Jericó: el reverso de una historia; Tercera parte: Angustia, confusión y… ¡polvo!

Cuando leemos la historia bíblica muchos detalles quedan por fuera y muchas preguntas surgen. Ángel Baronetto, como un verdadero artista, haciendo uso del contexto histórico, de las costumbres de las etnias que habitaban Palestina en el periodo de la conquista de Canaán, nos regala una verdadera pieza literaria en tres partes. Esta puede ser una valiosa herramienta para la enseñanza de la conquista de Jericó. La historia se narra desde la perspectiva de los habitantes de Jericó. En esta tercera y última parte se narra la angustia y confusión que se vivía en la ciudad en los últimos siete días y el terrible fin de Jericó.
Jericó: el reverso de una historia; Tercera parte: Angustia, confusión y… ¡polvo!

Resumen previo:

La ciudad de Jericó comenzó a alarmarse primero por la presencia de dos desconocidos. Estos desaparecieron al poco tiempo, pero la sensación de intranquilidad quedó en la ciudad.

Poco después, a los días, los vigías de la ciudad divisan un pueblo que acampaba del otro lado del Jordán, al que más tarde cruzan «en seco«, ante la atónita mirada de quienes contemplan desde el lado de adentro de los muros.

Aunque los cananeos esperan un ataque, los extraños han instalado su campamento en Gilgal, y allí se quedan a pasar la noche.

Cuando el sol sale al día siguiente, sus rayos oblicuos sorprenden al pueblo de Jericó agotado por el miedo …y por el sueño.

¡Qué mala noche han pasado! Ha sido la peor desde que comenzó la ansiedad desde el primer día en que fueron vistos los dos hombres barbudos.

De los israelitas es poco lo que pueden saber. La distancia no les permite seguir los detalles de los movimientos enemigos. Sin duda han establecido campamento en Gilgal. Las tiendas que se ven instaladas en la llanura son innumerables. Nunca antes, como ahora, habían podido apreciar el elevadísimo número de hombres y mujeres que componen estas tribus errantes. Las carpas se cuenta por millares.

Sin embargo, no distinguen a los ejércitos entre el pueblo. Tampoco pueden imaginar su ubicación ni sus actividades. Los cananeos, cansados y sucios de esperar presas del miedo, casi desearían ver aparecer a los enemigos a permanecer inactivos en la incertidumbre. El desconocimiento magnifica la desesperación.

—¡Demonios de israelitas! ¿Qué harán ahora?

—Es extraño que apenas si se nota actividad en el campamento. ¿Qué estarán tramando?

—Descansarán, tal vez.

—¡Pues hace mucho que descansan!

—Sin duda elaboran algún proyecto para conducir la guerra en contra nuestra.

—¡Sí! No han de demorar en atacarnos. Debemos vigilar constantemente. ¡Día y noche! Hasta puede que avancen protegidos por las sombras de la noche.

Los bosquecillos espesos distribuidos en la llanura pueden ocultar grupos de espías y patrullas de reconocimiento. Sin embargo, todo está en perfecta calma. Ni en el campamento de Israel hay actividad.

—Demasiada calma.

—¿Piensas que nos atacarán hoy?

—¿Y quién podría saberlo? Hoy, mañana, pasado, o en todo caso esta misma noche. Poco sabemos de estas tribus y de su manera de hacer la guerra. Vencieron a Sehón y Og. Pero lo que es peor, cruzaron el mar Bermejo en seco, según cuentan. Y lo mismo hicieron ayer con el Jordán. Y esto lo vimos nosotros mismos.

—Tengo mucho miedo.

—Yo más que tú.

Y transcurre el día sin novedades. No se ha observado en ningún momento gran actividad en Gilgal. ¿Qué estará ocurriendo en el campamento enemigo? ¡Cuánto darían por saberlo! Pero no se arriesgan a salir, ni a enviar espías («Jericó estaba cerrada, bien cerrada, a causa de los hijos de Israel; nadie entraba ni salía«, Jos. 6.1).

Y esa noche continúan velando. Los vigías …y muchos del pueblo.

Y el siguiente día igual, con su correspondiente noche. Y otro día. Y otro más.

