Cuando la teología comienza en casa

La teología como teoría de la fe siempre seguirá siendo necesaria —hoy quizá más que nunca—, pero no suficiente. Pensar teológicamente es luchar por la pertinencia de la fe. Esto tiene que ver con la «teología de todos los días», y es tarea que nos correponde a todos como pueblo de Dios.
Cuando la teología comienza en casa

A mí también me pasa que, al pensar en un centro de formación teológica, lo primero que me viene a la mente es un gran complejo arquitectónico con algunos edificios, aulas de clase, una deslumbrante biblioteca y un equipo humano conformado por docentes, personal administrativo y empleados al servicio de ese ministerio. De esta idea todos somos culpables —pastores, educadores, misioneros y otros líderes— ya que con nuestras palabras, prácticas y actitudes hemos hecho creer que la formación teológica pertenece de manera exclusiva a los seminarios y a otros pocos centros de educación formal.

Así, los teólogos son los egresados de estas instituciones y la teología un asunto académico cuyo monopolio está en manos de los «escogidos». La teología, vista así, no deja de ser más que un pasatiempo de los santos —casi siempre los que se creen más santos— o un entretenimiento académico para quienes gozan de capacidades especiales. ¡Escuálida visión de lo que significa teología! Con ella se reducen las posibilidades del que hacer teológico a su mínima expresión y se priva a la iglesia, entendida como la comunidad de creyentes toda, del privilegio dado por Dios de pensar la fe y de reflexionar sobre el sentido que ella tiene en las circunstancias cotidianas de la vida. El hecho es que, si todos los creyentes son sacerdotes, entonces la educación teológica no puede limitarse a una élite clerical a la cual le es encomendada la tarea de pensar por los demás (Padilla, René, Nuevas alternativas de educación teológica. Buenos Aires: Nueva Creación, 1986, p. 6).

Afirmar que la reflexión teológica nos pertenece a todos, no significa desconocer el lugar que ocupa la teología como disciplina de estudio, o como ciencia de Dios. La teología como «la interpretación metódica de los hechos de la Escritura, en su propio orden y relación», según la definición de Paul Tillich, o «la ciencia en la cual la iglesia expone el contenido de su mensaje críticamente, esto es, midiéndolo por medio de las Sagradas Escrituras», según Karl Barth (citados por Alberto Roldán en ¿Para qué sirve la teología? Buenos Aires: FIET, 1999, pp. 25 y 26), tiene su importancia capital para la vida y la misión de la iglesia. Esta manera de entender la teología como teoría de la fe seguirá siendo necesaria —y hoy, quizá, más que nunca—, pero no suficiente.

Pensar teológicamente es luchar por relacionar lo que creemos con lo que vivimos; es poner en diálogo crítico los credos antiguos con los acontecimientos de nuestra actualidad diaria; es situar nuestra existencia histórica a la luz de la fe, para que esta resulte no sólo relevante, sino también pertinente y fiel a lo que Dios desea hacer en cada generación. Y esta lucha por la pertinencia de la fe tiene que ver con «la teología de todos los días», y es tarea que nos corresponde a todos como pueblo de Dios; querámoslo o no; sepámoslo o no.

Es en este sentido que José Míguez Bonino, reconocido teólogo latinoamericano, afirma que la teología es necesaria, al mismo tiempo que inevitable.

La teología es necesaria: sin un conocimiento más profundo y coherente de la doctrina cristiana mal se puede enseñar, predicar, evangelizar, traducir la fe en acción. Pero, además de necesaria, es inevitable: cada vez que, como creyentes, abrimos la boca, aunque sea sólo para leer un texto, estamos, incluso en las palabras que realzamos en la simple lectura, interpretando, diciendo algo de Jesucristo, de Dios, de la fe, de la iglesia, de la salvación, algo que es bueno o malo, verdadero o distorsionado, constructivo o negativo, claro o confuso, oportuno o desubicado. No podemos evitarlo: y es una grave responsabilidad. La teología es un instrumento indispensable, que todos usamos. (¿Para qué sirve la teología? p. 12)

Vale entonces que nos preguntemos cuáles son, además de la iglesia, las otras instancias en donde sucede la labor teológica. Por razones de extensión y de propósito se mencionará solamente una de ellas: el hogar. En el seno de nuestra familia y en un ambiente desprovisto de los cánones regulares de la academia, también se hace teología; la «inevitable teología». Es allí, en el hogar, donde se aprenden las primeras afirmaciones de la fe y donde se brega para que esas afirmaciones encuentren su lugar en la vida diaria. El hogar —eso ya lo sabemos— ofrece innumerables oportunidades para la evangelización de sus miembros, pero también para el enriquecimiento y el desarrollo de la fe. Esta «teología casera» se nutre a través del diálogo sincero, del debate honesto, de la discusión entusiasta, de la libertad para la duda, de la enseñanza participativa, de la lectura reverente de las Escrituras y de la práctica disciplinada de la oración. La formación espiritual, comprendida de esta manera, tiene que ver con algo más que con la tradicional celebración del culto familiar; se refiere, sobre todo, a la vivencia, asimilación, reflexión y maduración de la fe... mientras la vida se da.

El pueblo de Dios en el Antiguo Testamento hizo teología desde el hogar. Esa tarea se cumplía durante todo el día e involucraba a todos los miembros de cada familia. La Ley del Señor había ordenado que la enseñanza de la fe se produjera así: en todo momento, mientras se estuviera en la casa o cuando se estuviera caminando fuera de ella; ya fuese por la mañana al levantarse o por la noche al acostarse. Así dice la Ley: «Grábate en el corazón estas palabras que hoy te mando. Incúlcaselas continuamente a tus hijos. Háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. ¡Átalas a tus manos como un signo; llévalas en tu frente como una marca; escríbelas en los postes de tu casa y en los portones de tus ciudades.» (Dt 6.6–9, NVI) Este adelantado principio educativo fue confirmado muchos siglos después —apenas en el siglo veinte— por John Dewey quien aseguró que «toda la vida educa» y que la instrucción que se recibe en las instituciones escolares representa sólo una pequeña parte de la educación global. Dewey señaló la existencia de múltiples formas de «educación deliberada».

