El crecimiento de la iglesia

Hemos sido fuertemente influidos por el surgimiento de las «mega- iglesias». No podemos ignorar el impacto ni la presión que ejerce esta tendencia sobre nosotros...
El crecimiento de la iglesia

Todos reconocemos el crecimiento cuando lo vemos, especialmente cuando se manifiesta con elementos físicos. Los que andamos en Cristo anhelamos que esta misma transformación se produzca en la esfera de lo espiritual. No obstante, se hace cada vez más difícil saber a qué clase de crecimiento debemos apuntar.

En las últimas décadas hemos sido fuertemente influidos por el surgimiento de las mega iglesias. Un estudio de la prestigiosa revista norteamericana Forbes, revela que en 1970 había apenas diez iglesias en los Estados Unidos con más de 2.000 miembros. En 1990 existían 250 iglesias con esa cantidad de personas y hoy, hay más de 750 congregaciones arriba de esa cifra. Tanto es así que las diez más grandes de la nación tienen más de 15.000 miembros cada una.

No podemos ignorar el impacto ni la presión que ejerce esta tendencia sobre nosotros, ni tampoco podemos dejar de lado la tensión que la creciente cantidad de mega iglesias en nuestro propio continente (de la cual no tenemos datos) agrega a este hecho. De este fenómeno surgió el movimiento de Iglecrecimiento, siendo C. Peter Wagner su más fantasioso representante. A partir de ese momento se han publicado interminables cantidades de libros con los «secretos» para alcanzar estas proporciones. Quienes leen la literatura sobre el tema por lo general esperan reproducir resultados similares en sus propios emprendimientos, lo cual rara vez ocurre.

En medio de este verdadero aluvión de consejos, necesitamos volver a recuperar algunos principios bíblicos relacionados con el crecimiento, si es que queremos despejar la confusión que existe sobre el tema. La analogía más común en la Biblia referente al crecimiento es la de la semilla echada en tierra. De su frecuente uso extraemos algunos principios, los cuales dan una importante orientación al respecto:

  • Es necesario afirmar que la falta de crecimiento no es normal. Es decir, lo que no crece está muerto (o en vías de morir), porque el crecimiento es común a todo ser viviente. En la parábola de las semillas (Mt 13), Cristo claramente indicó que algunas semillas no prosperan. Pero para la analogía, solamente las que crecen son de interés. Aunque resulte duro, debemos preguntarnos qué pasa con aquellas congregaciones que durante años, y a veces décadas, no han experimentado ningún tipo de crecimiento.
  • Pablo claramente nos advierte, en Gálatas 6.7, que segamos lo que cosechamos. Este es un principio que rige la vida del labrador: si planta trigo no esperará cosechar manzanas. No obstante, muchas congregaciones están esperando cosechar nuevos discípulos sin sembrar nada. La congregación que no ama y gime por los que andan en tinieblas no tendrá el privilegio de verlos nacer a luz.
  • El proceso de crecimiento no es igual en todas las iglesias, ni tampoco lo es el producto final. Cristo señaló, en otra parábola, que algunas semillas daban treinta, otras sesenta y otras ciento por uno (Mr 4.8). En ningún momento indicó que la semilla que produjo treinta era un fracaso. No obstante, uno de las más obstinadas creencias en la iglesia hoy es que Dios desea que todas las congregaciones sean mega iglesias. Deslumbrados por el tamaño de estos gigantes hemos olvidado que representan menos de 0,01% de la totalidad de congregaciones sobre la faz de la tierra.
  • Cristo indicó que en ciertas ocasiones algunos siembran y otros cosechan (Jn 4.37). Por tanto, es importante que tengamos el compromiso de extender el reino y trabajemos incansablemente para esto, aunque otros cosechen los frutos de nuestro trabajo. Todos debemos trabajar para la gloria del mismo Señor.
  • El pastor argentino Eduardo Lorenzo, en un encuentro de líderes, señaló que no hemos sido llamados a llenar nuestros edificios con personas, sino a extender el reino. Cristo habló muy poco de la institución que nosotros llamamos «iglesia», sin embargo, nunca cesó de proclamar la llegada del reino, el cual debía crecer más y más.
  • No debemos perder de vista que el crecimiento viene de la mano de dificultades. Mientras el labrador descansaba, el enemigo plantó cizaña (Mt 13.27). La semilla de mostaza, que llegó a ser un árbol, permitió que las aves del cielo vinieran a hacer sus nidos en ella (Mt 13.32). En la Biblia, las aves del cielo no representan cosas buenas. Es posible, entonces, que a muchos no se les haya concedido crecer porque no están dispuestos a pagar el precio.
  • Jesús declaró, con respecto al labrador, que «la semilla brota y crece sin que él sepa cómo» (Mr 4.26). Este es el principio más importante a considerar con respecto al crecimiento: es un proceso envuelto en misterio. Nuestros veinte siglos de «progreso» no nos han ayudado a descifrar los secretos por los cuales las cosas crecen. Todo pastor que cree haber encontrado la fórmula para el crecimiento de su congregación, seguramente fracasará. Podemos leer, estudiar, analizar y proyectar, pero en últimas instancias solamente Dios concede crecimiento. ¡A él es a quien debemos clamar y buscar si deseamos ver crecimiento en la vida de nuestras congregaciones!
  • Aunque el crecimiento es un proceso fuera de nuestras manos, el buen labrador no se queda cruzado de brazos. Sale, prepara la tierra, siembra la semilla y cuida de que la planta crezca sana. Aunque no controla el viento, la lluvia o el sol, sí puede trabajar para crear las mejores condiciones para el crecimiento. Quizás, como pastores, nuestro mejor aporte es crear un ambiente propicio para el mover de Dios, lo cual parece haber sido el modelo de la iglesia de los primeros tiempos. En medio de un cuerpo vigoroso y pujante, el Señor añadía día a día los que debían ser salvos (Hch 2.67).

¡Que Dios, en su infinita gracia, conceda que se pueda comentar lo mismo de nuestras congregaciones!

© Apuntes Pastorales, Volumen 21 – Número 3.

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