La madurez de un minuto

¿Cómo lograr la autenticidad espiritual, la oración vital y la congregación que diezma? Un pastor que se sentía descontento y culpable en cuanto a su falta de desarrollo espiritual nos comparte su experiencia. La única manera de llegar a asemejarse a Él es arreglar nuestra vida como Él lo haría.
La madurez de un minuto

Compré El gerente de un minuto. Luego compré Colocando al gerente de un minuto a trabajar. Me gusta la idea de convertirme en un gran líder en sesenta segundos. Dada la propensión eclesiástica para bautizar y poner en el mercado tendencias seculares unos años más tarde de su apogeo, he estado esperando que alguien saque El pastor de un minuto —una guía de sesenta segundos para la autenticidad espiritual, la oración vital y la congregación que diezma.

Desearía que fuera posible. Algunas veces siento que sesenta segundos son todo lo que tengo. Entré en el ministerio pastoral porque creo que la búsqueda de Dios trasciende a toda otra búsqueda. Sin embargo, encuentro que la mera actividad de este trabajo entorpece mi búsqueda de Dios, más que cualquier otro obstáculo. A menudo el ministerio refuerza mi falta de atención para con Dios. Pero tengo días cuando siento que si Dios realmente quiere que este trabajo sea hecho, mejor que se ocupe de su trabajo personal conmigo en un minuto.

Un llamado de un feligrés dio justo en la tecla. «Quiero conocer más a Dios, pero la oración y la lectura siempre me resultan todo un esfuerzo. ¿Será que alguna vez cambiará?» Le cité algo de C. S. Lewis, «Lo que parecen nuestras peores oraciones, menos apoyadas por un sentir devocional, tal vez sean, a los ojos de Dios, nuestras mejores oraciones». Pero no pude decir más que eso porque la pregunta que me había hecho era la misma que yo me hacía.

Comencé a preguntarme: ¿Es que estoy haciendo algún progreso en mi espiritualidad? ¿Es que me asemejo más a Cristo hoy en día que hace cinco años atrás? ¿Cómo puedo lograrlo? Me sentía descontento y culpable en cuanto a mi falta de desarrollo espiritual.

Luego una frase en El Espíritu de las Disciplinas de Dallas Willard me golpeó: «Mi demanda central es que podemos ser como Cristo haciendo una cosa —siguiéndole en el estilo de vida que él escogió para sí mismo». Si Jesús practicó el silencio, la oración, el estar a solas, la vida sencilla, la sumisión y la adoración regularmente, la única forma para que yo llegue a asemejarme a él es arreglar mi vida como él ordenó la suya. Fue así que comencé a incorporar las disciplinas espirituales en la vida de un pastor de un minuto. Comencé con el retiro y el silencio.

Acompañado en la soledad

Thomas Merton llama a la soledad la más básica de las disciplinas, diciendo, «La verdadera soledad limpia el alma». Esto era imposible de hacer en casa. Con tres niños menores de cinco años, nuestra casa no tiene paz ni quietud. Por lo que todos los días comencé a ir a la oficina una o dos horas antes del horario en el que los demás llegaban para aprovechar la quietud.

Luego decidí asignar un día entero lejos de la iglesia para estar a solas. Esperaba hasta encontrar una semana en la que pudiera tomarme un día de trabajo libre. Nunca llegó. Por lo que finalmente designé un día de retiro en el calendario y decidí trabajar en torno al mismo.

Nunca había separado tiempo para un retiro así antes, y no estaba seguro de lo que debía hacer. En mi tradición, un retiro es algo que uno hace con muchas otras personas, donde uno tiene la oportunidad de escuchar a distintos oradores, mucha música, y donde siempre hay ruido y actividad para evitar que haya silencio y soledad. Un buen retiro según nuestro razonamiento, es aquel que llega a requerir de una semana de descanso, después de finalizado.

Sin embargo mi retiro comenzó en una capilla con vista al mar. La capilla está mayormente recubierta por cristales, dando la impresión para el que está parado a sólo unos metros de distancia, de que realmente no está allí. Me senté adentro, solo, y comencé a orar siguiendo una lista que había preparado para aquel día —en caso de que no tuviera nada para hacer.

Precisamente eso fue lo que ocurrió. Mis temores se materializaron. Para las 10:30 a.m., ya no tenía nada más para orar. Había dicho todo lo que tenía que decir, y Dios no había dicho nada. Hubiera deseado que uno de los dos fuese más conversador.

Por lo que bajé hasta la playa, y observé al oleaje rompiendo en la costa; inhalé la salada brisa del mar y no pensé en nada. Me sorprendió descubrir lo bueno que era en esto.

Mirando a las gaviotas planeando y a los pelícanos bajando en picada, arremetiendo, virando bruscamente y luego descendiendo rápidamente en busca de su almuerzo, comprendí el propósito para el cual estaba allí, algo que debía aprender: mi propia vida estaba atada a la tierra, y no tenía alas. Yo me encontraba yendo fatigado de una tarea a otra, con anteojeras, abstraído del drama y la pasión de la vida real. Me había bloqueado (trabado) a mí mismo a causa del temor de no complacer a otros. Había esculpido mensajes para tener la aceptación de aquellos que tenían poder sobre lo que yo rotulaba como éxito —a pesar de que su comprensión de la vida espiritual no fuera igual que la mía.

