El carácter en el liderazgo cristiano

La importancia que le da el líder a la integridad en su vida ayuda a conocer el carácter de él como una persona de confianza, calificada para el liderazgo. ¿Por qué ciertas personas que están en el liderazgo no son personas auténticas? ¿Por qué aparentan ser espirituales? Posiblemente, ese sea el problema más grande del liderazgo: la falta de un carácter recto.
El carácter en el liderazgo cristiano

El carácter es básico para todas las decisiones éticas. Quien es usted determina lo que usted hace. Jesús dio importancia a esa verdad en sus enseñanzas (Mt 5-7). De ahí que el carácter sea el principio de la naturaleza moral interior. El carácter, como es difícil de definir, es mejor entenderlo desde cómo se forma y cómo funciona en la vida ética cristiana. Como alguien ha dicho "lo que somos, es el determinante último de lo que hacemos".

1. ¿Qué grado de pureza debe tener el liderazgo cristiano? (Tit 1.5–9)

La integridad se hace notoria en aquellas personas que la practican, y ¡más aun en el liderazgo cristiano! Liderazgo íntegro, se nota por la solidez y transparencia.

La importancia que le da el líder a la integridad en su vida ayuda a conocer el carácter de él como una persona de confianza, calificada para el liderazgo. ¿Por qué ciertas personas que están en el liderazgo no son personas auténticas? ¿Por qué aparentan ser espirituales? Posiblemente, ese sea el problema más grande del liderazgo: la falta de un carácter recto.

Cuando una persona peca y puede vivir con ello, deja de ser íntegra. La integridad implica la confesión del pecado y el apartarse de él y no aparentar que no ha ocurrido nada. Eso es pureza.

Pero, por supuesto existe un punto dentro de la gama del pecado donde ocurre la descalificación para el liderazgo en la iglesia.

¿Hasta qué grado cuenta la actitud que la persona tiene hacia el pecado para dicha descalificación?

Pablo dice: «... no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado». Estoy convencido de que ciertos pecados revelan una ruptura tal en la integridad, que la persona que ha caído queda descalificada para volver a ejercer un liderazgo prominente.

No creo que actos repetitivos tales como la inmoralidad sexual o el encubrimiento sean sólo cuestión de pecado. Creo que revelan una falla en el carácter. Las personas dicen: «Bueno, ¿y acaso no se perdonan los pecados?» Claro que sí. Pero creo que ya no se trata de una cuestión de perdón; dicha persona carece de la sustancia que se requiere para ese oficio.

La única razón por la que puedo sentarme en esta habitación, vestido y en mis cabales es que he recibido el perdón absoluto de Jesucristo. Pero para las personas que ejercen un liderazgo prominente existen requerimientos aún más estrictos. Como dice Santiago, seremos juzgados «sin misericordia».

Pero, ¿qué del rey David en elAntiguo Testamento?

Ese incidente es el único caso que las Escrituras registran de un líder culpable de conducta inmoral que se le permitió permanecer en el mismo liderazgo prominente. Pero después del incidente con Betsabé, su vida se volvió agria. Sí, fue confrontado y salió limpio; sin embargo, perdió en el campo de batalla, y su familia enloqueció. Nunca volvió a alcanzar el pináculo al que una vez había llegado. Eso me angustia.

También me obsesiona el hecho de que las Escrituras no registren el caso de ninguna otra persona con liderazgo prominente, que haya cometido pecado sexual, y que luego se le permitiera continuar en dicha posición.

¿Ante quién debe rendir cuentas un líder?

En mi caso, he seleccionado cuidadosamente a tres hombres con quienes me reúno periódicamente. En nuestras reuniones hay confianza, objetividad y libertad. El propósito de reunirnos no es sólo el de concentrarnos en el pecado, sino también ser amigos. No sólo es beneficioso para mí, sino también para los demás.

Generalmente soy responsable ante mi personal y, oficialmente, ante nuestra junta de ancianos, aunque cuanto más grande se hace ésta, tanto más difícil se torna manejar la situación. A algunos miembros de la junta no tendría nada que ocultar, pero no tengo la misma confianza con otros.

Ciertamente, también soy respon-sable ante toda mi familia, ella tiene la libertad de poder tratar cualquier área o de ofrecer consejo. Admito que ocasionalmente hay cosas dolorosas que oír, pero el estar en el ministerio no me exonera de hablar claro en mi casa; es más, es algo que debe ser hecho.

Al seleccionar a las personas ante quienes seremos respon-sables, ¿no es una tentación elegir a aquellas que tengan nuestros mismos puntos de vista?

La calidad del carácter del líder se hace evidente en la elección de aquellas personas que le ayudan. En ocasiones se eligen personas que son demasiado condecendientes con sus superiores. Estoy totalmente de acuerdo. Me encanta escuchar que me digan sí a todo. Pero necesito a personas que me digan las cosas como son en realidad.

