La importancia de la predicación expositiva

Cuando se aborda el tema de la predicación expositiva, éste no deja de ser intimidante, porque ¿quién puede abordar esta cuestión pensando que es un buen predicador o un excelente expositor bíblico? Nos lanzamos a esta aventura con mucha humildad de corazón, pensando que tenemos mucho que aprender y que este artículo es sólo el comienzo.
La importancia de la predicación expositiva

Además creemos que lo que vamos a compartir será de beneficio para aquellos que están haciendo sus primeras armas en este duro oficio de la predicación, y que para los más experimentados será una oportunidad de renovar algunos principios que tendemos a olvidar o a relegar a un segundo plano en el fragor de la batalla.

Comenzaremos con una afirmación: el trabajo de la predicación es uno de los más grandes, altos y gloriosos llamados a que una persona puede aspirar; al mismo tiempo, es la necesidad más grande y urgente en la iglesia cristiana en el día de hoy y, obviamente, también en el mundo.

Con esta afirmación corresponde preguntarnos qué está sucediendo con la predicación en nuestros días. Ciertos profetas modernos alegan que los días de la predicación han terminado. Dicen que éste es un arte moribundo y una forma de comunicación anticuada. Los medios modernos de comunicación la han superado ampliamente; pero lo que es más, ella es incompatible con el humor moderno y las tendencias de nuestra época. Como resultado, la predicación ya no goza de la distinción y el honor que solía tener en el pasado; es evidente que en nuestros días ha sufrido un efecto de depreciación y los héroes de nuestra generación ya no son los predicadores como lo eran antes. La pregunta entonces es: ¿por qué ha sucedido?

Consideremos algunas razones para la depreciación de la predicación. Primero, la influencia de la comunicación masiva. La televisión no es sólo auditiva sino visual, y demanda la participación o atención del oyente. ¿Es la televisión un rival de la predicación? ¿Ha reemplazado esta caja al púlpito en la iglesia? Sin duda la televisión tiene sus grandes ventajas en la comunicación, pero también grandes desventajas. Por ejemplo, no podemos dudar de sus beneficios: permite participar de eventos que por falta de dinero, tiempo o salud estarían excluidos para el hombre de la calle.

¿Cuáles son, entonces, algunas desventajas de la televisión? Primero, es evidente que tiende a hacer perezosas a las personas; el entretenimiento entró a su casa y depende del toque o giro de un botón. Además, condiciona a la gente a ser más reacia a asistir a la iglesia y más sensible a las interrupciones. La segunda es que induce a una persona a no tener una mente crítica; después de un largo día la gente quiere ser entretenida, se contagia de «espectadoritis», las imágenes son más fuertes que los principios y las figuras más poderosas que los argumentos. La tercera razón es que hace a la gente emocionalmente insensible: trae a la pantalla la guerra, el hambre, la pobreza, temblores, diluvios y huracanes, pero hay un límite para el volumen de pena y tragedia que nuestras emociones pueden resistir; entonces decidimos apagar el televisor o continuar mirando sin emociones. En cuarto lugar, convierte a la persona en desordenada moral, aunque esto no significa que súbitamente imita lo sensual o violento. Sin embargo, un estudio hecho en 1977 revela que la violencia en la televisión impele a los televidentes a comportarse en forma diferente. Nuestra comprensión de lo que es normal empieza a modificarse: aceptamos la violencia cuando somos provocados, la promiscuidad sexual cuando somos tentados, y las compras extravagantes cuando nos son ofrecidas, en propagandas u ofertas especiales.

¿Por qué se ha depreciado la predicación? Porque, básicamente, nuestra generación quiere ser entretenida y la predicación es algo «unidimensional». Se dice que es imposible hacer algo significativo en la televisión si solamente se dispone de una cabeza cuya boca habla; debe haber elementos teatrales, caídas de agua, flores, tomas en diferentes ángulos, gráficos, etc. Esto no es más que una demostración de nuestra adaptación a la influencia de la comunicación masiva moderna. Miramos algo durante quince minutos, interrumpidos por dos o tres avisos comerciales sobre diferentes temas, y todo está estimulado de manera visual. Esto crea una generación de personas cada vez menos dispuestas a escuchar a alguien que simplemente habla. La situación se ha trasladado a la iglesia, donde los sermones son cada vez más cortos; en muchas congregaciones ahora la predicación es de sólo quince minutos, mientras la música ocupa dos horas o más.

¿Cuál es la segunda causa de la depreciación de la predicación? La tendencia de la gente a rebelarse contra la autoridad. Este fenómeno no es nuevo; desde la caída del hombre su naturaleza ha sido rebelde: «Por cuanto la mente carnal es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede» (Ro. 8:7). Lo que parece nuevo en esta tendencia es la rebeldía a nivel mundial. De manera que el siglo XX ha sido revolucionario, como lo dicen sus dos guerras mundiales; todas las autoridades han sido desafiadas: la familia, la escuela, la universidad, el estado, la iglesia, la Biblia, Dios y todo lo que tiene sabor a establecimiento, poder o privilegio. Con esta misma tendencia muchos ven en el púlpito un símbolo de autoridad contra el cual hay que rebelarse, y cada uno se sienta a juzgar a los demás, en especial al predicador.