Estando a solas observé que el propósito del vuelo no es solamente el de encontrar peces o un lugar para aterrizar. El propósito del vuelo, es el de volar, por el simple placer de hacerlo.

El propósito de la vida no es simplemente encontrar técnicas para ser exitoso. El propósito de la vida es reír, llorar, orar, llevar alegría a mi esposa e hijos, conocer a Dios. El ser salvo es mucho más que la mera afirmación de un credo y el evitar unos pocos comportamientos altamente visibles. Significa vivir. Sin embargo, el estilo de vida del pastor de un minuto, no me daba tiempo para vivir, ni tiempo para ser salvo.

Ahora a menudo paso mis días de retiro en la costa. Aun tengo luchas con la intranquilidad, un sentir como que debo estar haciendo algo. Pero el saber que estas olas han estado rompiendo en la costa miles de años antes de mi existencia y seguirán rompiéndose por miles de años después de mí, me ha ayudado a poner mi vida en la perspectiva correcta, ayudándome también a ser un poco menos mesiánico.

Según la Historia Anglorium, Canuto, uno de los reyes de Inglaterra del siglo XI, decidió contrarrestar la adulación de sus consejeros yendo hasta la playa, donde sentado en una silla, prohibió que la marea entrara. Cuando la marea continuó entrando, se quitó la corona y la colgó en una estatua del Cristo crucificado, y jamás volvió a usarla.

El silencio es…

Una vez a la semana me fijo «un día tranquilo», un ayuno del ruido. Trato de hablar lo menos posible. Trato de aprovechar todas las oportunidades de tranquilidad que se me presenten. Por ejemplo, no escucho casetes ni la radio cuando estoy conduciendo. Durante estos días me doy cuenta de cuán adicto al ruido me he vuelto.

Practicando el silencio, me he dado cuenta que mucho de lo que digo es parte del juego de «causar una buena impresión en otros», con el objetivo de resaltar mi imagen. Me encontraba en una conferencia de pastores hablando con dos pastores, cuando uno de ellos le preguntó al otro cómo andaba su iglesia, lo que en realidad en el ámbito viene a significar «¿Cómo es de grande tu iglesia?» y «¿Cuán importante eres?». Luego me hicieron la misma pregunta, y sin pensarlo me encontré agrandando la asistencia de mi iglesia en cincuenta personas.

En un momento de silencio antes de hablar, se me ocurrió. «¿Qué es lo que estoy tratando de hacer? ¿Es que realmente voy a impresionar a estas personas convenciéndolas con que la iglesia tiene cincuenta personas más de las que tiene? ¿Es que realmente estoy dispuesto a sacrificar mi integridad a fin de lograr cierto status usando el recurso de unas cincuenta personas más? (Si es que voy a comprometer mi integridad; por qué no agrandar la cifra en quinientas personas, para que realmente valga la pena).

Leyendo las escrituras inútilmente

El área de la lectura bíblica es otra donde tengo que librar la batalla de un minuto. Acostumbraba a ahorrar tiempo usando los mismos textos que estaría usando en mis sermones para la reflexión personal. He sabido de pastores que centran su lectura devocional en torno al material que estarán usando en la predicación dentro de tres años.

Pero cuando trato de hacer algo así, termino concentrándome en la forma como habré de usar el texto en un mensaje aplicándolo a cada alma, menos a la mía. Por lo que deliberadamente leo los textos bíblicos que no estaré usando en las predicaciones.

También he comenzado a leer libros que dan ejercicios específicos para visualizar o meditar en las Escrituras. El libro Ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola, me ha ayudado mucho por ejemplo llevándome a examinar mi conciencia para descubrir el pecado que pudiera destruirme más o contemplar las consecuencias del pecado.

La libertad de la confesión

La disciplina de la confesión me asustaba más que cualquier otra disciplina. A pesar del hecho de que nuestra cultura valoriza la autenticidad (o genuinidad), el ser pastor coloca ciertos límites a la autoexposición. No podemos llegar al púlpito y simplemente decir, «He tenido luchas con la codicia esta semana y no creo haber logrado la victoria aún».

Sin embargo justamente quería hacer eso con alguien a quien yo respetaba por su espiritualidad, alguien en quien podía confidenciar, que me aceptaría incondicionalmente, y que sería absolutamente veraz conmigo. Al final me dirigí a un amigo que conocía desde hace diez años, también muy activo en el ministerio.

Nos reunimos semanalmente para un tiempo de confesiones. Trato de exponer mis actitudes y comportamientos con los cuales he tenido luchas durante la semana. A estas alturas él conoce mis principales tentaciones, por lo que a menudo se dirige a mí con preguntas muy directas también.

El encontrar el lugar apropiado para reunirse podrá ser un desafío mayor que el encontrar a la persona adecuada. Habíamos decidido reunirnos en el restaurante de un club. Un miércoles, mientras conversábamos, uno de nosotros (el que permanecerá en el anonimato) habló de tentaciones sexuales. Cuando nos levantábamos para irnos, nos dimos cuenta de que habían dos niños de diez años en la mesa contigua, los que habían estado pendientes de cada palabra que dijimos.