2. ¿Cuál es mi carácter como líder? (1 Ti 3)

En 1 Timoteo 3 el apóstol Pablo nos indica los esfuerzos mínimos a realizar y las cualidades de carácter que se deben tener para el liderazgo de iglesia. Pero existen otras características, a menudo pasadas por alto, que comparten los líderes de iglesia efectivos. He aquí ocho de estas características, por medio de las cuales podemos evaluar nuestro servicio en la iglesia:

a. ¿Puedo manejar información correctamente? Debe mostrar sabiduría e integridad. Lo que debe garantizar cualquier líder es su capacidad de manejar correctamente información confidencial.

b. ¿Puedo aplazar un juicio? Evite realizar juicios a la ligera. Debe tomar sus decisiones sólo en base a argumentos y evidencias sólidos.

c. ¿Estoy dispuesto a ser dirigido por Dios? Además de escuchar la voz de Dios, debe prestar atención a personas sabias. Es clave la actitud de obediencia.

d. ¿Puedo confrontar de manera apropiada? A nadie le gusta el conflicto. Pero para atacar con integridad, los miembros de la junta deben estar dispuestos a confrontar incluso a uno de los suyos. La ira desenfrenada, el engaño descarado, las palabras hirientes son algunas de las cosas que demandan un desafío de amor. Los dos extremos son: evitar el conflicto o actuar como el exterminador. ¿En qué punto de la línea se encuentra usted?

e. ¿Tengo miras amplias? La tradición de la iglesia da vida; el tradicionalismo amenaza la vida. La comodidad de lo familiar también puede sofocar el avance de la iglesia. ¿Cree usted que los mejores días de su iglesia han quedado atrás? ¿O es usted optimista en cuanto al futuro de la misma?

f. ¿Tengo un temperamento de «sí, puedo»? Pareciera que algunas personas tienen la «bendición» del pesimismo. Las personas con una actitud de «sí, puedo» son dife-rentes. En vez de decir: «¿Por qué nosotros?» como su primera res-puesta, dicen «¿Por qué no?» ¿Cómo responde usted ante las nuevas ideas?

g. ¿Estoy dispuesto a asumir mi culpa? Los líderes piadosos asumen la responsabilidad por sus pecados. Son humanos, y lo saben. No son como aquella persona que dijo: «La única vez que estuve equivocado fue cuando pensé que lo estaba». ¿Cuándo fue la última vez que usted le dijo a un colega: «lo eché a perder; me equivoqué»?

h. ¿Tengo la paciencia de Job? En la iglesia, lograr que se hagan las cosas siempre toma más tiempo del que usted cree. Siempre hay un comité más u otra asamblea de la congregación en las que se tenga que presentar la propuesta que usted hace. ¿Puede usted manejar el proceso de «apúrate-y-espera» típico de la vida de la iglesia?

3. Cómo establecer medidas preventivas (1 Co 10.12, 13)

Según el psicólogo y escritor Archibald Hart, los líderes deben protegerse de cometer los errores que minan su habilidad para dirigir.

a. Rendir cuentas. Generalmente, las personas caen porque han elegido seguir solas. El rendir cuentas ante alguien demanda que cada líder tenga una reunión regular con una junta o con un grupo de otros líderes como él para compartir sentimientos, revelar tentaciones, e identificar áreas problemáticas tanto en el crecimiento personal como espiritual.

b. Responsabilidad. El líder saludable debe aprender a equilibrar las demandas del liderazgo de iglesia con las demandas de la familia y de la vida personal.

c. Integridad. En primer lugar está el aspecto de cómo usamos nuestro poder. ¿Compartimos el poder? ¿Lo usamos de manera compasiva? ¿Está el uso de nuestro poder motivado solamente por el ego? Después del poder viene el aspecto de la honestidad. La verdadera integridad requiere no sólo rectitud en cuanto a las finanzas, sino también justicia en la aplicación de la autoridad, gentileza en la manera que obramos, y compasión en cuanto a cómo obtenemos y usamos información confidencial.

4. Realizando una auditoría espiritual (2 Co 13.5; Sal 26.2)

Una vez, el presidente de una firma de gran envergadura me hizo esta confesión: «Tengo un banquero que me mantiene solvente, un abogado que me mantiene dentro de la ley, y un doctor que me mantiene saludable, pero no tengo a nadie que me ayude a evaluar mi condición espiritual». Nunca había pensado en algo semejante a una «auditoría espiritual». Desde ese entonces, me formulo con regularidad doce preguntas:

a. ¿Estoy conforme con la persona en que me estoy convirtiendo? Cada día me acerco más a la persona que finalmente seré. ¿Estoy satisfecho con quien seré?