La tercera razón es la nueva orientación psicológica, no sólo de nuestra sociedad sino también entre creyentes. Sucede cuando el predicador enfoca su mensaje con sentimientos o palabras emocionales más que con la verdad. En lugar de tener como objetivo dirigir a los hombres a Dios, la predicación se concentra más bien en los hombres, en el público. Es una predicación que resuelve problemas. El predicador es casi un psicólogo: la preocupación es sacar a la gente de sus problemas, que experimenten más amor, que se sientan realizados, que alcancen una mayor autoestima, éxito, realización personal, etcétera. Todas estas cosas son buenas, pero son llevadas a un extremo donde se pierde el equilibrio apropiado.

Recuerdo que un domingo vino una señora que por muchos años había estado asistiendo a otra iglesia, y comentó que por primera vez en su vida se dio cuenta de que el cristianismo consistía principalmente en honrar a Dios y no tanto en tratar de lograr cosas para uno mismo. Un día con una expresión de euforia dijo: «Nunca en mi vida he estado en un lugar donde Dios sea el centro».

¿Por qué llegó a pensar así esta mujer? Porque el foco de las predicaciones no era Dios, sino el problema personal.

En cuarto lugar se encuentra la falta de claridad de lo que es la predicación misma. La predicación está tan diversificada que es difícil determinar qué es realmente predicación bíblica, y menos aún expositiva. Un pastor después de dos años de ministerio dijo: «Dejé el ministerio porque no tengo más qué decir, y lo que he dicho no sé si es realmente la verdad».

Si usted no tiene confianza o seguridad en lo que va a decir, es porque no sabe cuál es el mensaje; y si no lo sabe, no puede predicar. Cada predicador debería ser un pequeño teólogo. La declinación en la predicación se debe a que nosotros mismos hemos contribuido con nuestro grano de arena.

En quinto lugar hallamos la falta de entrenamiento adecuado. Son pocos los casos de hermanos que salieron del seminario diciendo que realmente habían aprendido a predicar, a relacionar los recursos exegéticos y teológicos en el proceso de la proclamación. Para una gran mayoría ni aun en la escuela bíblica hubo entrenamiento relevante sobre exposición bíblica ni formas de relacionarla con otras disciplinas.

El predicador británico John Stott afirma que hay una parálisis en los dos extremos de la comunicación; por un lado, la parte que habla y, por el otro, la que oye. Un predicador mudo con una congregación sorda presenta una espantosa barrera de comunicación. Los problemas mencionados han debilitado tanto la moral de algunos predicadores, que éstos han llegado a rendirse casi por completo; otros están luchando pero han perdido el entusiasmo. Y todos hemos sido afectados de una manera u otra. Algunos se contentan con presentar «sermoncitos» para «cristianitos»; no tienen el tiempo o el incentivo para la predicación profunda. Otros proyectan una película en sus reuniones y, aunque éste es un buen ministerio, puede llegar a convertirse en un sustituto para hermanos que se han rendido en el proceso de la proclamación. Otros son tan indefinidos teológicamente que dicen cualquier cosa desde el púlpito y abandonan el rol por la presión de las circunstancias.

¿Cómo encarar estos problemas? La solución no está simplemente en contemplarlos, menospreciarlos o ignorarlos; la mejor forma de defensa es el ataque. Esto significa conocer decididamente lo que en verdad es la predicación; vencer los problemas mencionados porque creemos con todo el corazón que la predicación es un mandato bíblico y lo debemos cumplir con una enérgica motivación interna.

Consideremos brevemente la importancia de la predicación. En vista de la tendencia del día de hoy de depreciar la predicación a expensas de otras formas de actividades, debemos comenzar con una premisa: «La predicación es la tarea principal de la iglesia y, en consecuencia, del ministro; todo lo demás es subsidiario y se considera resultado y consecuencia de su práctica». Esta aseveración, que al principio puede parecer demasiado fuerte, está respaldada por las evidencias de la Biblia y demostrada por la historia de la iglesia. Para ser todavía más específicos, la importancia y supremacía de la predicación es primariamente de origen teológico. Consideremos primero la importancia teológica de la predicación; la necesidad del hombre y el remedio que proclama la Biblia.

¿Cuál es la más grande y profunda necesidad del hombre? ¿Es acaso su enfermedad física? ¿Su enfermedad psicológica? ¿Su enfermedad espiritual? ¿Su desorientación, miseria, ansiedad, depresión o quizá temor por el futuro, vacío interior, falta de gozo, infelicidad?

