban acostumbrados a ver cómo unos hombres prevalecían sobre otros, cómo unos pueblos dominaban a otros y extendían su influencia a sus vecinos. Todo ello en función del poder, guerreo o económico, que detentaban. Todo lo que los hombres logran en la vida lo obtienen usando alguna forma de poder es, pues, natural que vean a Dios en términos del poder que maneja, un poder muy superior al de todos los seres humanos.

Sin embargo, aún el más débil de los hombres puede manejar un poder más grande que todo poder humano, esto es, el poder de la oración. El poder de la oración hace que el poder de Dios irrumpa en la esfera humana. El poder de Dios desencadenado por la oración es mucho más potente que todo poder físico o material humano. Es un poder que no lo hace orgulloso sino humilde, porque sabe que no es suyo sino prestado, y lo sostiene en toda ocasión.

10. «Pero tú aumentarás mis fuerzas como las del búfalo; seré ungido con aceite fresco.»
Este versículo contiene una doble promesa. En primer lugar, hacer que las fuerzas del justo, que pueden verse afectadas por el sufrimiento, el hambre y los padecimientos, sean renovadas y multiplicadas. 

Es un consuelo saber que cuando se vive haciendo la voluntad de Dios se puede hacer muchísimas más cosas de lo que sería posible en lo humano.

La palabra hebrea re?em ?que Reina Valera 60 traduce como «búfalo»? alude al buey salvaje, especie desaparecida que era muy común en el Oriente antiguo, (donde era un símbolo de fuerza) y que fue posiblemente el antecesor del buey domesticado. La versión de Casiodoro de Reina de 1569 y las revisiones subsiguientes, así como otras versiones, la traducen desafortunadamente como «unicornio», un animal mitológico, con cabeza y cuerpo de caballo, patas posteriores de venado y cola de león, de cuya frente surgía un único y poderoso cuerno en el que estaba concentrada su temible fuerza (nota). 

El original hebreo dice aquí: «Tú levantarás mi cuerno como el de un buey salvaje.» El cuerno era en Israel un símbolo de poder y fuerza. La frase «levantarás mi cuerno?» como símbolo del despertar de la fuerza puede entenderse mejor si se recuerda que el toro que pasta en el campo con la cabeza agachada, cuando se enfurece levanta la cabeza y sus cuernos, como hace el toro de lidia, en gesto desafiante.

En segundo lugar, el aceite es un símbolo e instrumento de la gracia de Dios. Ser ungido con aceite fresco significa recibir una nueva efusión del gozo, del amor y de la inspiración del Espíritu Santo, que viene acompañada de todos sus demás dones. Eso es lo que Dios promete al justo.

11. «Y mirarán mis ojos sobre mis enemigos; oirán mis oídos de los que se levantaron contra mí, de los malignos.»
En otras palabras, me alegraré viendo cómo los impíos, cómo todos aquellos que en su maldad quisieron hacerme daño, perecerán tal como se anuncia en el versículo 9.

El salmista, quien está totalmente identificado con la causa de Dios, reconoce a los enemigos de Dios con sus propios enemigos. Los que lo combaten lo hacen porque se oponen a la causa de Dios que él defiende.

¿Puedo yo decir que todo lo que hago busca sólo engrandecer el nombre de Dios, de modo que todo el que se opone a mis propósitos se opone a los de Dios? El que puede decir tal cosa es realmente bienaventurado. Ése es el que tiene hambre y sed de justicia, el que busca la paz, el puro de corazón, el misericordioso? (Mt 5.6?8).

El demonio trata de paralizar o desviar a todo el que vive para Dios, para que no logre lo que se propone. Vivir para Dios, sin embargo, no quiere decir que alguien viva exclusivamente dedicado a su obra, porque tiene también que buscar el sustento diario para sí y para los suyos. O el sustento de otros, si es empresario y da trabajo a muchos. ¡Si los que tienen empleados supieran que Dios les está usando para bendecir a su prójimo a la vez que prosperan ellos mismos, tratarían a sus dependientes, empleados y obreros de otra manera y cosecharían un fruto mucho mayor de sus esfuerzos! 

El trabajo no sólo nos da los medios para subsistir y sostener a los nuestros, sino que también permite que desarrollemos nuestras capacidades y talentos. Por eso el trabajo es una bendición y todo el que da trabajo a otros es instrumento de Dios.

12. «El justo florecerá como la palmera; crecerá como cedro en el Líbano.»
Esta es una maravillosa promesa para todos los que andan en los caminos del Señor. A medida que avancen en años no decaerán ni se marchitarán, sino se mantendrán vigorosos como la palmera que eleva su copa al cielo, o como el cedro cuyo tronco se va haciendo cada vez más fuerte con el tiempo.