b. ¿Me estoy haciendo menos religioso y más espiritual? Los fariseos eran religiosos; Cristo es espiritual. Luego de años de participación en la religión organizada, a menudo siento la poca profundidad de dicha experiencia, la restricción de sus reglas, y el hambre por algo verdaderamente espiritual en una relación con Cristo.

c. ¿Reconoce mi familia la autenticidad de mi espiritualidad? Mi familia me ve de manera total. Si estoy creciendo espiritualmente, mi familia lo reconocerá.

d. ¿Tengo la filosofía de «fluir»? Las Escrituras dicen: «El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva». La frescura está en el fluir. Si he sido bendecido con el liderazgo, esa bendición debe fluir de mi vida.

f. ¿Tengo un centro de quietud en mi vida? Todo cristiano debe tener un centro de quietud imperturbable. François Fenelon dijo: «La paz es lo que Dios quiere de ti sin importar lo que esté pasando».

g. ¿He definido mi ministerio? ¿Sé qué puedo hacer de manera efectiva? La necesidad es siempre más grande que lo que cualquier persona puede hacer para satisfacerla; por eso, mi llamado es simplemente manejar la parte de la necesidad que me corresponde satisfacer.

h. ¿Mis oraciones están mejorando mi vida? No puedo evaluar si soy un «hombre de oración», pero sí puedo percibir progresos si los veo en mi vida. Para ello, es bueno preguntarse: «¿Incluyen mis decisiones la oración como parte integral de las mismas?»

i. ¿He mantenido un respeto reverencial genuino hacia Dios? El respeto reverencial sobrecoge; inspira adoración.

j. ¿Es mi humildad genuina? Nada es tan arrogante como la falsa humildad. He aquí dos definiciones de humildad que me gustan: «La humildad es aceptar nuestra fortaleza con gratitud», y «La humildad es no negar el poder que tenemos, sino admitir que el poder viene a través de nosotros, no de nosotros».

k. ¿Es mi alimento espiritual el adecuado para mí? He dejado de llamar «devocional» a mi tiempo de lectura. Ahora lo llamo «un tiempo de alimentación», porque allí es cuando mi alma se alimenta.

l. ¿En asuntos de poca importancia está mi obediencia integrada a mis reflejos? ¿Trato de negociar con Dios o de racionalizar con él? La obediencia determina en gran parte nuestra relación con Cristo luego del nuevo nacimiento.

m. ¿Tengo gozo? Se me ha prometido que tendré gozo. Si la relación con Cristo es correcta, lo tendré.

5. El carácter en tiempos difíciles (Ef 5.11-14)

En momentos de crisis, pocas son las personas que pueden apelar a su carácter cuando éste no ha sido fortalecido capa por capa a lo largo del resto de su vida. ¿Qué es lo que forma el carácter, cimentado durante los años de abundancia, que se manifiesta durante los años de escasez?

a. Transparencia.

La habilidad para aceptar la crítica o para absorber las opiniones negativas no sólo ayuda a evitar situaciones delicadas, sino también a cerrar la brecha causada por los errores.

Sólo la persona con algo qué esconder es descubierta; sólo alguien con un secreto es expuesto. Aquellas personas que entierran sus errores a menudo encuentran que más tarde ellas mismas terminan enterradas, quedando sucias, oliendo a moho, e incrustadas en la mentira. Pablo escribió a los efesios: «Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas; ... mas todas las cosas, cuando son puestas en evidencia por la luz, son hechas manifiestas; porque la luz es lo que manifiesta todo» (Ef 5.11, 13, 14). Ese rasgo del carácter, practicado en los buenos tiempos, se hace aun más valioso en los momentos de dificultad.

b. Discernimiento.

La sabiduría para saber cuándo batallar y cuándo dejar pasar, el discernimiento para entender lo que es verdaderamente importante y lo que podemos obviar, puede ayudar a los líderes a evitar errores o a superar los cometidos.

c. Honestidad.

La honestidad sigue siendo la mejor política. Lo que no se aclara a través de las declaraciones directas, eventualmente se dispersará (y probablemente se distorsionará) por medio de los canales de las habladurías de la iglesia.

d. Integridad.

Las alternativas equivocadas abundan en el período posterior a haber cometido un error: encubrimientos, acusaciones, huidas rápidas. Sin embargo, después de nuestro error viene el momento en que debemos ser totalmente rectos. Esta es la razón por la que debemos tener estos rasgos de carácter marcados en el alma antes del desastre. La persona que hace de la integridad un hábito, podrá respon-der con acciones rectas, incluso cuando todo se está desmoronando.

6. Cuando nadie estámirando (Dn 1.8)

Dios levanta a un obrero, y luego lo usa para hacer una obra. No importa cuál sea el tipo de ministerio que Dios nos da, nunca podemos darles a otros lo que nosotros mismos no tenemos. Ignorar el carácter es abandonar el fundamento del ministerio.

