La hermosura de tu aceite

¿Qué haría usted si al enviudar un acreedor le amenaza con quitarle a sus hijos si no paga la deuda que tiene? Venga y descubra junto con el autor un hermoso milagro que trajo consuelo en el luto y paz en la angustia a una viuda desesperada y seguridad a sus dos niños.
La hermosura de tu aceite

2 Reyes 4.1–7

El prestigio de Eliseo se afirmó notablemente como consecuencia de su intercesión delante de Dios con respecto a los tres reyes que lucharon en contra de Moab y el consiguiente cumplimiento de la palabra de Dios («Jehová ha dicho así») en este evento internacional. Sin embargo, esta autoridad y jerarquía adquirida por su humildad y fidelidad hacia Dios, no fueron motivo para no estar dispuesto a atender a una viuda necesitada y aparentemente desconocida. De la resonancia de su intervención en el plano internacional pasamos a un relato donde le vemos solícito para resolver un conmovedor problema doméstico de un humilde y desgarrado hogar.

Uno de los hijos de los profetas había fallecido, doloroso drama que con frecuencia nos toca vivir. A veces sentimos una profunda impresión y lamento por la repentina partida a la patria celestial de un siervo del Señor que estaba, según nuestra mejor apreciación, en el apogeo de su ministerio. A veces pareciera que el método empleado en tiempos de Gedeón, de reducir las fuerzas de su ejército en lugar de aumentarlas, sigue siendo aplicado por el Señor en nuestros días. El es el Señor de la mies y el Señor de los obreros y sabe cuál es el momento más conveniente para llamarles a la patria celestial. Es evidente que las comunidades de profetas no eran órdenes monásticas pues no practicaban el celibato, de modo que los miembros tenían casa, esposas y familia.

La viuda no se quejó con Eliseo acerca de la prematura muerte de su esposo, pero sí le pidió ayuda para mitigar la situación que su muerte había producido. Le recuerda a Eliseo que su esposo «era temeroso de Jehová», y es lógico suponer que Eliseo, el ahora reconocido líder de los profetas, le hubiera conocido. Por falta de recursos la viuda había incurrido en deudas, y su acreedor amenazaba con tomar dos de sus hijos por esclavos suyos en pago de la deuda. Esto nos hace ver el alejamiento de la ley de Jehová que prevalecía en Israel pues Dios había dispuesto una legislación muy clara y justa para la protección de viudas y huérfanos. En Éxodo 22.22–24 dice: «A ninguna viuda ni huérfano afligiréis. Porque si tú llegas a afligirles, y ellos clamaren a mí, ciertamente oiré yo su clamor, y mi furor se encenderá, y os mataré a espada, y vuestras mujeres serán viudas y huérfanos vuestros hijos». ¡A qué grado de iniquidad había llegado el acreedor de la viuda, como para ignorar esta solemne y terrible advertencia! En Deuteronomio 24.17, la ley establecía: «No torcerás el derecho del extranjero ni del huérfano, ni tomarás en prenda la ropa de la viuda». Este hombre excedía con creces la prohibición pues no exigía en prenda la ropa de la viuda, sino que quería llevarse nada menos que a sus dos hijos como esclavos. Este abuso de la debilidad y necesidad de las viudas se remontaba aun hasta los tiempos de Job. En su libro él denuncia que los hombres «traspasan los linderos, roban los ganados... se llevan el asno de los huérfanos y toman en prenda el buey de la viuda» (Job 24.2,3).

En la época de Isaías las causas de las viudas eran ignoradas y, como profeta de Dios, él debe denunciar a los gobernantes de Jerusalén diciendo: «Tus príncipes, prevaricadores y compañeros de ladrones; todos aman el soborno, y van tras las recompensas; no hacen justicia al huérfano, ni llega a ellos la causa de la viuda» (1.23). Más adelante advierte: «¡Ay de los que dictan leyes injustas, y prescriben tiranía, para apartar del juicio a los pobres...para despojar a las viudas y robar a los huérfanos» (10.1,2).