Es muy interesante que el salmista escoja a estas dos especies arbóreas como símbolo de durabilidad y de ortaleza, porque ambas son notables en este aspecto. La palmera crece alta y recta en medio de la arena del desierto; se mantiene enhiesta pese a las tempestades, y verde pese a la sequedad del estío, donde otras plantas no crecerían. Proporciona sombra a los cansados del camino y dátiles llenos de energía para los débiles. Vive 300 años o más sin que su fortaleza se marchite.

El cedro crece en las montañas extendiendo su amplio y verde ramaje a los costados. Su tronco se va haciendo más robusto a medida que pasan los años y hasta los siglos. Sus inmensas copas frondosas son la admiración de los viajeros que visitan las montañas del Líbano. 

13. «Plantados en la casa de Jehová, en los atrios de nuestro Dios florecerán.»
Existe una condición para que se cumpla esa promesa de vigor añejo: que el justo esté plantado en la casa del Señor, esto es, firmemente establecido en su palabra y en la adoración de su Dios. ¿Qué son los atrios del Señor sino los lugares donde se alaba y canta? «Entrad? por sus atrios con alabanza?» (Sal 100.4). Plantado en la casa del Señor está «el que habita al abrigo del Altísimo» (Sal 91.1), es decir, el que vive en su presencia constantemente, tal como canta el rey David: «Al Señor he puesto siempre delante de mí; porque está a mi diestra no seré quebrantado» (Sal 16.8). La promesa es válida para todo el que tiene a Dios siempre en cuenta: «Reconócelo en todos tus caminos y Él enderezará tus veredas» (Pr 3.6).

Vivir en la presencia de Dios no es sólo adorarlo sin cesar, sino también recordar que Él nos está mirando y que todas nuestras acciones, pensamientos y palabras son conocidas y juzgadas por Él. De ahí que, con muy buen motivo, el libro de Proverbios afirme que el temor de Dios es el comienzo de la sabiduría (Pr 1.7), esto es, el temor de Dios que nos lleva a aborrecer el mal (Pr 8.13).

14. «Aún en la vejez fructificarán; estarán vigorosos y verdes.»
Así pues, vivir en la presencia de Dios, alabándolo constantemente y siendo gobernados por el temor de Dios es la condición para que los justos en la vejez fructifiquen y se mantengan fuertes y vigorosos. Se conservarán así porque por su tronco y por sus ramas circula una savia que vivifica porque es la vida del Espíritu que se mantiene encendida por el trato constante con Dios. 

No obstante, los que se dan a una vida cómoda; los que cultivan los placeres de la mesa y del vino, por no mencionar otros más vergonzosos, van mellando su salud al exigir de su naturaleza esfuerzos mayores de lo que conviene. Esos verán que sus fuerzas decaen y que con los años se inclinan y se acercan a su tumba. 

15. «Para anunciar que Jehová mi fortaleza es recto, y que en Él no hay injusticia.»
Dios pone en obra esa promesa no sólo para beneficio de los rectos, sino también para su gloria. El verdor de los justos es testimonio ante el mundo de la fidelidad de sus promesas y de su cuidado por con los que le sirven; un testimonio de su amor y generosidad que siempre supera lo que el hombre espera. ¿Hay alguien que puede dar más a Dios de lo que recibe? Lo poco que le damos de nuestro tiempo y de nuestro vigor y sustancia, si se lo damos con un corazón sincero, regresa a nosotros multiplicado.

Nota
Véase además Nm 23:22; 24:8; Dt 33:17; Jb 39:9-12; Sal 22:21; 29:6; Is 34:7. El que se la traduzca así puede deberse a la influencia de la Septuaginta, que traduce re?em como monokerós (de un solo cuerno) quizá como referencia al rinoceronte; o de la Vulgata latina que la rinde sea como unikornós o como rhinocerós.

Acerca del autor:
José Belaunde nació en los Estados Unidos pero creció y se educó en el Perú donde ha vivido prácticamente toda su vida. Participa activamente en programas evangelísticos radiales, es maestro de cursos bíblicos es su iglesia en Perú y escribe en un semanario local abordando temas societarios desde un punto de vista cristiano. Desde 1999 publica el boletín semanal "La Vida y la Palabra", el cual es distribuido a miles de personas de forma gratuita en las iglesias de su país. Si desea recibir estos artículos por correo electrónico solicítelos a: jbelaun@lavidaylapalabra.com. Página web: www.lavidaylapalabra.com

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