Por lo que ahora tomamos cuidado de sentarnos en una mesa apartada o bien nos reunimos en una cancha de tenis vacía, para evitar que otros nos escuchen.

Así como me costó al principio habituarme a la confesión, ahora me cuesta imaginar no hacerlo. El saber que voy a tener que reportarme a alguien me ayuda a no caer en trampas que de otro modo no podría evitar. Y de la confesión a otra persona experimento un tremendo alivio.

Dietrich Bonhoeffer escribió, «La confesión es el remedio dado por Dios para no caer en el autoengaño y la autocomplacencia. Cuando confesamos nuestros pecados a un hermano cristiano, mortificamos el orgullo de la carne, entregándolo a la vergüenza y a la muerte a través de Cristo. Luego con la palabra de absolución nos elevamos como hombres nuevos… La confesión es así una parte genuina de la vida de los santos, y uno de los dones de la gracia».

El servicio comienza en casa

La disciplina del servicio tal vez venga a ser lo menos natural en mí. Uno de los lugares claves en los que he tratado de practicar esta disciplina es en casa. Muy a menudo me siento tentado a jugar el «he tenido un día más difícil que el tuyo, por lo que merezco ser atendido por ti» con mi esposa. (El ser pastor agrega puntos en mi favor en el juego, ya que no sólo estoy trabajando, sino que estoy haciendo la obra de Dios).

Recientemente cuando nos encontrábamos de vacaciones, mi esposa, nuestro hijito y yo, habíamos caminado cerca de un kilómetro cuando nos dimos cuenta de que habíamos dejado el biberón en el automóvil; alguien tenía que buscarlo. Como había una asunción tácita (la mía) de que el asegurarse que teníamos el biberón con nosotros era tarea de mi esposa, le di a entender a mi esposa que me frustraba tener que buscarlo.

No le dije nada directamente (como la mayoría de los pastores, sólo fruncí los labios) pero le di suficientes pistas como para sugerirle que lo sentía como una imposición.

No fue hasta la mañana siguiente que me di cuenta que había convertido lo que podría haber sido un acto de servicio —aunque pequeño— hecho con alegría y por amor, en un acto de separación y de autopreocupación.

Por lo que he comenzado a incluir en mi agenda tiempos donde me ocupe de los niños o haga tareas en casa, y me comprometo interiormente a no llevar la cuenta de lo que hago. Por supuesto que no he hecho cosas maravillosas, dignas de admiración y alabanza. Pero por lo menos algunas veces he hecho huevos revueltos. Y he limpiado la cocina después.

El curso del ayuno

No estaba seguro de cómo debía usar el ayuno cuando probé hacerlo inicialmente. La actividad me era totalmente desconocida. Evocaba en mi imaginación distintos tipos de imágenes demacradas en taparrabos.

El primer descubrimiento que hice el primer día que ayuné fue el de la gran cantidad de restaurantes con comidas rápidas que existían en mi comunidad.

También he descubierto cuán ligada está la vida de la iglesia a la actividad comestible. Dondequiera estén dos o tres hermanos de la iglesia reunidos, estará el café y las galletas en medio de ellos. Ha sido humillante descubrir lo mucho que pienso en la comida.

Sin embargo, el ayuno, progresivamente, está resultando más fácil. De alguna manera —y no sé qué conexión hay —cuando ayuno percibo con mayor claridad lo acelerado que vivo. También he descubierto un vínculo real entre el ayuno y la capacidad de resistencia ante antojos de otras cosas aparte de la comida.

El ayuno es a veces difícil de reconciliar con la vida del hogar. Una noche cuando olvidé mencionarle a mi esposa que estaba ayunando, llegué a casa para encontrarme con un plato de «spaghetti» casero que mi esposa había preparado especialmente para mí. Decidí rápidamente que la disciplina del sometimiento y de agradar a mi esposa era más importante esa noche que mantener el ayuno.

¿UN PASTOR INDISCIPLINADO?

¿Es que practicar estas disciplinas me han hecho un mejor pastor? No lo sé. Titubeo en preguntármelo; uno de mis problemas como pastor de un minuto es la tendencia de medir todo en función del mejoramiento de mi carrera.

Sé una cosa: No soy bueno en ninguna de estas disciplinas aún. Thomas Merton escribió, «No queremos ser principiantes. ¡Pero convenzámonos de que no seremos otra cosa que principiantes durante toda nuestra vida!»

Supongo que lo que he logrado de las disciplinas hasta ahora es la esperanza —de que el esfuerzo de asemejarme más a Cristo tiene una forma definida. Ya no es más un deseo ambiguo. Hay cosas que yo puedo hacer. Y en el período de toda una vida, el cambio es posible.

Eso es una buena noticia, porque no hay ángeles de un minuto.

Tomado de Leadership ’91. Spring Quarter. Los Temas de La Vida Cristiana, volumen III, número 3. Todos los derechos reservados.

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