Jesús como discipulador

Invertir intensa y dedicadamente en unos pocos produce el fruto que más perdura y que más se sostiene a lo largo del tiempo. ¿Qué características tenía el modelo discipulador de Jesús? Contestar esta pregunta nos obliga a revisar el ministerio del Señor y las maneras cómo se relacionó con sus discípulos y las personas que lo seguían.
Jesús como discipulador

Cierto día estaba Jesús en la sinagoga de Nazaret. No era la primera vez que se encontraba en allí. Nazaret era el lugar donde se había criado. Como judío piadoso, además, seguro que cada sábado participaba de la liturgia de la sinagoga. En Lucas 4.16 se afirma que esta era su costumbre. Jesús era un varón de unos treinta años y el tiempo para iniciar su ministerio público había llegado. Cuando le dieron el libro del profeta Isaías, él se puso en pie y leyó la siguiente porción:

El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres.

Me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos y dar vista a los ciegos,

a poner en libertad a los oprimidos, a pregonar el año del favor del Señor. Isaías 61.1–2

No tendría nada de especial este acontecimiento si no fuera que, al terminar la lectura, Jesús señaló: «Hoy se cumple esta Escritura en presencia de ustedes». A partir de ese momento, el texto de Isaías se transformó en la agenda ministerial de Jesús. No quedaba mucho tiempo y era necesario desarrollar una estrategia que permitiera concretar una obra de tal magnitud.

¿Qué hubiéramos hecho nosotros? Valga notar que Jesús no siguió el modelo de GEO empresarial, acumulación de poder, espiritualidad superficial y liderazgo paranoico tan común entre nosotros en estos tiempos. Más bien, eligió invertir en vidas y prefirió el camino del discipulado. Logró levantar la institución más antigua del mundo, para que funcione en cualquier cultura y contexto. Ha sobrevivido a 2000 años de historia y, aun hoy, anuncia buenas nuevas a los pobres, da vista a los ciegos, libertad a los oprimidos y proclama el año del favor del Señor.

¿Cómo lo hizo? ¿Qué características tenía el modelo discipulador de Jesús?

Caminar junto a otros

Un conocido proverbio africano reza: «Si quieres ir rápido, vete solo; si quieres ir lejos, ve con otros.» Jesús no conocía este proverbio pero sí sabía que para realizar una obra que perdurara en el tiempo requería un equipo de trabajo. Por eso, apartó un tiempo para orar y buscar a quienes serían sus discípulos. El texto bíblico afirma: «Eligió a doce… para que lo acompañaran y para enviarlos a predicar y ejercer autoridad para expulsar demonios.» (Mr 3.14)

Es interesante observar que la primera razón mencionada para la elección de sus discípulos fue que estuvieran con él. De esa manera, ellos no solo aprenderían del ejemplo cotidiano sino que también verían a su maestro tal cual era, en sus grandezas y debilidades. Esto les otorgó el privilegio de presenciar la multiplicación de panes y peces e, incluso, de ver a Jesús caminando sobre las aguas. Pero también vieron al Señor cansado, enojado en el templo y llorando por un amigo muerto o por la ciudad de corazón endurecido. ¡Qué diferente esta actitud a la de un famoso evangelista de sanidad divina que conocí!: cada vez que se enfermaba trataba de ocultarlo para «no afectar la fe de sus seguidores».

Jesús no ocupaba sus energías construyendo una imagen que provocara respeto y veneración de parte de sus seguidores, pues su autoridad no emanaba de la imagen que proyectaba, sino de su propia esencia. Además, trató de dejar esta enseñanza en sus discípulos cuando los invitó a que le dijeran la opinión que la gente tenía de él. Seguro que cada uno hizo su aporte de lo mucho que se decía por allí: profeta, curandero, revoltoso, endemoniado, maestro, etcétera. Jesús no argumentó acerca de las distintas opiniones, solo les pidió su propia opinión. No siempre estamos dispuestos a escuchar las opiniones que se tienen acerca de nosotros. En lugar de eso, solemos emplear muchos recursos para edificar nuestra propia imagen. Hay pastores que se «visten» de pastor desde la mañana hasta la noche ¡aun durante sus vacaciones! A otros sus hijos y esposa los llaman «el siervo», al igual que sus colaboradores de la iglesia. Sin embargo, no es debilidad mostrar lo que somos y cómo somos, pues el evangelio siempre será un tesoro en vasos de barro.

El discipulado fortalece al discípulo y hace vulnerable al discipulador. Está bien que así sea, ya que muchas veces el drama de la soledad ministerial no es más que la cosecha de haber sembrado durante años una imagen de omnipotencia.

