La predicación que pone barreras al avivamiento

El arrepentimiento siempre debe comenzar dentro de la casa de Dios. Sin lugar a dudas, el mejor lugar para empezar es entre nosotros, los predicadores. Examinemos algunos de los errores en la predicación que ponen barreras al avivamiento.
La predicación que pone barreras al avivamiento

La predicación centrada en el ser humano. Todos nosotros, por nuestra naturaleza humana, nos amamos a nosotros mismos más que a Dios, y amamos al pecado más que a la justicia. La verdadera predicación del evangelio hace evidente la maldad de centrarse en sí mismo y llama a los oyentes a una verdadera conversión. Sólo por medio de una genuina conversión cristiana puede ocurrir un verdadero cambio de corazón y de estilo de vida, haciendo posible que obedezcamos los grandes mandamientos de Cristo: amar a Dios con todo el corazón, el alma, la mente y las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo (Mr. 12:29-31).

La predicación centrada en el hombre no puede resultar en conversión total. Lamentablemente, la predicación común se enfoca hacia las necesidades percibidas, las que generalmente son dramáticamente diferentes de las necesidades verdaderas. Por ejemplo, muchos de los que piden a gritos ser aceptados, lo que realmente necesitan es arrepentimiento, y las multitudes que vienen a la iglesia para recibir consuelo deben ser sacudidas severamente y despertadas para que salgan de su sueño letal.

En un día en que las multitudes han oído demasiado sobre al amor propio, la predicación centrada en el ser humano solamente fortalece a los mismos en su perdición. Esta clase de predicación bien puede agregar un aspecto religioso a su vida, aun una apariencia de fe a la cual se aferra vanamente, pero no trae a los oyentes a una relación de salvación con Jesucristo.

Todo predicador está en peligro de decir a su congregación lo que ellos desean oír. Los motivos para esto son muchos, incluyendo un salario mejor, más aplauso, y una vida más fácil. Si el predicador ha sido llamado por hombres, les puede decir sinceramente lo que desean oír, pero ¿qué si ha sido llamado por Dios? ¿Cómo puede atreverse a hablar menos que toda la verdad de Dios?

Todo avivamiento verdadero constituye un retorno de las personas a Dios. Por ello, toda predicación que no está centrada en Dios —que no levanta y exalta al Dios de la Biblia por sobre lo demás, llamando a todos a que regresen a Él— resultará ser una barrera para el avivamiento. Que Dios nos libre de esta traba.

La predicación tímida. ¿Qué les ha sucedido a los predicadores valientes, cuyas severas denuncias del pecado y sus advertencias impresionantes de la condenación por venir, sacudían al mundo? ¿Somos una cultura demasiado avanzada para ser afectada por los profetas de Dios, o es que los hombres que pensamos que son llamados por Dios son demasiado tímidos para decir la verdad?

Tomemos el ejemplo de Daniel. ¿Está usted preparado para afrontar su cueva de leones sin temor? ¿Está de parte de Dios, valientemente, aunque esté solo? ¿Sus propósitos están firmes? Aquellos que lo conocen, ¿saben sin lugar a dudas acerca de su compromiso? ¿Se atreve a enfrentar a los no regenerados en su congregación, llamándolos al arrepentimiento y a la fe, aun cuando estén tratando de que usted se vaya? ¿Se atreve a insistir en que los ricos y prestigiosos deben seguir el mismo camino de someterse a Cristo que los más pobres? ¿Se atreve a predicar contra los pecados favoritos de su congregación, o es su predicación atractiva y aceptable para los que odian a Dios? ¿Se atreve a vivir una vida de simplicidad piadosa y de santidad abierta para que el mundo la observe? ¿Es la valentía de Daniel la que caracteriza sus devocionales diarios? ¿Es el coraje de Cristo propio de su caminar como cristiano? ¿Es la pasión sin temor de Pedro característica del poder de su predicación? Los cristianos sin valentía son una contradicción extraña y patética, y una constante traba para el avivamiento.

La predicación que invoca fuegos extraños. En Levítico 10 se cuenta la historia perturbadora sobre Nadab y Abiú que introdujeron «fuegos extraños» al medio de la obra de Dios. Este incidente ocurrió en el momento de la inauguración del sacerdocio aarónico y en el tiempo en que salió fuego de la presencia de Dios para consumir el sacrificio. Alentados por su propio orgullo y su falta de autocontrol, estos hermanos ofendieron gravemente al Señor con sus «fuegos extraños» y ellos mismos fueron consumidos por fuego proveniente de la misma fuente que el que quemó el sacrificio.