Eliseo debe hacer frente a un caso concreto de esta realidad. Los hombres explotan a los hombres y particularmente abusan de su debilidad, pero el hombre de Dios es sensible a estas injusticias y está pronto a actuar en favor del oprimido. Al hacerlo no hace más que reflejar el carácter y la misericordia de Dios que, a través de años de comunión y capacitación, habían marcado profundamente su ser interior. De acuerdo al Antiguo Testamento, las viudas eran objetos especiales del tierno cuidado y la misericordia de Dios. «Padre de huérfanos y defensor de viudas es Dios en su santa morada» (Sal 68.5). «Jehová guarda a los extranjeros; al huérfano y a la viuda sostiene» (Sal 146.9). «Jehová...afirmará la casa de la viuda» (Pr 15.25). «Deja tus huérfanos, yo los criaré; y en mí confiarán tus viudas» (Jer 49.11). De la misma manera la iglesia primitiva se ocupaba de suministrar diariamente a las viudas necesitadas (Hch 6.1–6). Es a este Dios tierno y compasivo que Eliseo fue llamado a servir y reflejar.

Ahora observemos cómo estas promesas preciosas se cumplen en el caso de esta mujer, la viuda del profeta estudiante, que apeló a Eliseo. La pregunta: «¿Qué te haré yo?» (2 Re 4.2) tiene una más feliz traducción en la versión RV-95 que dice: «¿Qué puedo hacer yo por ti?» (Ver también DHH, BJ y NBE). Así expresa Eliseo su condolencia y su genuino deseo de ayudarle. Hay varias lecciones espirituales en este emotivo relato y las señalaremos para nuestra edificación.

El fundamento para nuestras peticiones

La viuda fundó su pedido de auxilio a Eliseo en la piedad de su extinto esposo. Bien dijo David: «Joven fui, y he envejecido, y no he visto justo desamparado ni su descendencia que mendigue pan» (Sal 37.25). Sin embargo, la ley misma de Jehová, el carácter misericordioso de Dios, y sus propias preciosas promesas, como hemos visto en los párrafos anteriores, dan una base mucho más sólida, incluso a un pedido de esta índole. Muchas veces, como creyentes, nos encontramos apelando al Señor en base al mérito de las circunstancias y situaciones que nos aquejan. Tendremos más confianza y santa osadía si podemos apoyar nuestro ruego en la Palabra del Señor, los atributos de Dios y sus benditas promesas.

Dios emplea nuestras cosas pequeñas

Para traer alivio a la tan angustiante situación de la viuda, Eliseo emplea algo que la viuda tenía («Dime qué tienes en tu casa», 2 Re 4.2, RV-95). Dios puede y hace milagros de la nada, pero su procedimiento normal es el de utilizar algo, a veces muy insignificante, aumentándolo y multiplicándolo. Fue así como en tiempos de Moisés utilizó su vara, sólo una vara seca, sin vida, inmóvil. En Caná el Señor Jesús empleó agua común para proveerles de vino de muy buena calidad. Para alimentar a los cinco mil empleó los cinco panes de cebada y los pececillos que tenía un muchacho (Jn 6.9).

La viuda respondió a Eliseo: «Tu sierva ninguna cosa tiene en casa, sino una vasija de aceite». Tan sólo un «jarrito» según DHH y «una botella» según NBE. Esto tan insignificante es lo que Dios emplea a través de Eliseo para traer el ansiado alivio. No importa qué es lo que tengamos, sea una vara seca, un poco de agua, unos pocos panes o un jarrito de aceite, cuando lo entregamos en las manos del Señor se produce el milagro y viene la respuesta. A Dios le complace tomar nuestras cosas pequeñas y realizar grandes proezas. Con frecuencia, como creyentes, pedimos grandes cosas de Dios, pero retenemos quizá para nosotros aquellas cosas pequeñas que él quiere ver entregadas y rendidas en sus manos.

