Entrad por la puerta estrecha

Un artículo que explica con ejemplos claros y sencillos por qué Jesús es la puerta estrecha y por qué debemos seguirlo. Una reflexión especial para motivar a las personas a creer en Cristo Jesús.
Entrad por la puerta estrecha

En la segunda epístola del apóstol Pedro se encuentra una frase llena de gran esperanza. Ante la pregunta de por qué Jesús tardaba en regresar como había prometido, Pedro contesta que no es que Él tarde, «sino que es paciente con nosotros, porque no quiere que ninguno se pierda, sino que todos vengan al arrepentimiento…» (2 Pe 3.9).

Nótese que no dice que todos vengan a la salvación, como quizá esperaríamos, sino más bien dice que vengan al arrepentimiento, porque para salvarse es necesario primero arrepentirse. En otras palabras, no nos ilusionemos. Si bien es cierto que Dios quiere que todos, entre ellos usted, se salven, nadie se salvará a menos que reconozca sus pecados y se arrepienta. 

El arrepentimiento y la fe constituyen el camino que Dios ha dispuesto que recorramos para alcanzar la salvación.

Es muy ilustrativo que Pedro, al mostrar el deseo de Dios para todos los hombres, diga claramente que sin arrepentimiento no hay salvación. Esto constituye una respuesta directa a los que, basados en el mismo texto, sostienen que Dios, por ser tan bueno y misericordioso, salvará al final a todos los hombres, sin importar su estilo de vida porque Él no permitirá que ninguna de sus criaturas se pierda. Con ese falso evangelio, muchos se extravían y, de hecho, ilusamente esperanzados, se pierdan.

Recordemos las palabras de Jesús:«Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición; y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan» (Mt 7.13–14).

¿Cuál es la puerta estrecha? Su cuerpo es la puerta estrecha, el velo de su carne que fue rasgado cuando Él murió (Hb 10.20; Mt 27.51). En otras palabras, lo que Él hizo cuando vino como hombre de carne y hueso a la tierra: padecer y morir por nosotros. Sin su muerte en la cruz no podríamos de ninguna manera salvarnos, nadie podría reconciliarse con Dios.

Él es la puerta por la que debemos entrar para llegar al reino de su Padre, al cielo, como dijo en otro momento: «Yo soy la puerta del redil de las ovejas... el que entra por mí, se salvará.» (Jn 10.7–9). No hay otra manera de entrar.

¿Cómo entramos por la puerta estrecha de su cuerpo? En primer lugar, cuando nos arrepentimos y creemos en Él y en lo que hizo por nosotros. Es decir, cuando nos unimos a Él en fe y hacemos de su muerte nuestra muerte, como dice Pablo en Gálatas: «Con Cristo estoy juntamente crucificado y ya no vivo yo sino Cristo vive en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí.» (Gá 2.20). Y en Colosenses: «Porque habéis muerto y vuestra vida está escondida con Cristo en la cruz.» (Col 3.3).

En segundo lugar, entramos por la puerta estrecha cuando lo seguimos, morimos a nosotros mismos y al pecado. Si hemos muerto con Él por la fe, ya no vivimos para nosotros mismos, sino para Aquel que murió y resucitó por nosotros (1 Co 5.14–15).

Ahora bien, mucha gente, incrédulos, agnósticos, e incluso, creyentes, se pregunta: ¿Por qué tenía que morir Jesús? ¿Por qué era su sacrificio necesario? Porque nuestros pecados nos habían separado de Dios (Is 59.2) y nos hacían dignos de condenación. La culpa del pecado constituía una barrera de separación que ningún hombre podía franquear por sí mismo.

Sólo Dios podía dar el primer paso para reconciliarnos con Él. Por eso Jesús tomó sobre sí nuestra naturaleza de esclavos y cargó nuestros pecados en su cuerpo, subiendo con ellos a la cruz y muriendo en nuestro lugar, «el justo por los injustos» (1 Pe 3.18). Al padecer por nosotros, canceló la deuda de nuestra culpa, «anuló el acta de los decretos que nos era contraria» (Col 2.14). En su humanidad, podía realmente morir en nuestro lugar como nuestro representante; y en su deidad, su muerte tuvo un valor infinito que pagó por todos los pecados de todos los hombres de todos los tiempos. 

Jesús nos compró no con oro ni plata, cuyo valor es perecedero, sino con el valor infinito de su sangre preciosa, «...como de un cordero sin mancha...» (1 Pe 1.19). Él es el «Cordero... —inmolado en la mente de Dios desde antes de que empezaran los siglos (Ap 13.8)— ...que quita el pecado del mundo» (Jn 1.29).

A grandes rasgos aquí está el plan que Dios concibió para rescatar al hombre. Al crear al hombre, Él sabía de antemano que sería infiel, desobedecería y se alejaría de Él. Pero no por eso quiso darlo por perdido, sino que se propuso desde el inicio salvarlo (Gn 3.15) y dar una oportunidad a todos los que escucharan y creyeran. Para ello no dudó en sacrificar a su propio hijo, sometiéndolo al peor de los tormentos para satisfacer las demandas necesarias de su justicia y darnos al mismo tiempo de esa manera, la prueba suprema de su amor por nosotros.