Los «fuegos extraños» representan los actos y las actividades de las personas en el ministerio que salen de sus propios corazones orgullosos y de sus espíritus indisciplinados. El servicio y la adoración a Dios deben estar bajo el control y la autoridad de Dios mismo. Las Escrituras guían y gobiernan la vida y el ministerio de la iglesia en todos sus aspectos. Dios ha hablado y los hombres no están en libertad de introducir sus propias ideas y costumbres a su obra. Los verdaderos hombres de Dios pasan su tiempo y energía buscando y siguiendo los deseos de Dios como Él los ha revelado en la Biblia.

Cada acto arrogante en la iglesia es una traba para el avivamiento. Puede ser que Dios no envíe su fuego a consumir a estos hombres, pero cuánto mejor sería para ellos que se arrepintieran y volvieran al Señor ahora.

La predicación que exalta al que predica. Algunos predicadores aman las palabras y frases complicadas y específicas más que la verdad divina, y la simetría de sus sermones más que el bienestar de sus oyentes. Qué tragedia que la predicación, que fue instituida por Dios como medio de salvación para los oyentes que tuvieran fe, resulte ser una de las mayores barreras al progreso del evangelio y un gran obstáculo para el avivamiento.

Ciertamente hay belleza en las palabras cuidadosamente ordenadas —las bienaventuranzas del Sermón del Monte son un ejemplo maravilloso de esto, así como también lo es el capítulo sobre el amor de 1Corintios 13— pero la belleza se convierte en algo horrible cuando el motivo es impresionar a los hombres en lugar de dar gloria a Dios.

La manera en que usted prepara un sermón ¿pone trabas al avivamiento? ¿Qué recibe más atención: sus palabras y frases, o la oración pidiendo la unción del Espíritu Santo? ¿Cuál es su énfasis principal: que su audiencia disfrute el mensaje y alabe al predicador, o que el pecador llore lágrimas de contrición y arrepentimiento? ¿Qué busca su corazón: el placer de saber que su sermón fue especialmente bueno, o el gozo de ver que los oyentes han sido radicalmente cambiados por la verdad de Dios?

La predicación que no es doctrinal. Una ola de ignorancia bíblica ha visitado a la iglesia contemporánea. Causa importante de esta ola son los predicadores que erróneamente desprecian la doctrina en la predicación y cuyos labios no santificados dicen cosas tales como: «¡No predique doctrina! ¡Divide!» ¡Por supuesto que divide! ¡Nunca fue el plan de Dios tener más cabras que ovejas en su rebaño! Sin embargo, eso es precisamente lo que ha sucedido en muchísimas iglesias.

Mientras las Escrituras indican claramente que siempre habrá algunas malas hierbas en el campo de cultivo, y que habrá algunas cabras entre las ovejas, la figura bíblica no representa la realidad que prevalece en el día de hoy. Actualmente, en cambio, las malas hierbas son más numerosas que el trigo y los cabritos son más comunes que las ovejas.

El resultado directo de la predicación sin doctrina es que millones de personas que van a la iglesia creen que son cristianos en base a lo que han hecho, y en una época más cuerda su proclamación de fe sería denunciada como, ni más ni menos, una aceptación intelectual.

Que se avergüence el predicador que no puede predicar sobre la soberanía de Dios, la depravación del hombre, la ira del Todopoderoso, la condenación eterna del no creyente, la expiación de Cristo, la necesidad imperativa de la regeneración, la justificación de los pecadores por la fe verdadera, y todas las otras doctrinas de la palabra de Dios que nos hacen pensar y nos demuestran nuestra culpa.

La predicación que es irrelevante o de pocos resultados. En los últimos veinte años la sociedad ha cambiado radicalmente. Mi predicación también. Cuando empecé a predicar, la gente sabía que había un Dios suficientemente grande como para haberlos creado, que tenía la autoridad para darles órdenes sobre sus vidas y controlar sus futuros. Hoy hay multitudes que dicen creer en Dios y no saben casi nada sobre el Dios de la Biblia. Frecuentemente adoran y sirven a un dios que no es más grande que sus propias imaginaciones.

