El rol del marido en el matrimonio

Serie esacrita por el Hno. Pablo. Carta a Timoteo , número 8
El rol del marido en el matrimonio

Mi querido Timoteo:

Era una de esas noches radiantes como cristal. La luna llena fulguraba en todo su esplendor, dando la impresión de ser un diamante, arrojando sus rayos con tal brillantez que no parecía ser de noche.

Yo acostumbro andar unos tres kilómetros casi todas las noches donde vivo, y esa noche la luna me tenía fascinado. Mientras andaba y contemplaba esa hermosura deslumbrante en los cielos, se me ocurrió algo: Ese diamante, que alumbra con tanta gloria nuestro globo, no es más que una piedra negra, vacía y quemada, que no tiene nada de luz en sí misma. Si no fuera por los rayos del sol que la hacen resplandecer

como llama de fuego, ni siquiera sabríamos que ella existe. Su hermosura consiste en alguna propiedad, oculta en ella, que la hace responder a la luz del sol, y ella relumbra y brilla y emociona y encanta a todos los que la contemplan, pero es una hermosura activada por otro, el sol.

Traigo a cuentas esto, Timoteo, por una analogía muy significativa que existe entre este espectáculo y la relación entre el marido y su esposa. Mi esposa y yo nos casamos el 25 de enero de 1942. Ella era la mujer más hermosa del mundo. Yo la amaba con todo mi corazón, y ella me amaba con la misma intensidad. En los primeros once años de nuestro matrimonio ella me dio cinco hijos, y siempre fue una madre modelo.

Los dos nos entregamos de lleno, en El Salvador, Centro América, al ministerio cristiano. Yo, al principio a lomo de mula, visitaba las iglesias de casi todo el país, animando, evangelizando y trabajando con jóvenes. Ella, a su vez, además de ser la maestra de escuela de nuestros hijos, trabajaba con las mujeres de la iglesia en actividades cristianas para mujeres. Cualquiera diría que éramos la pareja perfecta, pero yo no me estaba dando cuenta de algo que estaba afectando seriamente nuestro matrimonio.

Con mi carácter extrovertido y espontáneo, y con sobrada seguridad en mí mismo, no podía comprender por qué mi esposa sufría tanto con complejo de inferioridad. No sé cuántas veces, en el transcurso de los años, traté de aconsejarla a que creyera en sí misma, que comprendiera que ella no tenía por qué sentirse insegura. Es más, trataba de animarla a que buscara en el Señor confianza propia, y a que reconociera que ella era creación del Dios del universo y que Dios no se equivocaba. Si Dios creía en ella, ella debería creer en sí misma. Pero mientras más trataba de animarla, más se retraía en sí misma y más crecía su complejo de inferioridad.

Aquí, Timoteo, tengo que confesar que, en cuanto a mi relación con mi esposa, yo era el esposo más negligente y estúpido del mundo. Poco a poco irás viendo lo que quiero decir.

Habiendo nacido y sido criado en Puerto Rico, ciertos elementos de la cultura latina se hicieron míos. Yo era, inconscientemente, un «macho» consumado. Esto me constituía en el «jefe» del hogar, el «hombre» de la familia, el «cacique» de mi tribu. Junto con eso, mi formación latina demandaba, también inconscientemente, una «cortesía», una «gentileza», hasta una «amabilidad». Era natural y normal, y en cierto sentido sincera, pero no era más que parte de mi formación cultural.

Mi esposa, por su parte, nacida en Estados Unidos, venía de una familia de trasfondo Amish. Esta es una secta religiosa muy estricta, con fuertes tendencias legalistas, para cuyos adeptos los reproches de otros nada les importa. Y aunque sus padres habían salido de esa secta pocos meses antes de que ella naciera, esa influencia todavía regía su vida familiar. Sus elogios y censuras eran muy escuetos. Ella no veía razón de atenuar sus expresiones. Si se sentía mal, lo reflejaba en sus palabras. Si había tenido algún disgusto, no había por qué ocultarlo. Debo decir que esto no provenía de un corazón odioso u hostil, pues no tenía ninguna intención de herir. Más bien era consecuencia de un trasfondo involuntario que llega a ser parte de la persona.

Es por demás decir que cuando uno se enamora de alguien, especialmente si uno siente que está en la voluntad de Dios, uno no sólo ignora esos detalles de trasfondo y cultura sino que no les da mayor importancia. La emoción del amor es tal que encubre cualquier diferencia posible, y lo que menos hace el enamorado es ponerse a analizar discrepancias y desigualdades.

Estas diferencias entre nosotros comenzaron a crecer, y yo no le di a mi esposa el aprecio que ella merecía, pues no tuve ni la paciencia ni la sabiduría de reconocer que ella era y es el tesoro más grande y más importante de mi vida.

Para comenzar, yo atendía con más atención a mis colegas en el trabajo y en el ministerio que a mi esposa. Cuando emprendimos un ministerio nuevo en 1960 por televisión, nuestra casa era el centro de actividad. En mi estupidez, nunca se me ocurrió preguntarle a Linda si podíamos usar la casa para los ensayos y para el trabajo en general que ese nuevo ministerio involucraba. Si ella se molestaba por algo, yo le daba más atención y razón a mis colegas que a ella.