Ahora ya sabemos lo que tenemos que hacer los que hemos sido regenerados por su gracia: «...despojémonos... del pecado que nos asedia...» se dice en Hebreos 12.1. Tenemos que dejar el pecado que nos acecha, soltarnos de toda atadura que trabe nuestros pies, para poder correr con toda libertad la carrera que Él nos propone y así llegar a la meta.

Si nos hemos enredado con las cuerdas del mundo, del demonio y de la carne, no podemos mover libremente nuestros pies y por eso trastabillamos y caemos. Tenemos que soltarnos de esas ataduras y no dejarnos enredar por ellas.

No obstante, el enemigo de nuestras almas está constantemente tratando de estorbarnos, poniéndonos trampas en el camino que nos hagan tropezar y, tristemente, muchas veces lo logra con facilidad. ¿Por qué? Porque él es muy astuto y más persistente que nosotros en sus esfuerzos, y porque nosotros somos débiles, aunque nos cueste reconocerlo, y  confiamos neciamente en nuestras propias fuerzas. 

De ahí que Jesús nos exhorte: «Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu en verdad está dispuesto, pero la carne es débil» (Mt 26.41). Tenemos que reconocer la realidad de nuestra flaqueza en el terreno de la concupiscencia, cuando nos asaltan las tentaciones, además, no debemos tener una mejor opinión de nosotros mismos que la que debemos (Ro 12.3). Esto es, al no valorarnos de más salimos victoriosos en esta lucha. 

En el pasaje de Hebreos que hemos citado se dice: «Corramos con paciencia la carrera que tenemos delante...» (Hb 12.1). Es decir,  con «perseverancia».

Debemos correr hasta llegar a la meta. De nada le sirve al atleta correr con mucho brío los primeros kilómetros de la maratón, si la abandona antes de cruzar la cinta. Tiene que perseverar hasta el final para alcanzar el premio. Lo mismo ocurre con nosotros.

«...puestos los ojos en Jesús» (Hb 12.2). Al mirarlo obtendremos las fuerzas y el valor para seguir en carrera. Si miramos a los costados, a las cosas del mundo que nos atraen, perdemos el paso. Si miramos atrás, a nuestros pecados pasados, nos desanimamos.

Él es nuestra fuerza cuando nos sentimos débiles; nuestra fortaleza cuando estamos cansados; nuestra alegría cuando estamos tristes; nuestro aliento cuando estamos desanimados; nuestra victoria cuando nos creemos derrotados.

El autor de Hebreos continúa diciendo que Él es «el autor y consumador de nuestra fe» (12.2). Él es el comienzo y el final de nuestra carrera, «el Alfa y la Omega, el principio y el fin» como se proclama en Apocalipsis 1.8, es decir, la primera  y la última letra del alfabeto con que se escribió el Nuevo Testamento,. Asimismo, en el alfabeto con que se escriba la historia de nuestra vida, Él debe ser también la primera y la última letra.

¿Y usted amigo lector? ¿Con qué alfabeto está escribiendo la historia de su vida? ¿Con el alfabeto del pecado, del orgullo, de la presunción, del descuido, de la confianza vana en sus propios esfuerzos por hacer el bien? De nada le sirve si Jesús no es la primera y la última letra de su alfabeto. 

Si quiere realmente hacer carrera, la única carrera que sí importa, hay que mirar a Jesús levantado en alto y confiar en Él, para que la serpiente del pecado no lo muerda ni lo envenene ni le robe la vida que Dios quiere darle (Nm 21.9; Jn 3.14–15).

«Mirad a mí y sed salvos, todos los términos de la tierra» dice Dios por boca de Isaías (Is  45.22). Míralo a Él, a ese Jesús que está en la cruz muriendo por usted y dígale: «Jesús mío, yo creo en ti. Yo creo en tu sacrificio y que con él pagaste toda mi deuda cuya enormidad yo reconozco. En agradecimiento yo quiero vivir para ti y cómo tú quieres que yo viva. Entra en mí, y ayúdame. Te abro las puertas de mi casa para que tú seas en ella, no el huésped, sino el dueño. Te entrego las llaves de mi casa, mi mente, mis sentimientos y mi voluntad. Gobierna en adelante mi vida, y acógeme como siervo, como discípulo y como amigo. Gracias, Jesús.»

Acerca del autor:
José Belaunde nació en los Estados Unidos pero creció y se educó en el Perú donde ha vivido prácticamente toda su vida. Participa activamente en programas evangelísticos radiales, es maestro de cursos bíblicos es su iglesia en Perú y escribe en un semanario local abordando temas societarios desde un punto de vista cristiano. Desde 1999 publica el boletín semanal "La Vida y la Palabra", el cual es distribuido a miles de personas de forma gratuita en las iglesias de su país. Si desea recibir estos artículos por correo electrónico solicítelos a: jbelaun@lavidaylapalabra.com o a jbelaun@terra.com.pe. Página web: www.lavidaylapalabra.com.

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