Los capitanes Moc y Heveán se encuentran al mediodía en lo alto del muro. Están extenuados. Muy sucios. Los cabellos duros y grasientos. Han dormido bien poco en estas cuatro jornadas. Y casi no han comido. No por falta de alimento ni de oportunidad, sino por exceso de nerviosismo.

—Hoy han cambiado las cosas, Heveán. Se mueven mucho allá en Gilgal.

—¡Sí! ¡Han salido a cosechar nuestro grano! He podido ver a multitudes desparramadas por los sembrados y volver cargados con las gavillas de trigo y cebada.

—¡Qué bueno estaba el trigo este año! Las espigas eran macizas y llenas. Se inclinaban los tallos por el peso.

—Hemos trabajado para nuestros enemigos, Moc. Pero ojalá tomaran todos nuestros granos, y los dátiles y los olivos y los higos …¡y se fueran!

—¿Crees que podría ocurrir esto, acaso?

—No, no lo creo.

—¿Y si pactáramos con ellos?

—Ellos no pactan.

—¿Y si enviáramos a nuestras más hermosas sacerdotisas de Astarté para que los sedujeran?

—Ya lo intentaron los madianitas y fracasaron.

—¿Entonces?

—Nos destruirán sin remedio.

Moc y Heveán siguen escrutando el horizonte.

—Si se dedican ahora a levantar la cosecha, no nos han de atacar mientras tanto.

—Les sobra gente para realizar el trabajo, y soldados para hacernos la guerra.

—Tengo hambre. Procuremos alguna comida en aquella casa sobre la muralla.

—¿Cuál dices?

—Esa que tiene la cuerda roja.

—¡Ah! Es la casa de Rahab, ¿recuerdas? Allí parece que se hospedaron los espías. Ella siempre tiene algo para cualquier hombre. Vamos y saquémosle comida.

—Es cierto. Vamos.

Y allí se dirigen los capitanes. Caminan desganados, casi arrastrando los pies. Mientras dan órdenes a los soldados, los que no se apresuran en obedecer. Traer mas leña, renovar el betún de aquel caldero, verificar el acopio de proyectiles, vigilar. Sobre todo eso, vigilar.

Termina el día sin novedad, y comienza otra noche larga. La incertidumbre sigue minando su interior. La inactividad en Gilgal los enerva. Tienen sueño, hambre y están sucios. Pero duermen poco, apenas comen y no se lavan. Los residuos y desperdicios amontonados en las estrechas callejuelas se descomponen. Hay olores pestilentes. Las moscas se multiplican en los basurales improvisados, obligados a tener todos los desechos dentro de la ciudad por mantenerla completamente cerrada. Por eso las moscas zumban por millares en todas partes. Aun de noche resultan molestas.

La luz de un nuevo día les permite estudiar otra vez el campo enemigo. Nuevamente hay gran actividad en Gilgal. Los israelitas continúan levantando la cosecha. No se divisan siquiera, desde los puestos elevados de observación en la muralla, movimientos que denuncien preparativos belicosos. Los israelitas parecen ignorar por completo a los de Jericó. Y eso es muy intranquilizante. Si no fuera por aquellos espías…

Pero ese mismo atardecer creen ver algunos signos sospechosos. No hay duda de que los israelitas no los ignoran. De algunas altas palmeras están los espías estudiando a Jericó. Pueden ver con claridad cómo suben a sus más elevadas ramas y observan. También comprueban que se están impartiendo órdenes al pueblo y que grupos numerosos de hombres —que parecen ser del ejército— ocupan posiciones en el campamento.

¿Atacarán esta noche?

El alerta llena a la ciudad. Se renuevan con poco entusiasmo las tareas de la defensa. El pueblo está abatido. Y cansado. Pero cada uno trata de hacer su parte. Aunque la parte de cada uno no es sino esperar.

Y esperan.

Y transcurren las vigilias de otra noche de angustias, sin novedad. El cielo comienza a teñirse de suave tono rojizo en el oriente, cuando…

—¡Luces en Gilgal! —, suena la voz de un centinela. —¡Llama al capitán Moc!

—¡Aquí estoy viniendo soldado! ¿Qué pasa?