Un día la hallé tirada en el suelo de uno de nuestros roperos, llorando. ¿Qué hice yo? Cerré la puerta del ropero y me fui, dejándola sola. El recuerdo de esto ahora me atormenta y me avergüenza horriblemente. Durante ese tiempo hubo ocasiones, también, en que me puse de parte de algunos de los que trabajaban conmigo cuando se quejaban de la forma en que mi esposa se expresaba con ellos. Esto, Timoteo, era imperdonable.

Así me porté durante muchos años, hasta que un día, viendo mi matrimonio casi destruido, invité a un conocido nuestro, un psicólogo cristiano, profesor en una universidad cristiana local, a que nos ayudara. Él vino a la casa, escuchó nuestro dilema, y con un solo consejo que me dio, yo pude reconocer lo horrible que eran mis acciones. Estas fueron sus palabras: «Pablo, tu le estás dando más atención y más credibilidad a tus colegas y a tu personal de trabajo, personas que entran y salen de tu vida, que a tu esposa, que no sólo está a tu lado ahora sino que estará a tu lado hasta la muerte.» Esto me sacudió. Desperté en un instante. Sabía que él tenía razón. Pude darme cuenta del horrible error de desatender a mi esposa a favor de otros que estaban fuera de nuestro núcleo matrimonial.

He traído a cuentas, Timoteo, lo del sol extrayendo de la luna su belleza, y la relación que eso tiene con el rol del marido en el matrimonio, porque el marido es la persona que puede sacar a relucir la dulzura y la belleza de su esposa, de modo que ella cobre la confianza en sí misma que desea tener. Por cierto, el marido es la única persona que puede, revalidando a su esposa, realzar su hermosura, su atractivo, su simpatía, su gracia, su gentileza, su nobleza, su generosidad y su amabilidad, y así contribuir a que tenga confianza en sí misma. Debo también decir, en contraste, que el marido es la única persona que puede destruir por completo a su esposa.

¿Cuál ha de ser el papel del marido en el matrimonio?

El apóstol Pablo, en referencia al matrimonio como símbolo de Cristo y su iglesia, dice lo siguiente: «Esposos, amen a sus esposas, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó por ella para hacerla santa. Él la purificó, lavándola con agua mediante la palabra, para presentársela a sí mismo como una iglesia radiante, sin mancha ni arruga ni ninguna otra imperfección, sino santa e intachable.» (Ef 5.25–27, NVI)

Aquí, Timoteo, hay una frase que temo que los esposos hemos desatendido totalmente. Es la frase: «para presentársela a sí mismo». ¿Cómo se aplica esto al matrimonio? Entendamos que todo este pasaje de Efesios 5 es para que veamos, en el matrimonio, el cuadro de Cristo y su iglesia, y para que veamos, en Cristo y su iglesia, cómo debe ser el matrimonio.

He aquí, Timoteo, la aplicación. Es el esposo, quien reforzando y valorizando a su esposa, la estimula a ser una esposa radiante, sin mancha ni arruga, sino bella y pura y santa y virtuosa. Somos nosotros, los maridos, quienes con nuestro cariño, amor, comprensión y atención sacamos a relucir en nuestra querida y bella esposa el tesoro que ella es. La frase «para presentársela a sí mismo» es como si nos obsequiáramos a nosotros mismos el regalo más valioso del mundo. Ella no quiere ser amarga, ni desagradable, ni enojosa, ni poco comunicativa, sino todo lo contrario. Ella desea ser dulce, agradable, risueña, adorable, placentera, sociable y leal. Pero… sólo puede serlo si el esposo, con cariño constante y mostrando fe y confianza en ella, le asegura su amor infinito y eterno, amor que nunca morirá. Cuando él le asegura que los votos que pronunció el día del matrimonio permanecerán hasta el último día de su vida, ella puede tener la tranquilidad de saber, con certeza, que su matrimonio durará «hasta que la muerte los separe».

Concluyo esta carta, mi querido Timoteo, diciéndote que los últimos veintidós años han sido para Linda y para mí una verdadera «luna de miel». Yo fallé al pasar tantos años sin darme cuenta del negligente esposo que era. Desde que recapacité, me he doblegado ante mi dulce esposa muchas veces, pidiéndole perdón, y con el paso del tiempo he podido ganar su confianza.

Lo mismo, Timoteo, puedo asegurarte a ti. Si eres fiel y constante en tu amor y atención a la esposa que Dios te ha dado, tendrás no sólo un matrimonio feliz sino firme, invulnerable e indestructible. Así lo desea Dios, y yo sé que así lo deseas tú.

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1 Comentarios
LAILA PATRICIA DIAZ CDI
Que hermoso y preciso ejemplo el de la luna y el sol, siempre lo había pensado así, hoy es más claro aún, Dios los bendiga por la sabiduría que ha depositado en ustedes. Gracias
Escrito el 10 Junio, 2010
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