Formar vidas

En este caminar juntos de Jesús y sus discípulos, la formación de cada vida era un proceso continuo y dinámico. Jesús no solo les enseñó a orar, sino que oró con ellos. No solo les enseñó a perdonar, sino que lo vieron perdonar cuando, desde la cruz, exclamó: «Perdónalos, Señor, no saben lo que hacen.» De ahí que el discipulado no sea compartir enseñanzas sino vivir esas enseñanzas. Por eso, en un tiempo como el nuestro, donde abunda la religiosidad, el mundo necesita el ejemplo palpable de vidas transformadas, no la última novedad espiritual; la gente desea poder decir «yo quiero vivir como él o ella».

No cabe duda de que no es fácil caminar con otros. De hecho, en la experiencia del discipulado afloran las virtudes y miserias de todos. Los evangelios nos presentan la figura de Juan, joven, amoroso y delicado, capaz de arriesgar su vida acompañando a María en la crucifixión. Pero también vemos la disputa entre los discípulos por saber quién sería el mayor (Lc 22.24); somos testigos de los intentos de una madre por presionar a Jesús para que favoreciera a sus hijos cuando se estableciera el reino. El discipulado revela, con contundente finalidad, que no existe la comunidad ideal, aunque podemos acercarnos a esta realidad cuando cada uno de sus miembros aprende a convivir con el otro tal cual es.

Formar vidas lleva tiempo y solo es posible hacerlo cuando discípulo y discipulador comparten el camino. La mera transmisión verbal de enseñanzas no es suficiente: Jesús estuvo dispuesto a gastar tiempo y exponerse en la formación de vidas.

Fijar la vista en el «producto final»

Una de las cualidades más destacables de Jesús como discipulador fue ver a las personas no como lo que eran en ese momento sino como lo que llegarían a ser. En cada uno veía el «modelo terminado» y los trataba de acuerdo con esta visión. Así, al escoger a sus doce, les dijo que haría de ellos pescadores de hombres y no reparó en las limitaciones intelectuales, sociales y raciales de sus discípulos. Tampoco lo desanimaron las características personales o los temperamentos que cada uno tenía (tímidos, agresivos, rudos, etc.). Desde el principio los trató como «pescadores de hombres».

Fue así que los envió a expulsar demonios, aunque no siempre tuvieron éxito; les dio la oportunidad de alimentar a una multitud pero ellos, atemorizados, no pudieron interpretar el desafío; los convocó a una vigilia de oración para fortalecerlos en la lucha contra el mal, pero se durmieron. Sin embargo nunca bajó el nivel de las expectativas. Él sabía que algún día ellos llegarían a ser pescadores de hombres y al fin, lo logró.

En Jesús, el punto de partida para el trato con las vidas estaba en su visión del producto final. Solo él pudo ver en a una mujer fracasada y vacía, con una vida familiar destruida, como la primera misionera a los samaritanos. Todo su diálogo con ella lo tuvo por la certeza de que un día, desde el interior de esta mujer frustrada y pecadora, correrían ríos de agua de vida. El discipulado es creer en el potencial transformador del evangelio y en el poder restaurador de Jesucristo.

Escuchar y estar dispuesto al cambio

La centralidad del púlpito en la liturgia cristiana, especialmente protestante, ha marcado una manera de compartir enseñanzas en forma unidireccional. En este formato existen dos clases de personas: quien predica y quien escucha; quien tiene el depósito de la verdad y quien la recibe. Desafortunadamente, el modelo se repite fuera del culto, en las aulas de la iglesia o en la relación entre hermanos. Algunos hasta llegan a pensar que este estilo es «bíblico» y que cualquier participación cuestionadora o creativa por parte del que escucha o aprende revela una rebeldía hacia la Palabra. No negamos que el diálogo implica riesgos, pero estos no son mayores a los de estar sometidos al arbitrio de quien se considera único depositario de la verdad revelada. La libertad siempre fue una amenaza para los dogmatismos.

Cuando Jesús pasó por la región de Tiro cuando, repentinamente, apareció una mujer clamando por misericordia para su hija endemoniada. Esto molestó a los discípulos y al mismo Jesús, quien no le respondía (Mt 15.23). Cansado de escuchar sus gritos, Jesús expuso sus razones teológicamente correctas. Primero, no podía hacer nada por ella; era extranjera (de cultura helénica y nacionalidad sirofenicia). Jesús por su lado, había sido enviado a la casa de Israel (Mt 15.24). En segundo lugar, ella, en su condición de mujer y extranjera, era comparable a un perro (animal inmundo para los judíos) y no estaba bien «sacar el pan de los hijos y echarlo a los perros» (Mt 15.26). La mujer argumentó con Jesús diciendo que aun los perros comen de las migajas que caen de la mesa. Finalmente, Jesús cedió frente a los argumentos de la mujer, pues vio detrás de ellos una enorme fe. Así, los discípulos aprendieron la lección de que el verdadero maestro no es quien impone dogmas sino quien es capaz de escuchar y cambiar de actitud.