—Nunca hemos visto luz en Israel de madrugada. Hay centenares de antorchas. O miles, tal vez.

—¿Hace frío allí arriba?

—Mucho, capitán.

—Allá voy. Tú, llama al capitán Heveán. Y tú, da rápidamente aviso a la casa del rey.

—¡Astarté y Baal sean con nosotros! ¡Asera nos proteja!

A la indecisa luz de la aurora puede verse un inusitado movimiento en el campamento enemigo.

—¿Qué sucede allá? — Es Heveán quien hace la pregunta, al pie del puesto de vigilancia.

—No es fácil saberlo, pero algo sucede. Pienso que se preparan.

—¿Por qué lo dices?

—Y si no, ¿qué harían a estas horas moviéndose tanto?

—Hazme lugar que subo a la torre contigo.

—¡Mira! Ahora que hay más luz puede distinguirse una formación numerosa. Fíjate hacia la izquierda de aquel bosquecillo.

—¡Sí! Deben ser soldados.

—Eso pienso.

Mientras, en Jericó, el pueblo semidormido, despierta alarmado por los gritos de atención que resuenan por todos los ámbitos de la ciudad. Hombres, mujeres, niños, todos corren hacia las murallas. Hablan poco y gritan mucho. La confusión es muy grande. El terror domina todos los ánimos.

—¡Mira Moc! ¡Inician la marcha hacia Jericó!

—Voy a tratar de ordenar la defensa. Aquí está llegando el rey con el capitán de la guardia.

La columna israelita serpentea por la llanura, siguiendo el camino tradicional de los mercaderes. Es una columna larguísima. El final de la misma parece no haber salido aún del campamento, mientras que la cabeza se encuentra ya a un kilómetro escaso de Jericó.

Los cananeos tiemblan. La visión de aquellos soldados barbudos, de piel oscura y aspecto fiero que se acercan, los llena de terror.

—¿Cuál será la táctica?— piensa Heveán a la vista del formidable ejército. Y su respiración es irregular, dificultosa.

—¿Qué harán ahora? — se pregunta Moc, mientras sus rodillas dan una contra la otra.

—¡Ya están aquí!— exclama el rey por lo bajo. …Y cruje los dientes.

Y todos, anhelantes, con los ojos desorbitados, siguen los movimientos de las tribus del desierto que ya están ahí.

Los primeros guerreros surgen del espeso bosque de palmeras del manantial, al pie del muro oriental, y enseguida cambian el rumbo al norte, andando a lo largo de la muralla.

Marchan en silencio. Nadie habla una palabra, siquiera. Marchan a un tiro de arco de los muros, pero ni una flecha surca los aires. Ni de los israelitas a los defensores de Jericó, ni de estos a los invasores.

Los arqueros en sus muros tensan sus arcos y aprietan las flechas convulsivamente. Los lanceros crispan sus manos en sus lanzas. Las manos están húmedas. Los honderos juegan nerviosos con las piedras, mientras que tanto el rey como los capitanes que portan espadas las empuñan con firmeza. Los que avivan los fuegos de los calderos y los que preparan proyectiles, cesan en sus tareas y miran perplejos esa silenciosa y misteriosa procesión.

Mujeres que ayudan, ancianos que curiosean, niños semidesnudos, algunos enfermos llenos de moscas, todos tienen suspendido el ánimo y contemplan la marcha del enemigo.

Silencio. Todo es silencio. Sólo se escucha el rítmico ruido de miles y miles de sandalias en la arenilla del camino. Los israelitas caminan esta incomprensible marcha y los lugareños permanecen estáticos mirando.

La vanguardia llega al primer codo del muro, tuerce hacia la izquierda y sigue rodeando la ciudad. Mientras, continúan saliendo del bosquecillo hombres de guerra armados y siguen agregándose a la columna. Nunca cesan de aparecer más. De vez en cuando una bandera, y el jefe de la tribu al frente de su ejército.

El silencio de este ejército grande, verdaderamente mete miedo. Levantan mucho polvo al avanzar, pero nadie habla.

—¿Qué se proponen?— brama el rey para sí.

—¿Y esos sonidos?