El problema real del hombre, del cual derivan las demás consecuencias, es que es rebelde contra Dios y, por lo tanto, está bajo su ira.

Nos preguntamos: ¿cuál es el diagnóstico bíblico? En Efesios 2:1 vemos la necesidad básica: «Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados». El hombre, diagnosticado bíblicamente, está muerto a los ojos de Dios, al reino espiritual y a la influencia de sus beneficios. Otra forma de decirlo es que está ciego: «Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios» (2 Co. 4:3, 4). El hombre está muerto y ciego, en tinieblas.

De acuerdo al diagnóstico bíblico, la enfermedad física, la ansiedad, la depresión, la infelicidad y todas las otras cosas que perturban al hombre son simplemente resultados y consecuencia de la caída del hombre; son síntomas de una enfermedad básica: su rebeldía contra Dios y la consecuencia de encontrarse bajo la ira divina.

El remedio bíblico para la más grande necesidad del hombre es eliminar la ignorancia (Hch. 17:23), y llevarlo al conocimiento de la verdad (1 Ti. 2:4) para reconciliarlo con Dios (2 Co. 5:19). La principal tarea de la iglesia y del siervo de Dios es tratar con esta ignorancia. En consecuencia, la predicación adquiere relevancia y se convierte en una tarea irreemplazable. «Os llamó de las tinieblas a su luz admirable» (1 P. 2:9). «No he rehuido anunciaros todo el consejo de Dios» (Hch. 20:27).

Conclusión

¿Cuál es el propósito de la predicación? En el momento en que somos conscientes de la real necesidad del hombre y conocemos el remedio de Dios, resulta obvio que solamente aquellos que poseen este conocimiento pueden impartir este mensaje a los que lo ignoran, y que la tarea principal de la iglesia y de los siervos de Dios es la predicación.

¿Cuál es el énfasis contemporáneo? La falacia del pensamiento de muchas iglesias en el presente es creer que la función de la iglesia es, en el aspecto físico, aliviar al hombre de sus dolores, enfermedades, achaques y decadencia; en el aspecto psicológico, sacarlo de sus ansiedades, depresiones y falta de autoestima, mejorándolo espiritualmente de sus temores por el futuro, falta de gozo e infelicidad. Todo esto es positivo y correcto; sin embargo, el resultado es que haciendo todas estas cosas no estamos dando más que paliativos, alivio temporal, mientras que estamos dejando el problema primario sin resolver.

Si estas cosas se transforman en el énfasis de nuestro ministerio y en la tarea principal de nuestra iglesia, se pueden convertir en negativas y hasta dañinas.

Una amiga nuestra en Buenos Aires padecía de fuertes dolores de cabeza. Fue al médico, quien después de examinarla cuidadosamente no encontró nada serio en ella y le recetó unos calmantes más fuertes que los que estaba tomando por su cuenta. El dolor de cabeza desapareció; ella quedó contenta y el médico también. Al poco tiempo los dolores reaparecieron con mayor intensidad y cubrían también parte del oído. Decidió ir a otro médico, quien detectó que podía ser algo en el cerebro. Un examen más minucioso reveló la presencia de cáncer cerebral; la sometieron a radiaciones, pero el tumor estaba demasiado desarrollado y en pocos meses murió. No podemos decir que recetar un calmante para un síntoma como éste sea malo, pero en este caso resultó ser un acto criminal. Si removemos los síntomas antes de descubrir su causa, más bien estamos haciendo un daño a la persona, porque le estamos dando un alivio temporal que le hace pensar que está bien.

Lamentablemente, éste es el énfasis de nuestra iglesia contemporánea; primero, la sociedad le da al hombre moderno mejores salarios, autos, casas, mejores placeres, radio, y televisión. Esto es lo que persuade al hombre a pensar que todo está bien, y temporariamente se siente feliz. Por otro lado, la iglesia le da cuidado de niños, actividades sociales, consejería, sanidad, principios psicológicos, y el resultado es un efecto de drogadicción. Todas estas cosas, sin ser malas, se transforman en dañinas, porque al producir un efecto sedativo ocultan la realidad del verdadero problema.

La predicación es la tarea principal de la iglesia y, en consecuencia, del ministerio en la misma. Su función primaria no es hacer al hombre mejor de lo que es ni educarlo, sanarlo físicamente, curarlo psicológicamente, o hacerlo feliz. La función principal es ponerlo en una correcta relación con Dios; en otras palabras, reconciliarlo con Él. Lo extraordinario es que cuando la iglesia cumple con su función primaria, consecuentemente hace que el hombre sea mejor, lo educa, cura sus problemas psicológicos, y contribuye a que sea más feliz.

Daniel Lozano, argentino, es pastor de una pujante iglesia en Glendora, California.

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