Pagar el costo

La actitud amorosa, dialogal y esperanzada de Jesús para con sus discípulos no entraba en contradicción con el costo del discipulado. Jesús como discipulador daba todo y pedía todo. El que ponía la mano en el arado ya no podía mirar atrás; familia, posesiones y sentimiento debían dejarse de lado. Jesús encarnó esta radicalidad tomando públicamente distancia de su familia: «mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la hacen» (Lc 8.21).

Hoy las cosas han cambiado: los predicadores hemos desarrollado la habilidad de predicar lo que la gente quiere escuchar y no lo que Dios quiere decir. La tendencia contemporánea en los ministerios es llegar a conocer las cosas que molestan, perturban o incomodan a la audiencia para tratar de evitarlas. Algunas iglesias han hecho cambios importantes en su doctrina, tratando de ser «sensibles» con su público. Por supuesto que la virtud no está en molestar por molestar, o por creer que nuestra tradición, lenguaje y cultura son el evangelio. Pero un evangelio que no perturba no es evangelio.

Lamentablemente, vemos a nuestro alrededor una generación de cristianos carente de compromiso con los valores del reino. La superficialidad ha invadido las iglesias en la misma medida en que han retrocedido las demandas del discipulado. Difícilmente veremos sociedades transformadas mientras las vidas de quienes integran la iglesia no lo estén. Recuperar el costo del discipulado es hoy el desafío más importante que tiene la iglesia.

Escoger y hacer discípulos que discipulan

Como discipulador, Jesús no se conformaba con que sus discípulos escucharan atentamente sus enseñanzas: esperaba de ellos vidas transformadas y fructíferas. Para esto los había elegido. A diferencia de la costumbre de la época, no fueron los discípulos los que eligieron a Jesús sino él a ellos (Jn 15.16). El propósito era claro: «Mi padre es glorificado cuando ustedes dan mucho fruto y muestran así que son mis discípulos» (Jn 15.8). El texto no indica en qué consisten estos frutos. ¿Será el amor entre ellos? ¿La capacidad de reproducirse en otros discípulos? ¿La intensidad de transformación de sus vidas? ¿Lo que luego conoceríamos como frutos del espíritu?

Lo cierto es que para que estos frutos se dieran y permanecieran, la relación entre discípulo y discipulador debía ser tan profunda como la del pámpano y la vid. Por eso el texto nos marca bien dos elementos: los frutos y la relación. Ambos son esenciales al discipulado.

Debemos reconocer que nos cuesta mantener el equilibrio de esta ecuación. Cuando enfatizamos los frutos, trabajando con persistencia para tener vidas y ministerios fructíferos, lo hacemos a costa de la relación. No tenemos tiempo para «perder» en la relación. Las urgencias son otras. Las personas son el combustible que quemamos para que la maquinaria eclesiástica y ministerial funcione.

Por otro lado, cuando se prioriza la relación, se hace del discipulado un círculo cerrado, cómodo y protegido, pero estéril. Jesús nos enseñó que no hay relación con sentido si no es fructífera, ni hay fruto que perdure si no es consecuencia de una sólida relación con él.

Al final de su ministerio, el Cristo resucitado nos envía en misión: «Id y haced discípulos…» (Mt 28.18-19). Mandato y tarea. Jesús como discipulador nos ordena continuar la labor discipuladora en la vida de otros. No nos llama para reproducir creyentes ni líderes, sino discípulos, al estilo como él lo hizo, con los principios y valores con los que él trabajó.

Nos toca vivir un tiempo especial de la iglesia en América Latina. Soñamos con ciudades y naciones transformadas por el poder del evangelio y trabajamos para esto. Hemos sido muy creativos en métodos y estrategias, lo que nos ha permitido llenar nuestros templos y pensar en proyectos que antes ni se nos hubieran ocurrido. No obstante, vemos con desánimo, que casi nada ha cambiado. La corrupción va en aumento, al igual que la violencia, la pobreza o la exclusión social, sin siquiera mencionar la decadencia moral cada vez más arraigada dentro y fuera de la iglesia.

¿Qué ha pasado? ¿Dónde se nos perdió la brújula? Hemos creado una religiosidad evangélica, superficial y hedonista, cuya preocupación principal es el «sentirse bien», creyendo que los números de seguidores ofrecen testimonio elocuente de nuestro «impacto». ¿No será tiempo de volver a hacer discípulos? ¡Los resultados nos sorprenderán!

El Dr. Norberto Saracco es autor, pastor de una congregación en Buenos Aires y director de la Facultad Internacional de Educación Teológica (FIET), ministerio que fundó hace más de veinticinco años. Apuntes Pastorales Volumen XXI – Número 4

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