Sí, ahora se escuchan extraños sonidos. Parecen graznidos tristes, intermitentes, quedos. Como llamados de lejanos patos salvajes. Pero más agudos y apagados. Y más prolongados.

Y entonces surgen del bosquecillo siete hombres ancianos, de barbas grises y vestiduras largas, llevando bocinas de cuernos de carnero y tocando con ellas. Son siete solamente. Luego un claro, y a continuación ¿otros sacerdotes, tal vez? Van vestidos como los anteriores. Estos llevan una gran caja, suspendida en angarillas. Es una caja hermosa. ¡Es de oro! Brilla extrañamente al ser herida por los oblicuos rayos del sol naciente. Y llama poderosamente la atención de los cananeos. ¡Esos querubines…!

Recuerdan que Jehová es el Dios de los israelitas. Que no tiene imágenes hechas de manos. Tal vez aquella caja fuera el símbolo de la divinidad de este pueblo. Y después del arca, surge de las palmeras la bandera de otra tribu, y nuevas columnas de hombres de guerra. Y por fin mucha gente que sigue al ejército.

Pero no se oye la voz de nadie, ni sale palabra de la boca de ellos.

Y continúan andando y circundando la ciudad. Y el pueblo de Jericó, entonces, desmaya ante los israelitas, desfallece su corazón, y no hay más espíritu en ellos. Los ejércitos los llenan de miedo. El silencio los deprime. El arca reluciente los fascina, impactándolos con su presencia. El roce de miles de sandalias en el camino y el graznido de los cuernos de los sacerdotes irritan los ya destrozados nervios de los habitantes de Jericó.

—¿Qué querrán de nosotros estas tribus fieras? ¿Cuándo atacarán?

Ya están por cumplir la vuelta total a la ciudad. La vanguardia, a cuyo frente va el que parece ser el jefe y sus capitanes, está llegando al camino del bosquecillo del manantial, allí por donde aparecieron. Y para sorpresa de los aterrados observadores, toman nuevamente ese camino y se van por donde vinieron. Levantando a su paso una nube de polvo y sin pronunciar una palabra siquiera, toda la tropa, los sacerdotes con los cuernos, los otros con el arca, la retaguardia y la gente reunida que los sigue, todos, así como van cumpliendo la vuelta, retoman el camino de regreso a Gilgal. Y nadie habla palabra alguna.

Tampoco la gente de Jericó habla mucho. Y cuando el enemigo se aleja, quedan allí, suspensos, silenciosos, intrigados, angustiados.

—¿Qué ha sucedido, realmente?

Una nube de polvo rodea a la ciudad.

—¿Qué significa esta procesión extraña?

En el valle, allá lejos, la columna está entrando en el campamento de Gilgal.

¿Volverán?

—Pero, ¿vinieron en realidad?— se preguntan algunos.

En el ambiente hay polvo suspendido, que dificulta la respiración. Y el sinuoso camino del valle está dibujado aún en la atmósfera por la nube de polvo fino que vuela.

¿Volverán hoy? ¿O tal vez esta noche?

Volvieron a la mañana siguiente. Y nuevamente rodearon la ciudad. Otra marcha silenciosa y se fueron.

Y otra vez al otro día. Y al otro. Y al quinto día. Y al sexto.

¡Y no hacían ni decían nada! Pero Jericó ya estaba totalmente vencida. Tal guerra de nervios había agotado todas las reservas de los moradores. Estaban como enloquecidos. Histéricos. Más sucios y más hambrientos que antes. Ya ni encendían los fuegos de los calderos del aceite y del betún. Ni apretaban tampoco en las manos sus armas. Ni amontonaban piedras ya para usarlas como proyectiles. Solamente corrían al muro cuando se acercaba la caravana misteriosa, y con los ojos rojos, irritados por la falta de sueño y el polvo, llenos de asombro, contemplaban la repetida escena.

Temblaban al paso de la tropa. Sufrían por los cuernos apagados e hirientes de los sacerdotes. Odiaban el silencio de los israelitas. Y seguían obsesionados con su mirada el implacable camino del arca de oro.