Esto explica por qué Dios pasa tanto tiempo con sus siervos. Le tomó 13 años preparar a José para que éste se convirtiera en el segundo al mando en Egipto. Invirtió 80 años en preparar a Moisés. Incluso el docto Saulo de Tarso tuvo que pasar tres años haciendo un estudio de posgrado en Arabia antes de que Dios lo lanzara como el apóstol Pablo. Las biografías y autobiogra-fías de grandes hombres y mujeres cristianos revelan que Dios primero forma el carácter cristiano en sus siervos, y luego construye un minis-terio a través de ellos.

Sin el carácter, el ministerio es sólo una actividad religiosa o, aún peor, un negocio religioso. Los fariseos llamaban ministerio a lo que hacían, pero Jesús lo llamó hipocresía. El sabía que los fariseos estaban más preocupados por su reputación que por su carácter, que les interesaban más las alabanzas de los hombres que la aprobación de Dios.

Una vez, alguien le preguntó al financista J.P. Morgan cuál era la mejor garantía que un cliente le podía dar. La respuesta de Morgan fue: «el carácter».

Eso me recuerda a otro Morgan: G. Campbell Morgan estaba pasean-do con D.L. Moody en Northfield, cuando de repente, Moody le preguntó: «¿Qué es pues, el carácter?»

Morgan sabía que el evangelista quería responder a su propia pregunta, así que esperó. «El carácter», dijo Moody, «es lo que un hombre es en la oscuridad».

Cuando el famoso predicador inglés Charles Spurgeon recibió la noticia de que alguien quería escri-bir un libro sobre su vida, contestó: «Pueden escribir mi historia en el cielo, no tengo nada que ocultar».

Tal vez la palabra clave sea integridad. Jesús nos advirtió que no podemos servir a dos señores, y Santiago lo corroboró al escribir: «El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos» (1.8). Lo opuesto a integridad es duplicidad: «La voz es la voz de Jacob, pero las manos, las manos de Esaú» (Gn 27.22b). Nadie puede ministrar y fingir exitosamente al mismo tiempo, al menos no por mucho tiempo. No existe una reputación lo suficientemente grande como para sustituir al carácter.

7. Carácter a la antigua (1 Ti 4.15, 16)

Nuestra meta en la tierra es crecer a la semejanza de Cristo, quien se dio a sí mismo por los demás. He aquí seis maneras para seguir creciendo como persona:

a. Céntrese en el desarrollo personal, no en la realización perso-nal. La diferencia está en el motivo. La realización personal significa hacer lo que más me gusta y que recibiré la mayor cantidad de puntos posibles por hacerlo. El desarrollo personal significa hacer algo según los talentos que tengo y para lo que estoy capacitado de manera única, y eso se convierte en mi respon-sabilidad. La realización personal piensa en cómo algo me sirve a mí. El desarrollo personal piensa en cómo algo me ayuda a servir a otros.

b. Crezca a través de relaciones. No siempre es cómodo, pero sí bene-ficioso relacionarse con personas más grandes que usted. Es necesario programar relaciones que lo man-tendrán en crecimiento.

c. Adopte un credo personal. Hace algunos años estaba leyendo una investigación acerca de cómo las corporaciones habían adoptado credos. Era sorprendente cuánto más rentables, progresistas y estables se habían hecho estas organizaciones, comparadas con otras que operaban sin un credo establecido.

Un credo es algo personal y varía de persona a persona (y de grupo en grupo). Mi credo también explica en detalle lo que no haré. Varios años atrás escribí: «No sacrificaré estas cosas en aras del éxito comercial: (1) el respeto por mí mismo, (2) la salud, (3) la familia, y (4) mi relación con Dios».

d. Forme en usted el hábito de aprender continuamente. Una perso-na que aprende continuamente no lo hace para que se piense de ella como alguien brillante; eso es volver poco a poco a la realización personal.

Alguien que aprende continua-mente no deja que nada se le pase sin haberlo absorbido.

e. Guíese a través de los temas que sean de su interés. Yo marco como prioridad los temas que son de mi interés. Si tengo una oportunidad para ir a dos o tres reuniones diferentes, elijo la que para mí es de mayor importancia. Conocer nuestros temas de interés es una manera saludable de canalizar nuestra energía.

f. Cambie su actitud de deber hacia una actitud de deleite. Muchas personas enfocan el desarrollo personal como algo que deberían hacer, les guste o no. El no hacerlo los hace sentirse culpables. El secreto para crecer siempre es dejar de ver el desarrollo personal como una carga, y comenzar a verlo como un gozo: el de cumplir con la responsabilidad, el del camino que vale la pena seguir para alcanzar un logro.

Este artículo ha sido adaptado del Manual de Formación de Líderes, Desarrollo Cristiano Internacional.

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