En América Latina y el Caribe resulta fácil comprobar la importancia que ha tenido el hogar como centro de formación —o deformación— teológica. Allí se ha educado para la fe y la creencia. Desde el hogar se ha aprendido, por ejemplo, a responder con refranes populares de evidente contenido religioso a las situaciones de cada día: «A Dios rogando y con el mazo dando.» «Dios le da pan a quien no tiene dientes.» «Ayúdate que yo te ayudaré.» «Dios manda la carne, y el diablo a los cocineros.» «Dios no castiga ni con palo ni con rejo.» «El muerto al hoyo y el vivo al baile.» «Lo que Dios le dio, San Pedro se lo bendiga.» Y tantos otros que reflejan una imagen particular de Dios, de la fe, de la vida y de la muerte. Esta «teología popular» —muchas veces «populachera»— supera la «teología oficial» de los magisterios y los púlpitos. En el caso latinoamericano, el refranero resultó ser más impactante que muchos catecismos; esto en términos de la conceptualización de la fe y de las doctrinas. El mismo impacto resulta cierto en el campo, más delicado aún, de los comportamientos éticos, donde el «Cristo criollo» supera en popularidad al Jesús de las Escrituras. Y en el trasfondo de este largo y complejo proceso de formación religiosa y teológica aparecen, junto a otros actores, el hogar como protagonista principal.

El Nuevo Testamento presenta «las casas» (oikos) como espacio predilecto para la predicación y enseñanza de la fe. Lo había sido en el Antiguo Testamento y debía continuar siéndolo en el Nuevo. Jesús, por ejemplo, estando en Betania, en la casa de Simón (Mt 26.6–13; Mr 14.3–9; Jn 12.1–11), recibió el gesto generoso de una mujer que lo ungió con un perfume «de gran precio». En aquel episodio, Jesús refutó a quienes criticaron a la mujer, anunció su sepultura, se refirió al tema de la pobreza en el mundo y mencionó la necesidad de que su evangelio fuera predicado en todas partes. Y todo esto sucedió en una casa. De igual manera, el libro de los Hechos, una y otra vez, se refiere a las casas como centros de formación cristiana: en ellas se celebraba la vida en común (2.46), se producían milagros por parte del Señor (9.17), se enseñaba el significado del evangelio (10.37), se experimentaba el costo del seguimiento (17.15) y se reflexionaba acerca de las implicaciones de la fe para toda la vida (28.30–31). El templo no era el centro educativo; lo eran las casas de los creyentes y así siguió siendo durante los primeros siglos, como lo demuestra Michael Green en su clásico libro sobre La evangelización en la iglesia primitiva.

Es conocido el caso de varios dirigentes de la iglesia del segundo siglo que recibieron su formación básica cristiana en sus hogares: «el obispo Policarpo fue educado en un hogar cristiano, y también lo fue Marción. Dos de los cristianos martirizados con Justino cerca del año 165 d. C. fueron Paenón y Euelpistus. El primero, como réplica a la pregunta del prefecto sobre el lugar donde había aprendido su cristianismo, respondió: «Recibimos esta confesión de nuestros padres». (Green, La evangelización en la iglesia primitiva, Buenos Aires-Grand Rapids: Nueva Creación, 1997, p. 381) En los hogares florecía la fe, pero también se robustecía y se afirmaba.

La formación teológica, entendida como el proceso dinámico de reflexionar la fe y asimilar sus desafíos particulares para cada época y contexto, es una de las necesidades más urgentes de la iglesia latinoamericana. Pasada la euforia del crecimiento numérico —y otras euforias más— le corresponde ahora preguntarse, con pasión misionera y con sentido profético, por su verdadero lugar en la sociedad y en el mundo. Esas respuestas no vendrán por una vía diferente a la de la reflexión teológica (se incluye en ella el estudio concienzudo de las Escrituras, entre otras disciplinas). Pues si bien es cierto que esa reflexión no «salvará» a la iglesia de su irrelevancia social y profética, también lo es que ella no se «salvará» sin una reflexión teológica, seria, comprometida y profunda. Y en este proceso, el hogar debe figurar como actor central. De lo contrario la teología seguirá siendo asunto de intelectuales de la fe que elucubran pensamientos profundos en una isla del saber, atractiva, pero distante.

La propuesta es, por lo tanto, hacer teología desde la cotidianidad. Esto significa pensar la fe en medio de las relaciones interpersonales de cada momento, entre los afanes de la existencia , mientras transcurre la jornada diaria, en el momento cuando surgen las interrogantes y las dudas, en fin, cuando se está fuera del templo pero no fuera de la vida. Y en esta dinámica emocionante de reflexionar mientras se actúa —y sobre lo que se actúa—, el hogar debería ocupar un puesto de honor. Si la teología es inevitable y si todo educa, entonces, la urgente tarea de formar una nueva generación de cristianos, maduros en su fe, profundos en sus convicciones y fieles a su vocación de servicio en el mundo, es también responsabilidad de los hogares. Es cierto, la teología comienza en casa.

El autor es consultor de relaciones eclesiásticas y testimonio cristiano para América Latina y el Caribe de Visión Mundial Internacional. Apuntes Pastorales, todos los derechos reservados.

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