Al séptimo día, muy temprano, al alba, otra vez. Los israelitas vuelven con su extraña marcha, en el mismo orden de siempre y rodeando la ciudad.

—Esto ya se está poniendo aburrido, Moc—, dice Heveán.

—No sé por qué, pero esto de aburrido no tiene nada. Cada día lo veo más patético.

—¡Sí! Tienes razón. Estamos todos locos de ver a estos caminar aquí cada día. Nuestro rey ya no gobierna, la comida se está acabando, la basura nos está tapando, nuestros soldados están sin fuerzas y cualquier cosa que pasara nos encontraría muy débiles.

—¡Fíjese, oh rey! ¡Esta vez no vuelven a casa, sino que siguen otra ronda!

Así es. Terminada la vuelta a la ciudad, la vanguardia no retoma como de costumbre el camino a Gilgal, sino que la larguísima columna sigue dando otra vuelta más.

—¿Qué harán con nosotros, ahora?

—Ya es mediodía ¡y han dado cuatro vueltas!

—¿Qué nos querrán hacer hoy?

— ¿Por qué no terminan de una vez, como todos los otros días?

Tanta angustia es insoportable. Con cada nueva vuelta hay gritos desesperados, chillidos, lloros y crujir de dientes dentro de los muros. Gran confusión. La gente que corre de un lugar a otro. Allí, en el rincón oscuro de una callejuela, está Rahnen, el canciller del rey. Tiene los ojos hundidos y el rostro desencajado. Está sentado sobre algunos ladrillos. Ah, no son ladrillos, sino lingotes de plata y alguno de oro. Cubre su cuerpo flaco con un precioso manto babilónico. El mismo manto que llevaba cuando oficiaba en el palacio. Las riquezas que trata de proteger, ¿se las habrá robado al rey? Es un avaro. No teme por su vida sino por sus tesoros. Su mirada extraviada denuncia su locura. La desesperación lo ha hecho enloquecer, pensando en sus riquezas.

Desde afuera de las murallas, solamente llega el ruido de pasos y a veces los melancólicos sonidos de los cuernos de los sacerdotes. Y en perfecta marcha las huestes enemigas continúan las evoluciones en torno a la ciudad.

Los cananeos abandonan los muros. Ya no pueden soportar la visión de la procesión trágica que hoy se prolonga indefinidamente.

Los capitanes Heveán y Moc permanecen en el muro.

—¿Cuántas vueltas llevan, Heveán?

—Seis, …o tal vez siete, ya.

—Ya declina el día. ¿Hasta cuándo durará esto?

—Sin duda el fin de Jericó está muy cercano.

—¡Lucharemos si nos asaltaran ahora! ¡Debemos luchar!

—Mira nuestros soldados, Heveán. Mira nuestras armas. Yo no tengo fuerzas ni ánimo para levantar mi espada siquiera.

Arcos, flechas, lanzas, espadas, se ven abandonadas por doquier. Los calderos del betún y del aceite están fríos, casi vacíos, con el contenido requemado y seco. Las piedras amontonadas, pero sin los honderos apercibidos.

Y entonces, desde las posiciones israelitas, llega de pronto el sonido imperioso de trompetas de plata y de las bocinas de los sacerdotes. En seguida, casi al instante, un griterío ensordecedor conmueve a los cananeos.

—¡Mira! ¡Se han detenido!

Los extranjeros, listos para el ataque, dan fuerte grito.

La ciudad se sacude violentamente. Un ruido horrible se mezcla con el griterío del ejército enemigo hasta taparla; los muros de Jericó caen a plomo.

¡Es algo espantoso! Una espesa nube de tierra se levanta como producto del derrumbe. Cuando esta nube comienza a disiparse, surgen sobre las ruinas de las murallas los temibles guerreros barbudos con sus espadas en alto, destruyendo cuanto encuentran a su paso.

La casa de Rahab, edificada sobre el muro, se ha mantenido en pie. De su ventana exterior pende una cuerda roja.

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© del original, Pensamiento Cristiano. Usado con permiso.

© de la presente adaptación, Desarrollo Cristiano Internacional, 1993

Los Temas de Apuntes Pastorales, volumen II, número 6. Todos los derechos reservados

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