La provisión está limitada por la capacidad de contención

A continuación Eliseo instruye a la viuda sobre el procedimiento a seguir. Debía tomar prestado de todos sus vecinos la mayor cantidad posible de vasijas vacías (2 Re 4.3 - «No pocas»; RV-95: «Todas las que puedas conseguir»). Luego debía encerrarse en su casa con sus hijos, y echar aceite en todas las vasijas. Cada vez que una estaba llena, la debía poner aparte. La mujer obedeció y lo hizo así. Cuando se encerró con sus hijos fue echando aceite en las vasijas y a medida que se llenaban, las ponían aparte. ¡Cuál habrá sido el asombro de la viuda y sus queridos hijos al ver que del pequeño jarrito el aceite salía en forma incesante, llenando una tinaja tras otra. La emoción, sin duda, sólo era controlada por la continuidad del milagro. Cuando todas estaban llenas, ante su pedido de que se le acercara otra vasija, su hijo le contestó: «No hay más vasijas». En ese momento cesó el fluir del aceite. Esta es una hermosa ilustración de lo que es la vida en el Espíritu. El mandamiento de Efesios 5.18 es: «Sed llenos del Espíritu». Él quiere llenar todo nuestro ser interior y la única limitación a esta plenitud es nuestra escasa capacidad para contener. Debiéramos reflexionar seriamente sobre este aspecto de nuestras vidas. A menudo oímos o decimos: «Señor, lléname de tu Espíritu», pero el problema es que guardamos cosas en nuestro ser interior que ocupan, de tal manera, las distintas áreas de nuestra vida, que no hay lugar disponible para que él pueda llenarnos. ¡Estamos llenos de nosotros mismos, o de lo que a nosotros nos gusta! El problema no radica en falta de disposición por parte del Espíritu, sino en falta de capacidad para contener de parte nuestra.

Con una mezcla de asombro, alegría y emoción, la viuda vino «y lo contó al varón de Dios» (2 Re 4.7). Eliseo, con toda naturalidad, como si lo que le había ocurrido a la viuda fuese lo más lógico del mundo, le dijo: «Vé y vende el aceite y paga a tus acreedores".». De esta manera su petición había sido satisfecha. No se llevarían a sus hijos del hogar para trabajar como esclavos, sino que se quedarían con ella para consolarla en su dolor y paulatinamente llenar el gran vacío que había dejado su esposo.

Dios provee más abundantemente de lo que pedimos.

(Hace referencia la capítulo anterior del libro por eso prefiero eliminarlo)

La viuda había pedido auxilio a Eliseo para resolver el problema de un acreedor (2 Re 4.1) que quería llevarse a dos de sus hijos por siervos en cancelación de la deuda que ella había contraído. Dios respondió a su necesidad más apremiante pero además, por medio de la abundante provisión de aceite, podría ahora saldar su deuda con otros acreedores. Nótese que en el versículo 7 el sustantivo está en plural —«paga a tus acreedores».

El apóstol Pablo dice que «Dios es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de los que pedimos, o entendemos» (Ef 3.20). «Mucho más abundantemente» es la frase que mejor describe esta emotiva historia de la viuda y Eliseo pues Dios no sólo proveyó para saldar la deuda del acreedor que quería esclavizar a sus dos hijos, ni tampoco de los demás acreedores. Esto sólo hubiera constituido un alivio momentáneo pues los requerimientos de supervivencia pronto volverían a poner a la viuda en la necesidad de endeudarse nuevamente. La provisión de Dios fue completa. Por medio de la venta del aceite podría saldar sus deudas pasadas y tendría además suficiente para su sustento futuro. «Tú y tus hijos vivid de lo que quede» (2 Re 4.7).

Nuestro Dios es el gran Dador del universo. Se deleita en dar a sus hijos todo lo que requieren. Su «dar» constituye la prueba irrefutable de su amor. «De tal manera amó Dios... que ha dado a su Hijo». Queriendo recalcar esta característica sobresaliente de Dios como el gran Dador, Pablo emplea el siguiente argumento: «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?» (Ro 8.32). «Gracias a Dios por su don inefable» (2 Co 9.15). ¡Gracias, Señor, por tu provisión tan completa en Cristo Jesús!

Tomado y adaptado del libro El profeta Eliseo, Leonardo Hussey, publicado por Desarrollo Cristiano Internacional, 2002. Todos los derechos reservados.

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