Jesús nos enseñó que «no son los sanos los que necesitan un médico, sino los enfermos» (Mt. 9:12). Antes de predicar la gracia que sana debemos predicar la ley, haciendo posible que la gente sienta su enfermedad. Predicar la gracia a los que nunca han sentido culpa es una infracción grave contra los caminos de Dios. Predicar la verdad que no puede ser apreciada y recibida por los oyentes siempre es un impedimento al despertar espiritual.

La predicación carente de autoridad. ¿Cómo puede leer uno sobre la vida de Jesús sin darse cuenta de la autoridad con que Él conducía su ministerio? La misma autoridad esencial es evidente en los ministerios de los hombres del tiempo del Nuevo Testamento. ¿Es tal autoridad un don especial para Jesús y los primeros apóstoles, pero no para el tiempo actual? ¡Por cierto que no! Hay hombres con autoridad tanto hoy en día como en todas las generaciones pasadas, pero ¿por qué algunos hablan con autoridad y otros sin hacer impacto alguno?

¿Puede un hombre llamado por sí mismo predicar con la misma autoridad que un predicador llamado por Dios?

¿Puede un hombre, cuya conciencia lo condena por un pecado secreto en su vida, predicar con la misma autoridad que otro cuya conciencia está limpia? (1 Jn. 3:21-22).

Todos tenemos que enfrentar el hecho de que, en el ministerio, hay hombres llamados por sí mismos. Tal vez posean buenas intenciones, pero su trabajo será diferente del de aquellos que son llamados por Dios. Nadie que escuche su predicación debería sorprenderse de su falta de autoridad.

Mientras algunos quisieran ignorar esto, son muchos los hombres que están en el ministerio, cuyas vidas están teñidas por malos deseos no vencidos y por pecados que los dominan. Es totalmente imposible para un hombre que rechaza el mandamiento de Dios: «Sed santos como yo soy santo» (1 Pe. 1:16), predicar con autoridad divina. En todas partes hay iglesias debilitadas y cristianos que viven una vida de fracaso, afligidos por los ministerios de estos predicadores.

Los predicadores tratan con los asuntos más significativos que los seres mortales tienen que enfrentar: asuntos de vida y muerte, de esperanza y destrucción, de salvación y de condenación eternas. Sin embargo, frecuentemente tratan estos aspectos sagrados con poco entusiasmo y pasión.

En 2 Pedro 1, el apóstol habla de aplicar toda diligencia a nuestra fe aplicando «excelencia moral», «poder moral» o «energía moral». La fe debe ser complementada por la pasión.

Quienes oyen la predicación tienen el derecho de estar seguros de que el predicador está moralmente convencido de lo que dice, que lo cree con todo su corazón, y que es sumamente importante. Si el oyente tiene motivo para dudar de la sinceridad del predicador, sus dudas sobre el mensaje predicado se fortalecen.

La predicación sin poder. Muchas congregaciones están condenadas a escuchar a un predicador sin poder, uno que nunca parece ser tocado por el fuego de Dios.

Para algunos se trata de un asunto muy práctico: están demasiado ocupados para buscar el poder del Espíritu Santo en sus ministerios. Recibir el poder de Dios lleva tiempo. Está relacionado con sesiones largas de oración y de buscar a Dios. El verdadero poder del Espíritu Santo no es algo que uno siempre posee luego de haberlo recibido una vez, sino que debe ser buscado en forma fresca en conexión con cada oportunidad de servicio. ¡Oh, la tragedia de aquellos demasiado ocupados para buscar a Dios!

Para muchos otros se debe a un problema moral: están demasiado ocupados para permitir que la influencia profunda y misericordiosa del Espíritu Santo obre a través de ellos. Fue Job quien observó: «El limpio de manos aumentará la fuerza» (Job 17:9). Lo opuesto también es cierto: las manos sucias siempre roban a los hombres el poder. Qué triste es que las multitudes escuchen, semana tras semana, a hombres sin poder, con manos y corazones sucios.

La predicación que sana superficialmente. En Jeremías el Señor se lamenta: «Porque desde el más chico de ellos hasta el más grande, cada uno sigue la avaricia; y desde el profeta hasta el sacerdote, todos son engañadores. Y curan la herida de mi pueblo con liviandad, diciendo: Paz, paz; y no hay paz» (Jr. 6:13, 14). Estas palabras ciertamente son veraces hoy y su aplicación es muy evidente. Por avaricia, ya se trate de amor al dinero, al poder, a la popularidad, a los eventos multitudinarios, o al éxito, desde el profeta hasta el sacerdote están tratando con falsedad y declarando sanas a personas que todavía están fatalmente enfermas.

Piense en una persona que se está muriendo de cáncer, pero ha tenido miedo de buscar asistencia médica. Imagínese que su familia y sus amigos finalmente lo convencen, hacen una cita, y lo llevan al médico. Debido a su debilidad, necesita ayuda para salir del automóvil y caminar al consultorio, pero finalmente se queda sin fuerzas a la entrada del edificio, y se cae sobre unos rosales, cuyas espinas lo lastiman en las manos, los brazos y la cara. Cuando el médico lo ve, se ocupa de tratar las heridas que le causaron las espinas, mandándolo de regreso a su casa y asegurándole que todo está bien, mientras que es el cáncer lo que lo está matando, no los rosales.

Una gran parte de la predicación de hoy trata solamente las heridas superficiales. Millones han sido declarados sanos mientras que, en realidad, se están muriendo del cáncer del pecado.

¿Lamenta el Señor Dios omnipotente la falsa naturaleza sanadora de su ministerio? ¿Es una barrera para el avivamiento en su vida y en su iglesia?

La predicación que no solicita respuesta o pide una respuesta falsa. Los predicadores deben tener cuidado con dos extremos: por un lado, nunca pedir una respuesta al mensaje y, por otro, la idea de que una respuesta externa inmediata a una predicación siempre resultará en salvación eterna.

Mucha predicación no parece tener un objetivo. Si hay algo que los oyentes deberían hacer en respuesta, no se menciona qué debería ser. En este caso, uno tiene que preguntarse si en realidad esto es predicación. Debemos enfrentar una verdad solemne: la predicación que no solicita respuesta y tampoco dirige a las personas hacia una aplicación correcta del mensaje es una verdadera traba para el avivamiento.

Esta traba es igualmente grande cuando se pone demasiada confianza en las respuestas públicas. No cuestionamos el hecho de que el Espíritu Santo no sea suficientemente poderoso para transformar a una persona total y permanentemente en respuesta inmediata a la verdad. Sin embargo, ésta no es la forma en que el Él generalmente obra. En el ministerio de Jesús, la mayor parte de las respuestas duraderas vino después de varios años de discipulado. Las menciones de personas que, en un momento dado, resultaron expuestas a parte de la verdad y finalmente fueron salvas son pocas. Lo que estoy enfatizando es el aspecto de «parte de la verdad». La mayoría de los sermones de hoy son tan superficiales que casi cualquier verdad tiene que ser comunicada en forma incompleta. Seguramente había sabiduría en la antigua práctica de los predicadores itinerantes de predicar por varios días, aun semanas, antes de solicitar una respuesta a la congregación.

Un factor que contribuye a la declinación moral y espiritual de esta generación es el impacto negativo de las vidas inconsistentes de millones que profesan ser cristianos y que nunca han sido realmente transformados por el Espíritu Santo. También existe un gran énfasis en buscar respuestas prematuras. Este último es un problema que todo predicador puede corregir con amor inmediatamente.

Nosotros, los que predicamos, no necesitamos buscar las barreras al avivamiento en las vidas de otros hasta que no hayamos eliminado primero todas las trabas en nuestras propias vidas y ministerios. Comprometámonos juntos a cambiar lo que debamos cambiar.

¿Pero qué de aquellos que no han sido llamados a predicar? ¿Hay alguna manera en que usted haya contribuido a formar esta traba? ¿Se arrepentiría si así fuera? Entonces, comprométase a orar para que todos los predicadores que usted conoce superen estas barreras. Agregue a sus oraciones cualquier ayuda y aliento que le sea posible. Juntos, con la ayuda de Dios, estas barreras pueden ser removidas.

Richard Owen Roberts ha tenido durante muchos años un ministerio itinerante con énfasis en avivamiento, y ha escrito, editado y publicado numerosos libros y folletos sobre este tema. Es miembro de la junta directiva de Awakening Ministries, Inc., en la que se desempeña como presidente.

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